Hay una frase de Bernie Sanders que suena más a filosofía que a política. "La IA se está construyendo sobre un recurso público mucho más valioso que el petróleo: el conocimiento acumulado, la creatividad y el trabajo de la humanidad."

Es técnicamente precisa. La mayoría de los debates sobre inteligencia artificial evitan seguirla hasta el final porque las conclusiones que impone resultan incómodas. ¿Quién es el propietario legítimo de un sistema que aprendió a escribir leyendo millones de textos que nadie le vendió? ¿Quién debería recibir dividendos de una tecnología entrenada con el esfuerzo colectivo de generaciones?

Sanders ha propuesto una ley que intenta dar una respuesta concreta: un impuesto único cobrado en participaciones accionarias que otorgaría al gobierno de EE.UU. poder de voto y un asiento en los consejos directivos de OpenAI, Anthropic y xAI. No es un fondo de rescate ni una regulación de contenidos. Es una participación real en la propiedad.

Lo interesante es que el argumento no proviene solo de Sanders. Los propios laboratorios abrieron esa puerta antes. OpenAI ha promovido formas de ingreso universal. Anthropic habla de distribuir los beneficios de manera amplia. xAI ha usado el lenguaje del beneficio colectivo. Cada uno, en distintos momentos, ha sugerido que los frutos de la IA deben llegar a la población general. Sanders tomó esas palabras y preguntó lo obvio: si eso es lo que creen, ¿por qué no estructurarlo con una participación pública que lo garantice?

El modelo que cita no es inventado. Noruega administra un fondo soberano de más de dos billones de dólares construido sobre las ganancias del petróleo. No es filantropía. Es propiedad estructural. Cada noruego posee, de forma abstracta pero real, una fracción de ese fondo. Alaska distribuye dividendos anuales en efectivo a sus residentes a partir de los ingresos petroleros del estado. Ambos casos parten de la misma premisa: cuando un recurso natural pertenece a todos, las ganancias de su explotación también deberían pertenecer a todos. Sanders sostiene que el conocimiento humano acumulado es ese recurso y que la IA lo está explotando sin pagar renta.

Reconozco la tensión que genera este tipo de propuesta. No es técnicamente complicada. Lo que la vuelve incómoda es que toca algo que el capitalismo moderno prefiere mantener borroso: la línea entre lo construido de manera individual y lo heredado de forma colectiva. Un modelo de lenguaje no aprendió a escribir solo. Absorbió a Borges, a García Márquez, a millones de bloggers anónimos, foros completos, artículos académicos financiados con fondos públicos. Ese entrenamiento tiene autores. Solo que nadie les preguntó si querían participar ni si esperaban alguna forma de compensación.

La misma pregunta reaparece cada vez que una tecnología extrae valor de un bien que nadie construyó en solitario. El cercamiento de tierras comunales en la Inglaterra del siglo dieciocho desplazó a millones de personas que habían cultivado colectivamente durante generaciones, todo para otorgar títulos legales a propietarios privados. La radio y la televisión usaron el espectro electromagnético —un bien público— para levantar imperios comerciales. Internet fue desarrollado con fondos gubernamentales antes de convertirse en la base de algunas de las empresas más valiosas del mundo. En cada caso la pregunta central fue la misma.

La IA añade una capa más profunda. No solo utiliza infraestructura pública. Su materia prima es la producción cultural e intelectual completa de la humanidad: cada poema, cada artículo científico, cada conversación transcrita, cada imagen etiquetada, cada línea de código compartida. Todo eso alimentó los modelos que ahora valen cientos de miles de millones de dólares. No es una metáfora. Es el proceso técnico concreto por el que funcionan estos sistemas.

La propuesta enfrenta obstáculos reales. OpenAI completó una transición hacia una estructura con fines de lucro que complica cualquier intervención en su gobernanza. Anthropic mantiene una forma de beneficio público sin mecanismos claros de rendición de cuentas hacia la sociedad. xAI opera como empresa privada con la opacidad que eso conlleva. Colocar al gobierno en los consejos directivos no es automáticamente positivo. Los gobiernos también pueden ser capturados, priorizar vigilancia sobre redistribución o crear burocracia sin beneficio tangible.

Todavía no tengo claro si una participación accionaria gubernamental representa la vía óptima para que los beneficios lleguen a quienes contribuyeron sin saberlo. Podría serlo. Podría también terminar legitimando el orden actual al dar al gobierno un asiento sin alterar quién marca realmente la dirección tecnológica. Desde México veo estas dinámicas de forma diferente, quizá porque aquí la brecha entre quienes acumulan datos y quienes los generan se siente más cruda.

La pregunta que Sanders plantea se sostiene aunque la solución que ofrece sea imperfecta. Si el conocimiento colectivo de la humanidad es el recurso sobre el que se construye la IA más poderosa de la historia, entonces el modelo actual —donde ese acervo se extrae sin compensación para construir monopolios privados— arrastra un problema de legitimidad que la mera brillantez tecnológica no borra.

El fondo noruego tardó décadas en consolidarse. Antes hubo versiones del mismo debate sobre quién tenía derecho a las ganancias de un recurso que nadie plantó. Lo que no está claro es si esta vez habrá suficiente tiempo antes de que la concentración de poder vuelva irrelevante cualquier respuesta.

¿Puede una participación accionaria gubernamental realmente garantizar que los beneficios de la IA lleguen a quienes la construyeron sin querer, o simplemente transfiere el control de un tipo de élite a otro?

Fuentes:

1. Sanders, Bernie. Propuesta de ley sobre participación pública en empresas de IA. Senado de EE.UU., 2025.

2. Government Pension Fund Global (Norges Bank Investment Management). Reportes anuales del fondo soberano noruego.

3. Alaska Permanent Fund Corporation. Dividend history and fund overview.

4. Crawford, Kate. Atlas of AI: Power, Politics, and the Planetary Costs of Artificial Intelligence. Yale University Press, 2021.

5. Doctorow, Cory. The Internet Con: How to Seize the Means of Computation. Verso Books, 2023.