El Foro Económico Mundial de Davos 2026 ha confirmado lo que muchos observamos: el neoliberalismo enfrenta una crisis profunda. Analistas del Financial Times lo llaman "desorientado", con presiones para marginar temas sociales y un viraje hacia un mundo más fragmentado. Esto no sorprende. Un sistema que prioriza mercados sobre equidad y democracia inevitablemente muestra sus fisuras.
Lo que intriga es cómo este colapso recuerda patrones históricos de paradigmas económicos que se desmoronan. Hemos visto épocas de integración global seguidas de rupturas, con élites aferrándose a lo viejo mientras emergen ideas desde los bordes. Hoy, la escala global acelera todo, como si el mundo entero estuviera en un punto de inflexión.
En Davos, líderes como Donald Trump buscan silenciar debates sobre justicia social, y Javier Milei exalta el libre mercado con pasión inquebrantable. Es la defensa instintiva de quienes prosperan en el statu quo: negar el problema, rechazar opciones nuevas y apostar más por lo fallido. Pero ¿y si esto solo acelera el cambio?
El mundo ya se mueve en esa dirección. Tensiones comerciales, deudas soberanas abrumadoras y el resurgir de la extrema derecha no son coincidencias. Revelan un modelo que vendió prosperidad para todos y entregó desigualdad extrema. El multilateralismo liberal posguerra fría da paso a algo distinto, quizás más adaptado a realidades locales.
Aquí entra el soberanismo social, un concepto que exploro en mis escritos sobre alternativas económicas. No se trata de nacionalismo cerrado, sino de estados que reclaman poder para resguardar a su gente de shocks globales y corporaciones sin fronteras. Es una respuesta práctica a años de políticas que pusieron finanzas por encima de personas, conectando con temas de soberanía y dignidad que discuto en el libro.
En mi experiencia, las organizaciones en crisis pasan por negación, resistencia y, al fin, adaptación. Davos 2026 parece atascado en la resistencia: admite fallos pero propone parches al mismo sistema culpable. Me pregunto si esto no será contraproducente a largo plazo.
El contraste con América Latina ilustra el punto. Mientras Milei defiende el libre mercado en el foro, otros líderes regionales prueban enfoques que enfatizan control nacional sobre recursos clave y protección social. Desde la periferia global, donde el neoliberalismo golpeó más duro, surgen estas visiones. Pienso en cómo, en contextos como México, estas dinámicas se ven de cerca, recordando lecciones de independencia económica pasadas.
Los arqueólogos nos muestran que las civilizaciones se erosionan poco a poco: instituciones pierden fe, élites se alejan de la vida real, y nuevos poderes brotan. Estamos en eso ahora, pasando del multilateralismo liberal a formas fragmentadas pero atentas al bien común. Una digresión breve: recordemos el fin de imperios romanos o coloniales; no fue caos total, sino espacio para innovaciones locales que perduraron.
Esta fragmentación podría no ser desorden puro. Podría fomentar diversidad, pruebas de modelos variados y respuestas a necesidades específicas. El mundo unipolar fue excepción histórica; la multipolaridad, con sus complejidades, es más común. Lo interesante es cómo esto invita a experimentar sin recetas universales.
El reto es navegar esta transición evitando nacionalismos tóxicos o guerras arancelarias que dañen a todos. El soberanismo social sugiere un camino: estados sólidos socialmente, pero abiertos a la cooperación. Proteger la dignidad sin aislarse. Todavía no tengo claro cómo se resolverán todas las tensiones, pero reconozco la complejidad; esto es más matizado de lo que parece.
Las declaraciones de Davos 2026 lo dejan claro: el cambio es inevitable, cuestionando el neoliberalismo por soberanías con foco social. No promete paraíso, pero abre puertas a pruebas que valoren el bienestar humano sobre finanzas desbocadas. Es chance para sistemas más justos, aprendiendo de errores pasados y éxitos alternativos. Escribo porque creo en explorar estas opciones, invitando a reflexionar sobre qué podría funcionar mejor.
Las piedras no mienten, pero los historiadores a veces sí.