Cuando una potencia emergente anuncia que busca democratizar la inteligencia artificial, lo primero que conviene examinar no es el discurso sino la arquitectura. ¿Cómo está diseñado el modelo? ¿Dónde se colocan los puntos de dominio? ¿Quién conserva las llaves reales y quién recibe solo acceso limitado?
India presentó sus Directrices de Gobernanza de IA 2026 con un lenguaje que suena genuino: accesibilidad, soberanía tecnológica, distancia frente a los bloques dominantes y mayor peso para las economías emergentes. Los siete fundamentos hablan de inclusión, de evitar la acumulación en pocas compañías o regiones y de armar una coalición que sirva de contrapeso tangible a Silicon Valley y Beijing. Es un argumento que merece tomarse en serio antes de descartarlo.
Existen razones concretas para hacerlo. India posee escala demográfica, capacidad técnica instalada y una trayectoria de actuar como voz de los países en desarrollo en foros multilaterales. Su infraestructura digital pública demuestra que es posible construir a gran escala con una lógica distinta al modelo occidental de plataformas. Si algún actor tiene credenciales para proponer reglas que no repitan el manual habitual, India las tiene. Durante su presidencia del G20 generó acuerdos sobre IA responsable que luego aparecieron en debates de la ONU. No son solo palabras.
El problema con estas directrices no está en lo que afirman sino en lo que callan. Son orientadoras, no vinculantes. No definen procesos claros de rendición de cuentas ni establecen auditorías independientes. Tampoco explican cómo participarían países externos en la administración de sistemas creados bajo este esquema. Desde el punto de vista del diseño, es una visión sin planos de ejecución. Y en organizaciones complejas la ausencia de procesos distribuidos no es un detalle técnico: es la diferencia entre un modelo realmente compartido y uno que simplemente desplaza el centro de dominio.
Reconozco regularidades similares en otros contextos. Cuando una organización promete distribuir decisiones pero evita detallar cómo se reparten los permisos de escritura, el resultado suele ser el mismo árbol jerárquico con un letrero renovado. El vocabulario cambia. La topología del poder, no.
El paralelo más honesto es el Movimiento de Países No Alineados. En Bandung, en 1955, Nehru, Nasser y Tito construyeron un relato notablemente parecido: tercera vía, soberanía, rechazo a los bloques, cooperación entre iguales. El lenguaje tenía autenticidad y las intenciones probablemente también. Sin embargo, cada líder consolidó poder doméstico mientras negociaba autonomía externa. Las élites nacionales reforzaron su control interno. La redistribución estructural que prometían nunca llegó. Bandung funcionó como foro de posicionamiento. El G20 bajo Modi cumple una función parecida.
Esto no significa que India actúe de mala fe. Muestra que la tendencia es más antigua que cualquier actor concreto. Las potencias emergentes que impulsan marcos multilaterales suelen configurarlos para que sus propias empresas, burocracias y relatos queden en posición ventajosa. No es conspiración. Es racionalidad institucional básica. Estados Unidos hizo exactamente lo mismo con Bretton Woods en 1944. China lo repite con su Iniciativa de la Franja y la Ruta. Las economías emergentes como categoría política existen para reclamar un asiento, no para eliminar la mesa.
Al mirar quiénes se benefician concretamente, el panorama se aclara. Las empresas tecnológicas locales operarían bajo reglas escritas en casa, con ventajas institucionales que los competidores externos no tendrían. La burocracia técnica ganaría influencia y presupuesto. India se volvería destino atractivo para inversiones que buscan evitar la regulación europea o la opacidad china. Y el liderazgo actual fortalecería su discurso global antes de los ciclos electorales. Cada beneficiario tiene incentivos reales. Ninguno coincide con la categoría abstracta de mundo en desarrollo.
Lo que la cobertura entusiasta pasa por alto es que las preguntas más difíciles sobre acumulación de poder dentro de India quedan sin respuesta. Reliance Jio domina las telecomunicaciones para cientos de millones de personas. El Grupo Tata atraviesa sectores enteros de la economía digital. ¿Cómo se aplican los fundamentos de no acumulación a estos actores internos? Las directrices guardan silencio. La apertura que se ofrece hacia fuera no tiene espejo hacia dentro.
Vale una observación lateral. La misma infraestructura que permite incluir a millones —UPI, Aadhaar— también concentra datos y capacidades de manera notable. He visto en distintos contextos cómo estas herramientas logran escala sin precedentes y, al mismo tiempo, crean nuevos cuellos de botella de poder. Sigo explorando cómo evitar que la eficiencia técnica termine reforzando exactamente lo que se dice querer evitar. Todavía no tengo claro cómo se resuelve ese intercambio.
Falta también definir la participación real de los países que supuestamente ganarían con el nuevo marco. La coalición tecnológica propuesta es, por ahora, una aspiración política sin estructura de gobernanza compartida. ¿Pueden Bangladesh, Nigeria o Bolivia proponer modificaciones? ¿Pueden vetar implementaciones que les afecten negativamente? ¿Pueden auditar sistemas que operen en su territorio? Si la respuesta es negativa, entonces la democratización describe solo la relación de India con Occidente, no su relación con el resto de las economías emergentes.
El dato que cierra este análisis es contraintuitivo. El actor que más consistentemente ha producido marcos de gobernanza tecnológica con rendición de cuentas real y mecanismos de participación distribuida no es ninguna potencia emergente con discurso democratizador. Es la Unión Europea, con su RGPD y su AI Act: reglas vinculantes, supervisión independiente, recursos de apelación y aplicación transnacional. No porque sea más virtuosa, sino porque el diseño institucional concreto pesa más que la retórica que lo envuelve. India puede tener las mejores intenciones del mundo y aun así producir una estructura que centralice el manejo si no construye los procesos de distribución del poder. La voluntad no es mecánica.
¿Importarán más los detalles de implementación que las declaraciones de buenas intenciones?
Fuentes
1. Gobierno de India, Draft AI Governance Framework 2026 — documento de consulta pública, Ministerio de Electrónica y Tecnología de la Información (MeitY)
2. Prashad, Vijay. The Darker Nations: A People's History of the Third World. The New Press, 2007.
3. Roberts, Anthea. Is International Law International? Oxford University Press, 2017. (Sobre asimetría de poder en marcos multilaterales)
4. Comisión Europea, AI Act — Reglamento (UE) 2024/1689, Diario Oficial de la Unión Europea
5. Nilekani, Nandan. Rebooting India: Realizing a Billion Aspirations. Penguin, 2015. (Contexto de infraestructura digital pública india)