Catorce cooperativas campesinas en el Bajo Aguán de Honduras han recuperado su personalidad jurídica en medio de una ola de ataques armados. La cooperativa "9 de agosto" enfrentó un incidente que resultó en una pérdida de vida, precisamente tras obtener el reconocimiento legal perseguido durante años. La ONU ha condenado esta violencia, y aún así, las cooperativas continúan su labor.
Es una situación que invita a reflexionar: el Estado otorga reconocimiento oficial con una mano, mientras con la otra parece incapaz de detener las amenazas de grupos armados. El papel legal ofrece un paso adelante, pero la protección real requiere más. En los últimos años, al menos 19 campesinos han perdido la vida en la región, y sin embargo, estas organizaciones persisten en su esfuerzo por organizarse.
Este tipo de dinámica no es algo nuevo. En las reformas agrarias de Centroamérica durante décadas pasadas, las cooperativas enfrentaron reconocimiento legal seguido de tensiones sistemáticas. En lugares como Guatemala, El Salvador y Nicaragua, estos movimientos se convirtieron en focos de atención porque proponían alternativas al control de las grandes haciendas.
Algo similar ocurrió con los ejidos en México durante la Revolución. Primero llegaba el apoyo constitucional, luego las resistencias de los terratenientes. En Europa, las cooperativas agrícolas desafiaron tanto regímenes autoritarios nazis como centralizaciones soviéticas, ya que ambos buscaban dominar la producción de alimentos de manera unificada.
Lo que resulta curioso es cómo estas cooperativas operan sin depender de herramientas tecnológicas avanzadas. No usan aplicaciones para coordinar la producción, ni algoritmos para repartir recursos, ni plataformas digitales para decidir en grupo. Simplemente, la gente se reúne, discute, vota y comparte los riesgos. Es una forma básica de organización humana que, sin embargo, demuestra su efectividad.
En mi experiencia, he visto cómo la tecnología puede tanto centralizar como descentralizar el poder en distintos contextos. Estas cooperativas hondureñas muestran que la descentralización genuina no requiere blockchain o inteligencia artificial. Basta con personas comprometidas en buscar autonomía real. Esto conecta directamente con temas que exploro en mi trabajo, donde cuestiono el neoliberalismo y destaco el surgimiento de formas soberanas de organización social, como alternativas viables al extractivismo.
La violencia dirigida contra ellas no parece casual. Es parte de un patrón que amenaza el modelo extractivo dominante. Si 14 cooperativas logran organizarse con éxito, inspiran a otras a intentarlo. Si producen alimentos sin intermediarios, prueban que los grandes propietarios no son esenciales. Si toman decisiones colectivas, desafían la estructura de poder en el campo.
Los grupos que las atacan no operan solos. Reciben financiamiento, información y coordinación para golpear en momentos clave de vulnerabilidad. Hemos observado estrategias parecidas en Colombia con cooperativas ligadas a cultivos, en Brasil con movimientos por la tierra, y en Paraguay con grupos campesinos similares. Pero lo esperanzador es que, a pesar de todo, estas comunidades construyen redes de apoyo que las fortalecen.
El reconocimiento legal sin safeguards físicos revela las grietas en el Estado contemporáneo. Puede conceder derechos sobre el papel, pero fallar en hacerlos efectivos. Es como entregar un documento de propiedad en medio de un conflicto abierto. Aun así, estas cooperativas ofrecen algo invaluable: control colectivo sobre los medios de producción, gestionado de forma democrática. No es propiedad privada ni estatal, sino una tercera vía que inquieta a extremos opuestos.
En el Bajo Aguán, cada asamblea es un gesto de resistencia. Cada elección grupal afirma independencia frente al sistema de haciendas. Cada cosecha distribuida evidencia que existen opciones más allá del extractivismo. Pienso en cómo, en un breve desvío mental, las cooperativas vascas de Mondragón me recuerdan esto: resistieron dictaduras y se adaptaron a economías globales sin perder su esencia comunitaria. Regresando al tema, estas experiencias muestran que la persistencia paga.
La historia indica que las cooperativas que superan la fase inicial de tensiones suelen consolidarse y crecer. Aquellas nacidas en periodos de crisis económica en Estados Unidos aún funcionan hoy. Las de Mondragón en el País Vasco sortearon autoritarismos y cambios europeos. Las israelíes evolucionaron manteniendo su base cooperativa.
El patrón sugiere que la intensidad inicial es temporal. Si sobreviven los primeros años, desarrollan defensas y alianzas que las vuelven más sólidas. El desafío para estas 14 en Honduras radica en llegar a esa etapa. Tienen el respaldo legal, la estructura operativa y apoyo global. Pero enfrentan opositores con recursos para extender los conflictos. Su futuro depende de presiones internacionales, shifts gubernamentales y dinámicas regionales más amplias.
Lo intrigante es que experimentan con modelos de organización que el mundo industrializado consideraba obsoletos. Mientras centros como Silicon Valley centralizan el poder económico con innovaciones, los campesinos hondureños revitalizan formas ancestrales de compartirlo. No tengo todas las respuestas sobre cómo equilibrar el reconocimiento legal con la seguridad real. Pero sí aprecio cómo estas cooperativas contribuyen a experimentos sociales relevantes. Sugieren que la organización comunitaria permanece viva en el siglo XXI, invitándonos a considerar alternativas al statu quo neoliberal.
Las piedras no mienten, pero los historiadores a veces sí.