Anita Anand subió al podio de la Asamblea General de la ONU para colocar la autonomía estratégica en el centro de la diplomacia canadiense. Lo hizo representando a un país que depende de Washington en comercio, defensa y las decisiones que definen aranceles al acero. La autonomía estratégica es la capacidad de decidir sin permiso externo, algo que las potencias medianas persiguen para reducir asimetrías en un mundo organizado en bloques. La ironía resulta evidente.

Mark Carney no estuvo presente. Conflictos de horario, explicó la cancillería. Esa ausencia habla del posicionamiento actual de Canadá. La ministra de Exteriores asume el peso de articular la postura global mientras el primer ministro atiende otros frentes. Delegar el discurso no es inédito. En un año marcado por Ucrania sangrando, Gaza como herida abierta y un multilateralismo que se tambalea, la voz y la autoridad que se escuchan importan más.

La 81ª sesión transcurrió en un escenario particular. Hungría acababa de votar fuera a Orbán. Kazajistán intentaba equilibrar acuerdos de inteligencia artificial con Washington y Beijing. Anand defendió una paz justa en Ucrania, la autodeterminación tanto para israelíes como para palestinos, condenó la violencia llena de odio y reafirmó el respaldo canadiense a la Corte Penal Internacional. Lo hizo justo cuando esa institución enfrenta presiones crecientes por sus investigaciones en Gaza y Ucrania.

Canadá revirtió además su postura anterior y eliminó los requisitos de género para futuros candidatos a secretario general de la ONU. Suena a trámite administrativo. No lo es. Años atrás varios países, incluido Canadá, habían empujado para que el cargo recayera en una mujer después de ocho décadas de hombres al frente. Retirar esa condición marca un giro pragmático.

El motivo preciso no está del todo claro. Una lectura razonable indica que, ante un multilateralismo debilitado donde las grandes potencias negocian cargos con criterios más prácticos que simbólicos, insistir en ese requisito restaba margen de maniobra en temas de mayor peso. Calza con una tendencia observable en actores de escala intermedia.

Reconozco esta constante en otros contextos. Se refuerzan discursos de principios, paz justa, derecho internacional, apoyo a la CPI, porque el costo es bajo. Se cede terreno en decisiones estructurales donde resistir duele más que insistir. Canadá ejecuta esa secuencia con precisión.

¿Qué autonomía real puede exhibir una política exterior cuando el setenta y cinco por ciento de su comercio exterior depende de Estados Unidos? Esa pregunta rara vez aparece en los resúmenes. Washington y Beijing convergen cada vez más en el control estatal de la inteligencia artificial de frontera. Generan así dependencias tecnológicas que dejan a países medianos negociando desde debilidad estructural. La autonomía estratégica suena elocuente en quince minutos de alocución. Sostenerla cuando el vecino controla cables, centros de datos y gran parte de la política arancelaria es otra historia.

Las Piedras No Mienten examina cómo a lo largo de la historia los sistemas de poder proyectaron legitimidad mediante instituciones y tratados mientras las decisiones que movían recursos se tomaban en paralelo. No equiparo a Canadá con Roma ni a la ONU con un senado imperial. El mecanismo subyacente guarda ecos, sin embargo. Ironía pura.

Anand probablemente cree en cada línea sobre Ucrania, Gaza y la CPI. La sinceridad no está en entredicho. La brecha entre lo que un país mediano puede desear y lo que puede ejecutar sí lo está. Eso no es hipocresía. Es la diferencia entre aspiración y capacidad real.

Esto importa para el resto de naciones que, como Canadá, buscan margen entre bloques que compiten por tecnología, comercio y reglas. La autonomía estratégica en 2026 funciona más como aspiración retórica que como capacidad operativa, salvo que venga acompañada de inversión concreta en infraestructura propia. Sin esa base material el discurso se queda en el podio.

Todavía no tengo claro si esto se corrige a corto plazo. Sería deshonesto fingir certeza. La historia de sociedades que intentaron soberanía sin construir primero los soportes concretos que la sostienen ofrece lecciones duras. Los registros no cambian solo porque alguien los nombre distinto en Nueva York.

¿Cuánta infraestructura propia se requiere antes de que la autonomía estratégica deje de ser solo una frase bien pronunciada?


Fuentes:

1. Discurso de Anita Anand ante la 81ª Asamblea General de la ONU, resumen oficial de la Cancillería de Canadá

2. Registro histórico de posiciones canadienses sobre criterios de género para el cargo de secretario general de la ONU

3. Análisis comparado de política exterior de potencias medianas en contexto de competencia tecnológica EE.UU.-China