Hay anuncios corporativos que no sorprenden. British American Tobacco confirmó recortes significativos en su plantilla global citando presiones financieras, transformación digital y la necesidad de optimizar operaciones. El comunicado usa exactamente el vocabulario previsto: eficiencia, modernización, adaptación al futuro. Entre líneas se lee que parte de esa optimización sustituye trabajo humano por procesos automatizados.
No es un caso aislado. La misma tendencia aparece en tecnología, manufactura, finanzas y ahora en una industria tan arraigada como la tabacalera. Lo revelador no está en los recortes mismos sino en lo que exponen sobre cómo las grandes organizaciones atraviesan esta transición: con velocidad, escasa transparencia sobre las causas reales y casi ninguna propuesta concreta para quienes pierden su empleo.
Conozco esta arquitectura. Primero llega el lenguaje de transformación positiva. Luego aparecen los números de personas afectadas. Después, el silencio institucional sobre mecanismos de apoyo. Meses más tarde llegan los reportes de resultados con márgenes mejorados.
La regularidad es clara. Cuando ciertos líderes impulsaban la renta básica universal mientras sus organizaciones ejecutaban despidos masivos no había contradicción accidental. Era una estructura. Las mismas fuerzas que aceleran el desplazamiento laboral se posicionan como portadoras de la solución. En el caso de BAT la automatización no llega envuelta en relatos de inteligencia artificial generativa, pero el proceso es idéntico: reducir costos laborales mediante tecnología y dejar que las redes de apoyo social, ya sobrecargadas, absorban el impacto.
Esto enlaza directamente con el hábito de diagnosticar problemas que uno mismo contribuye a crear. Los ejecutivos con acceso a los análisis económicos más refinados saben que el desplazamiento masivo genera inestabilidad social. Aun así continúan con la lógica de optimización trimestral. No porque sean villanos sino porque los incentivos del modelo en que operan no dejan otra salida. La teoría de juegos lo explica con frialdad: cuando cada actor persigue beneficio individual a corto plazo, el resultado colectivo puede volverse destructivo aunque nadie lo haya planeado.
Cada recorte de esta magnitud reactiva el debate sobre la renta básica universal. Los experimentos piloto continúan en varios países. Los resultados de Finlandia se publicaron hace algunos años. Kenia mantiene programas activos. Ciertas regiones de Norteamérica han probado versiones acotadas. Los hallazgos coinciden en un punto: el ingreso básico no desincentiva el trabajo como anticipaban sus críticos, y sí mejora salud mental, seguridad alimentaria y participación comunitaria.
Persiste, sin embargo, una tensión sin resolver. ¿Quién financiaría una versión a escala real? Cuando las propuestas provienen de fundaciones tecnológicas, la cuestión del financiamiento tiende a disolverse en el entusiasmo inicial. Los números no cierran si la fuente son impuestos corporativos que las mismas empresas han eludido durante décadas. Y si el recurso viene de deuda pública o de recortes en otros servicios, entonces la renta básica deja de ser liberación para convertirse en sustitución de un modelo imperfecto por otro más manejable.
Después de meses metido en esto publiqué mi primer libro en inglés en Amazon Kindle: The Generosity in the Doorway. Son catorce ensayos sobre renta básica universal, desplazamiento por inteligencia artificial y cómo podría verse el trabajo en los años por venir. Si conocen a alguien que lee en inglés y le interesa el tema, aquí está el enlace: https://www.amazon.com/dp/B0H6RT5Y32. Cuesta 4.99 dólares. Una reseña honesta vale oro para un autor independiente. También relancé mi página, ahora bilingüe, con todo el material acumulado: https://yveslaurent.me.
Lo más elocuente del anuncio de BAT no son las cifras de recorte sino la ausencia total de propuesta sobre transición laboral. Ninguna organización de este tamaño improvisa ese tipo de comunicación. Tienen equipos completos de relaciones públicas, asesores legales y consultores de gestión del cambio. Si el comunicado omite planes de recolocación, apoyo psicológico, reentrenamiento o aportes a fondos de desempleo, es porque esos planes no existían o no pesaban en el cálculo principal.
Investigadores llevan tiempo advirtiendo que la velocidad del desplazamiento por automatización supera la capacidad de adaptación de los mecanismos de protección social existentes. No es proyección apocalíptica sino observación sobre ritmos relativos. Esos mecanismos se diseñaron para economías con cadencias tecnológicas mucho más lentas. Cuando una reestructuración se ejecuta en meses pero los programas de reconversión laboral requieren años para diseñarse, implementarse y mostrar resultados, aparece un desfase estructural que nadie atiende con verdadera urgencia.
Todavía no tengo claro si ese desfase es un error o una característica del modelo. Años estudiando experimentos sociales como el ingreso garantizado que se probó en una localidad canadiense durante los años setenta dejan una impresión duradera: sus efectos en salud y educación superaron lo esperado, pero la cuestión de escala sigue sin respuesta sencilla. Si el desfase es un error, existen soluciones técnicas y políticas. Si forma parte de la lógica del modelo, entonces el desplazamiento resulta rentable y las propuestas de solución, incluyendo la renta básica, corren el riesgo de ser incorporadas por la misma dinámica que las hizo necesarias.
¿En qué momento dejamos de tratar cada recorte como evento aislado y empezamos a tratarlo como parte de una transformación que exige respuestas a la misma escala? Y más incómodo aún: ¿quién tiene los incentivos reales para que esa conversación ocurra antes de que sea urgente, y no después?