Tres anuncios recientes circularon con los mismos datos. Microsoft canceló su contrato con Claude Code. Un ejecutivo de NVIDIA declaró que el cómputo ya vale más que los empleados. Goldman Sachs proyectó un incremento de veinticuatro veces en el consumo de tokens para dos mil treinta. De esos datos emergieron tres lecturas distintas. Unos ven eficiencia. Otros ven desplazamiento. Otros ven oportunidad de inversión. Ninguna es técnica. Las tres son políticas. Y esa diferencia importa más de lo que parece.
La pregunta que activan no es nueva. Cuando el trabajo asalariado deja de organizar el tejido social, ¿quién paga, a quién, en qué términos? Thomas Paine la formuló en mil setecientos noventa y seis. Milton Friedman la reformuló en mil novecientos sesenta y dos. Sam Altman la reformuló de nuevo en dos mil veinticinco. Dos siglos y tres reformulaciones después, hay tres respuestas que merecen tomarse en serio.
La primera es la más conocida: ingreso básico universal. Si la inteligencia artificial elimina el salario como mecanismo de distribución, el Estado o la empresa pagan una transferencia directa. La lógica parece limpia. Resuelve el dinero, pero no resuelve el poder. El estudio de OpenResearch financiado por Altman —tres años y sesenta millones de dólares— concluyó que el efectivo por sí solo no puede atender condiciones crónicas de salud, cuidados infantiles ni alto costo de vivienda. México tiene versiones operativas: Pensión Bienestar, Jóvenes Construyendo el Futuro. Estabilizan. No redistribuyen poder. La distancia entre estabilizar y redistribuir es exactamente la distancia entre contener una crisis y resolver su causa.
La segunda es la que he explorado: un modelo gamificado con seis elementos —XP, SP, niveles, IA auditable, comités rotatorios y vigilancia transparente—. Preserva el mercado pero coloca la palanca de decisión en comités humanos auditables. La intuición es que el problema no está en el mercado mismo sino en quién controla sus parámetros. Sin los tres mecanismos operando juntos, el modelo colapsa. Ocurre exactamente como en el episodio de Black Mirror donde un esquema de puntos que prometía meritocracia termina siendo un mecanismo de extracción más sofisticado. Los seis problemas sin resolver de esa propuesta están documentados. Los documento porque la honestidad sobre los límites distingue una propuesta seria de un manifiesto.
Las mecánicas de juego suelen reflejar las prioridades de quienes diseñan las reglas. Aquí no es distinto. Todavía no tengo claro cómo evitar que ciertos incentivos se corrompan al escalar, aunque sigo explorando el tema porque los registros históricos muestran que el detalle está en los parámetros.
La tercera respuesta es la más radical y, curiosamente, la única que cuenta con un caso empírico a escala sectorial: eliminar el dinero como mecanismo de coordinación y asignar bienes directamente mediante cómputo entre necesidad y disponibilidad. Fresco y el Venus Project son las versiones utópicas conocidas. Cybersyn es otra cosa. Cybersyn es el único momento en la historia en que un Estado intentó coordinación nacional post-monetaria y dejó registros de lo que ocurrió.
El trece de julio de mil novecientos setenta y uno, Fernando Flores, gerente técnico de CORFO, escribió una carta a Stafford Beer. Meses después, Beer llegó a Santiago. Lo que construyeron juntos en los dos años siguientes fue una estructura de cuatro módulos: una red de telex que conectaba fábricas con el centro, software de análisis estadístico, un modelo econométrico nacional y una sala hexagonal con siete sillas blancas y pantallas que permitían visualizar el estado de la economía en tiempo real.
En octubre de mil novecientos setenta y dos, la CIA financió una huelga de cuarenta mil transportistas con el objetivo explícito de paralizar la economía chilena. El modelo coordinó doscientos camiones y procesó dos mil mensajes de telex por día. La producción nacional cayó nueve por ciento, pero los sectores conectados al diseño absorbieron el golpe mejor que los sectores fuera de él. Allende le dijo a Beer directamente que sin ese modelo la huelga habría derribado al gobierno. La evaluación más conservadora de historiadores independientes confirma al menos esa segunda parte.
Un mes antes del golpe, Beer preguntó a Allende cuánto control obrero esperaba que el modelo transfiriera eventualmente a los trabajadores. Allende respondió: el máximo. El once de septiembre, Pinochet tomó el poder. La sala de operaciones fue desmantelada. Flores fue a prisión. Allende murió. Beer estaba en Londres ese día gestionando compras de exportaciones chilenas.
Lo que Cybersyn confirma no es que la coordinación post-monetaria sea fácil ni inevitable. Confirma que es técnicamente posible a escala sectorial. Eso ya no es especulación: es registro histórico. Lo más valioso del caso, sin embargo, es lo que Beer y Allende no hicieron. No presentaron el modelo como técnicamente neutro. Sabían que cada parámetro era una decisión política. Diseñaron para que esa política fuera visible, auditable y discutible. La transparencia no fue un accidente. Fue el diseño.
Tres décadas después, la conversación sobre inteligencia artificial repite el error que Beer y Allende evitaron con lucidez. Cada decisión sobre qué optimizar, qué medir y qué considerar eficiente se presenta como resultado técnico. Como si el algoritmo llegara a sus conclusiones desde algún lugar fuera de la política. Como si las empresas mencionadas simplemente describieran la realidad en lugar de construirla.
Esos tres anuncios iniciales no describen un fenómeno natural. Describen decisiones. Alguien decidió cancelar el contrato. Alguien decidió hacer la declaración pública sobre cómputo versus empleados. Alguien decidió publicar la proyección de tokens para dos mil treinta en ese momento y con ese marco. La pregunta no es si la inteligencia artificial va a transformar el trabajo. Esa parte ya ocurrió. La pregunta es quién está tomando las decisiones sobre los parámetros del modelo que nos coordinará a todos.
Beer lo sabía en mil novecientos setenta y uno. Diseñó su estructura para que esa pregunta no tuviera una sola respuesta posible.
La sala de operaciones fue desmantelada en mil novecientos setenta y tres. Los servidores de los modelos de lenguaje actuales están en Virginia, Oregón y Singapur. Nadie los va a desmantelar. Lo que importa es si alguien auditará sus parámetros y si esa auditoría será pública.
Fuentes:
1. Eden Medina, Cybernetic Revolutionaries: Technology and Politics in Allende's Chile, MIT Press, 2011.
2. OpenResearch, Unconditional Cash Transfer Study, 2023. Resultados publicados en openresearch.com.
3. Stafford Beer, Brain of the Firm, Allen Lane, 1972.
4. Goldman Sachs Research, AI Infrastructure Demand Forecast, 2024.
5. Thomas Paine, Agrarian Justice, 1797.