Un infarto de miocardio es daño al músculo cardíaco observable porque existe evidencia medible de isquemia, no una sensación subjetiva. En el congreso de la Sociedad Europea de Cardiología se presentó recientemente la quinta definición universal. Un grupo de cardiólogos de distintos países acordó con precisión clínica qué cuenta exactamente como ataque cardíaco: tipo 1 con ruptura de placa, tipo 2 por desequilibrio entre oferta y demanda de oxígeno, o el asociado a procedimiento cuando ocurre durante una intervención. Tres contextos. Un lenguaje común. Cero ambigüedad para un médico en Tokio, Toronto o Guadalajara. La estandarización busca que un infarto sea un infarto, y la meta resulta razonable. Cuando el diagnóstico varía según país o institución, las personas pagan el precio en confusiones que el tratamiento no alcanza a resolver.
Esa búsqueda de consenso contrasta con lo que ocurre en otro rincón de la medicina. Allí existe una definición biológica observable y aun así el acuerdo se recibe con suspicacia. Hombre y mujer se definen por gametos. Quien produce óvulos es mujer. Quien produce espermatozoides es hombre. La distinción describe una función reproductiva binaria. Sin excepciones. Observable. Replicable. Tan estable como la categoría de infarto tipo 1. Y sin embargo, mientras cardiólogos de treinta países afinan matices sobre placas coronarias sin que nadie los acuse de ideología, cualquier médico que repita la definición biológica de sexo enfrenta presión institucional, demandas o riesgo de perder su licencia en ciertas jurisdicciones.
¿Puede el sexo biológico redefinirse con el mismo rigor con que se redefine un infarto? La tesis dominante sostiene que esto representa progreso. Que así como la cardiología refinó el infarto en subtipos, la medicina debe reconocer que el género habita un espectro. Que la ciencia no es estática. Que aferrarse a definiciones obvias equivale a permanecer en un entendimiento primitivo del cuerpo. Los defensores citan correcciones históricas genuinas. La homosexualidad fue retirada del DSM en 1973 tras décadas de daño real causado por una etiqueta sin base biológica. La disforia de género existe como experiencia de angustia documentada. Quienes la viven merecen atención clínica seria. La medicina ha refinado categorías antes. Hasta aquí el argumento mantiene peso.
La analogía se quiebra al examinar qué se redefine. Cuando la ESC actualiza la definición de infarto, refina categorías clínicas dentro de un fenómeno medible: troponina elevada, imagen de daño miocárdico, electrocardiograma. Las tres categorías no niegan el corazón dañado, solo ordenan mejor las causas. Proponer que el sexo es un espectro subjetivo determinado por identidad, en cambio, reemplaza un criterio biológico por uno psicológico y conserva el mismo nombre. Sería absurdo en cardiología definir el infarto por la intensidad que cada paciente siente en el pecho en lugar de por el daño muscular medible. En otras ramas se presenta como avance.
Existe un ángulo que rara vez se menciona. La disparidad ya opera, y resulta clínicamente peligrosa, dentro del propio infarto. Durante años las mujeres fueron subdiagnosticadas porque los criterios se construyeron mayoritariamente con datos de hombres. Los síntomas clásicos describen bien la presentación masculina, pero muchas mujeres manifiestan náusea, fatiga o dolor mandibular. Ese sesgo costó vidas. Mientras una parte de la medicina insiste en que las diferencias biológicas entre sexos importan tanto que requieren más estudio para salvar vidas, otra sostiene que esas mismas diferencias son negociables o construidas socialmente.
¿Por qué el infarto logra consenso internacional en un congreso y el sexo biológico no logra consenso ni dentro de un mismo país? La respuesta no reside en la ciencia. Reside en quién se beneficia de cada definición. Nadie gana terreno político, legal o financiero reetiquetando el infarto tipo 2. Redefinir mujer, en cambio, incide directamente en deporte competitivo, espacios de vestidores y refugios, elegibilidad para tratamientos hormonales, litigios de custodia y políticas de seguros. Cuando una definición biológica se convierte en disputa legal y política, deja de ser hecho observable y pasa a ser posición que hay que ganar. Eso no es avance científico. Es captura institucional vestida de progreso.
La ciencia puede evolucionar en el trato a las personas sin negar lo que observa en los cuerpos. Se puede ofrecer dignidad y atención clínica a quien vive disforia de género sin alterar la definición biológica de sexo, de la misma forma que se puede acompañar con dignidad a un paciente con cáncer terminal sin redefinir la muerte. La compasión clínica y la precisión diagnóstica no se oponen. Se complementan. Cuando una institución médica las confunde bajo presión externa, termina fallando a ambas. En The Generosity in the Doorway exploro cómo las instituciones adoptan vocabulario de actualización para justificar decisiones que responden más a presión que a evidencia nueva. La tendencia se repite.
No tengo una respuesta limpia sobre cómo debería resolverse esto institucionalmente. Sigo explorando el tema. Lo que sí resulta claro es la asimetría incómoda. Exigimos a la cardiología rigor matemático para definir algo tan complejo como un infarto, con subtipos, biomarcadores y consenso internacional. Al mismo tiempo aceptamos que otras ramas traten como negociable algo que cualquier texto de biología reproductiva describe sin ambigüedad desde hace generaciones. La definición de sexo basada en gametos es, medida con la misma vara, más antigua, más estable y con menos excepciones que la definición de infarto, que ha cambiado cinco veces en menos de treinta años.
Los restos óseos encontrados en excavaciones revelan dimorfismo sexual consistente a través de milenios. La pelvis, el cráneo, la robustez. Binario. Las piedras no mienten.
¿Cuánto rigor científico estamos dispuestos a negociar cuando la presión no viene de la biología sino de otros ámbitos?