Alex Karp, CEO de Palantir, lanzó una frase que merece escrutinio: "There are basically two ways to know you have a future. One, you have some vocational training. Or two, you're neurodivergent." Apareció en Fortune, provocó reacciones mixtas —controversia, apoyo de quienes se reconocen en la neurodivergencia— y poco cuestionamiento al fondo de la idea.
El núcleo del asunto está en lo que esa frase omite. Karp equipara tener futuro con valor en el mercado laboral. Esa conexión no surge de la nada; refleja una visión ideológica presentada como hecho inevitable.
¿Qué implica realmente tener futuro? ¿Un salario fijo? ¿Un puesto en una firma cotizada? ¿Placer en el trabajo diario? ¿Aporte a causas que trasciendan las finanzas corporativas? El enfoque de Karp ignora esas preguntas. Para él, todo se reduce a lo que el mercado remunera. El resto queda como ruido.
Esta dinámica tiene antecedentes largos. Durante miles de años, las estructuras de poder han marcado quién cuenta según sus demandas inmediatas. Roma valoraba soldados leales y escribas precisos para sus impuestos. La Revolución Industrial buscaba trabajadores capaces de resistir turnos extenuantes. Hoy, el mundo de los datos demanda mentes que detecten anomalías donde los modelos estándar tropiezan. Las prioridades evolucionan. El proceso de selección, no.
Palantir va más allá de las palabras. Ofrece el Neurodivergent Fellowship, con salarios de hasta doscientos mil dólares al año, bajo la premisa de que estos perfiles impulsarán el futuro de Estados Unidos. No es un gesto inclusivo puro. Es una estrategia para captar talento útil. La diferencia entre valor inherente y utilidad corporativa no es semántica.
Tengo un leve rasgo de dislexia. Descubrí su potencial al redactar un texto extenso sobre cómo las estructuras de poder perduran. No esperé validación de ningún ejecutivo; generé ese valor por mi cuenta. Esa autonomía resiste mejor los vaivenes del mercado que cualquier etiqueta externa.
El eco histórico es claro. Cuando Roma descartó un tipo de guerrero, su relevancia institucional se evaporó. La automatización del siglo diecinueve dejó a muchos operarios sin lugar, sin mayores explicaciones. La neurodivergencia ofrece beneficios reales que van más allá del trabajo: creatividad, resiliencia, formas distintas de resolver problemas. Pero quienes no ajustan al molde de Palantir quedan al margen, invisibles en el relato.
Investigadores llevan años señalando esto: las innovaciones concentradas en las mismas entidades refuerzan desigualdades, no las suavizan. Jensen Huang ve la inteligencia artificial general como motor económico. Karp convierte la neurodivergencia en activo clave. El lenguaje se actualiza; la dinámica de inclusión selectiva, persiste. Cuando los creadores de tecnología dictan sus definiciones, eso se traduce en decisiones que se toman sin debate amplio.
El asunto exige matices. Los esfuerzos por incluir a personas neurodivergentes en el empleo merecen respaldo. Pero presentarlos como avances equitativos ignora el contexto. Palantir diseña sistemas de vigilancia para gobiernos y ejércitos. Pagar bien a ciertos talentos no la redime; la hace más efectiva en sus objetivos.
La pregunta central escapa a lo técnico. No se trata de si la inteligencia artificial eliminará puestos —eso parece probable—. Se trata de quién decide qué vidas merecen prosperar tras la transformación. Eso es política pura, no charla de cumbres tecnológicas ni citas en revistas de negocios. Debería surgir de diálogos colectivos genuinos.
Esos diálogos enfrentan obstáculos reales. Los reportes sobre erosión democrática global, como los del V-Dem Institute, documentan cómo la deliberación se debilita. El espacio vacío lo ocupan quienes controlan los términos: instituciones que ganan cuando el futuro se mide en productividad.
Hay salidas que vale explorar. Modelos como cooperativas digitales o gobernanzas compartidas podrían desafiar lo que Karp da por sentado. Lo cierto es que empezar requiere rechazar la noción de que un CEO ya resolvió qué vidas importan.
Las piedras no mienten, pero los historiadores a veces sí.
Fuentes:
1. Karp, A. citado en Fortune — declaración sobre neurodivergencia y futuro laboral
2. UNILAD Tech — reporte sobre el Neurodivergent Fellowship de Palantir (sueldos y premisa del programa)
3. V-Dem Institute — Democracy Report 2026 (retroceso democrático global)
4. Laurent, Y. — libro en proceso sobre reproducción de estructuras de poder (242,000 palabras, referencia directa del autor)
5. Fortune — entrevista original con Alex Karp, CEO de Palantir