Cuando Joe Kent, congresista republicano y veterano de operaciones especiales, envía una misiva al presidente Donald Trump diciéndole que los ataques contra Irán se realizaron por presión de Israel y "su poderoso lobby estadounidense" —y no por ninguna amenaza real e inminente—, algo se rompe en la narrativa oficial. No es un demócrata buscando hacer quedar mal a la administración. Es alguien de dentro del mismo ecosistema político, con credenciales militares que nadie puede desestimar fácilmente, diciendo en voz alta lo que muchos susurraban.
Eso merece atención. No para celebrarlo ni para convertirlo en bandera de ningún bando, sino para entender qué revela sobre cómo funciona la maquinaria del discurso público en Estados Unidos cuando se trata de Irán. El patrón no es nuevo: un relato se impone, se repite hasta volverse sentido común, y quien lo cuestiona desde adentro paga un costo político.
La pregunta que hay que hacerse no es solo si Irán era o no una amenaza inminente. La más incómoda es: ¿cuántas veces nos han convencido de que sí lo era? Revisar la historia con honestidad muestra un ciclo que se repite. En 1953, la CIA orquestó el derrocamiento del primer ministro Mohammad Mosaddegh —un gobierno elegido democráticamente— bajo el argumento de que Irán podría caer en manos soviéticas. El resultado fue la reinstalación del Shah, una dictadura que sirvió a intereses occidentales durante décadas y que alimentó la revolución de 1979. Ese episodio rara vez se menciona cuando se explica "por qué Irán nos odia".
Después vino la guerra Irán-Irak de los años ochenta, donde Washington apoyó a Saddam Hussein mientras Irán era visto como el desestabilizador regional. El programa nuclear iraní se convirtió en pretexto recurrente en los dos mil, con alertas constantes que mantenían al público en tensión. Cada administración ha adaptado este manual, manteniendo a Irán como enemigo necesario.
Lo que Kent señala no es solo un error de política exterior. Describe un proceso donde grupos de interés —como el lobby pro-israelí, uno de los más organizados en Washington— moldean decisiones que afectan a millones, sin un mandato directo del electorado. Esto se documenta en donaciones registradas y puertas giratorias entre centros de análisis, gobierno y medios. No es conspiración; es política observable.
La manipulación del discurso público opera en capas: amenaza, urgencia, consenso fabricado. Cuando alguien dice "los datos no lo sostienen", el relato ya está arraigado. El miedo activa respuestas instintivas difíciles de revertir. Cuestionar esa dinámica no garantiza mejores decisiones, pero al menos las hace más costosas de tomar a ciegas.
Otro detalle clave: Trump pidió a aliados que enviaran buques al Estrecho de Ormuz para mostrar apoyo. La respuesta fue un silencio diplomático; varios países se negaron. El Estrecho es vital —por ahí pasa cerca del veinte por ciento del petróleo mundial—, y esa negativa dice algo concreto: el crédito político de Washington se agota cuando los relatos que lo sostienen ya no convencen a quienes tienen que pagar el costo de creerlos.
Europa recalibra su alineación con Washington. Países del Golfo optan por diplomacia directa con Teherán. China y Rusia construyen alternativas financieras y logísticas. Estos son movimientos pragmáticos, no ideológicos. Leen la señal: el relato oficial ya no justifica su costo. No es la primera vez que una potencia dominante pierde tracción así —no por derrota militar, sino porque los incentivos de sus aliados se reorganizan en silencio.
¿Qué sigue con la declaración de Kent? En el corto plazo, podría diluirse en el ruido político sin cambios inmediatos. A mediano plazo, normaliza el cuestionamiento del consenso. Voces creíbles como la suya hacen más difícil sostener el relato intacto. El riesgo real no es un ataque iraní inminente, sino que Estados Unidos escale por presiones internas sin medir los impactos globales de hacerlo.
La manipulación del discurso no es exclusiva de Estados Unidos ni de este momento. Lo que cambia es la velocidad con que hoy se documenta y se cuestiona. Si eso alcanza para corregir el rumbo antes del siguiente ciclo es, todavía, una pregunta abierta.
Las piedras no mienten, pero los historiadores a veces sí.
Fuentes:
1. Misiva de Joe Kent al presidente Donald Trump — registros del Congreso de Estados Unidos, 2025
2. Kinzer, Stephen. All the Shah's Men: An American Coup and the Roots of Middle East Terror. Wiley, 2003
3. Administración de Información de Energía de EE.UU. (EIA) — datos de tránsito energético por el Estrecho de Ormuz
4. Mearsheimer, John J. y Walt, Stephen M. The Israel Lobby and U.S. Foreign Policy. Farrar, Straus and Giroux, 2007
5. Parsi, Trita. Losing an Enemy: Obama, Iran, and the Triumph of Diplomacy. Yale University Press, 2017