Cualquiera que haya criado hijos reconoce la escena. Una niña se niega a compartir sus juguetes con otros niños pero los reparte sin drama entre sus hermanos. Esa observación parece mostrar que el egoísmo viene de fábrica y que la cooperación se añade después, con esfuerzo, con crianza, con civilización empujando contra lo que somos. Es una lectura honesta. También es incompleta.

Un estudio publicado en Nature Communications en 2025 encontró que bebés de apenas cinco días prestan más atención a escenas donde un personaje ayuda a otro que a aquellas donde lo obstaculiza. Cinco días de vida. Antes de cualquier enseñanza parental o cuento con moraleja. Los investigadores advierten que esto no demuestra un sentido moral completo: solo revela que la atención se orienta distinto ante lo prosocial. Pero la orientación de la atención suele ser el comienzo de todo lo demás.

Ese hallazgo parece contradecir la observación inicial. Si venimos predispuestos a notar y preferir la ayuda, ¿de dónde sale la niña que guarda sus juguetes? La pieza que reordena el rompecabezas apareció en un trabajo anterior.

Entre los nueve y los catorce meses, bebés observaron marionetas con preferencias definidas, como galletas verdes sobre rojas. Luego vieron otras marionetas que ayudaban o dañaban a las primeras. Los bebés no solo eligieron a quien ayudaba a las similares: prefirieron a quien castigaba a las distintas. No eran indiferentes al daño. Aprobaban el daño cuando caía sobre el que no era como ellos.

Hay que decirlo con claridad: esta línea de investigación enfrenta debates de replicación. No todos los estudios posteriores obtuvieron el mismo efecto con igual nitidez. Eso no la descarta, pero obliga a sostenerla con las manos abiertas. La cautela también es parte del rigor.

Lo interesante es que estas preferencias tempranas no pintan a los bebés como egoístas puros ni como inherentemente buenos. Muestran un proceso que hace las dos cosas al mismo tiempo, según dónde se trace la línea entre nosotros y ellos. Cooperan hacia adentro del círculo. Desconfían, y a veces celebran el castigo, hacia afuera. Ese círculo no viene fijo: se expande de uno mismo a la familia, al grupo que comparte gustos, al equipo, a la ciudad, al país. Es la misma dinámica, solo escalada.

En ciencias del comportamiento esto tiene nombre: altruismo parroquial. Bowles y Choi estudiaron cómo la cooperación intensa dentro del grupo y la hostilidad hacia afuera pudieron evolucionar juntas como una sola estrategia adaptativa, no como dos rasgos en pugna. Cooperar con los tuyos y rechazar a los otros no son impulsos contradictorios. Son la misma adaptación mirando en dos direcciones.

Esto no respalda lecturas simplistas de egoísmo innato. Tampoco permite citar a Tomasello como si avalara esa idea. Su obra demostró que la cooperación humana, con sus formas sofisticadas de intención compartida, nos distingue de otros primates. Lo que añade este hallazgo es un matiz: esa cooperación es selectiva, estratégica, atada al círculo. No cooperamos menos. Cooperamos con precisión quirúrgica sobre quiénes entran.

Liu Cixin, en su trilogía, plantea civilizaciones que ante la escasez y la amenaza tratan a cualquier otro grupo como riesgo a neutralizar primero. La referencia no es sobre extraterrestres. Es una pregunta sobre el techo del dial: ¿hasta qué escala puede crecer el nosotros antes de que su propia lógica se vuelva contra sí misma? Si el círculo puede incluir a toda la especie, ¿qué lo detiene? ¿Solo inercia histórica?

Esta dinámica conecta con los doce mil años de divisiones que siguieron a la agricultura. Los excedentes permitieron acumular poder y decidir que otros grupos humanos no contaban igual. La grieta ya existía. La agricultura le dio material, jerarquías, ejércitos y fronteras. El divide y vencerás que tantas élites usaron no fue una táctica brillante de cínicos geniales. Fue la ruta de menor resistencia sobre una fractura que ya traíamos.

Lo que queda es una visión menos cómoda que la original. No existe una batalla entre mala naturaleza y buena cultura. Existe un ajuste que la biología instaló pero no fijó. Dónde trazamos la línea del nosotros (si termina en la familia, en la nación, en la especie o más allá) es la única variable que el ADN no decide por nosotros.

¿Hasta dónde podemos empujar ese círculo antes de que la maquinaria que lo sostiene nos traicione?