Jóvenes Construyendo el Futuro es un programa de becas mensuales del gobierno mexicano que paga 9,582 pesos a jóvenes desempleados para que trabajen como aprendices en empresas y talleres. Fracasa como solución estructural porque ataca un síntoma, la falta de experiencia laboral, sin tocar la causa: una economía que no genera suficientes empleos formales para absorber a quienes egresan de ese programa. La Alianza Jóvenes con Trabajo Digno publicó en agosto de 2026 un dato que debería sacudir cualquier conversación sobre política pública en México. 14.9 millones de jóvenes de entre quince y veintinueve años viven en pobreza, trabajo precario o simplemente fuera del sistema educativo y del mercado laboral. Es casi la mitad de la población joven del país.

El número no es una anomalía estadística. Es la fotografía de una generación entera que el aparato institucional no logra absorber. Sin importar cuántas becas se repartan.

Simón Levy ha señalado algo que suena obvio pero que rara vez se dice en voz alta. El programa cuesta miles de millones de pesos al año y el problema que dice resolver sigue creciendo casi al mismo ritmo que antes. El gobierno responde con cifras de bolsillo llenas, millones de jóvenes capacitados, empresas participantes, dispersión territorial. Evita la pregunta incómoda. ¿Cuántos de esos beneficiarios consiguieron después un empleo formal, estable, con seguridad social? Ahí la respuesta oficial se vuelve borrosa.

¿Por qué un programa con ese presupuesto no logra mover el número macro? La respuesta corta es que nunca fue diseñado para crear empleos. Solo para simular la experiencia de tenerlos. Es una beca de capacitación presentada como política de empleo. Esa confusión de objetivos, formar o insertar, es la que ha permitido que se reporten éxitos basados en métricas de proceso mientras la métrica de resultado queda fuera del reflector.

Este patrón aparece también en otros contextos. Los programas de garantía juvenil de la Unión Europea, lanzados después de la crisis de 2008, prometían insertar a cada joven en empleo, educación o formación en cuatro meses. Las evaluaciones de la Comisión Europea años después mostraron mejoras en participación. El desempleo juvenil de larga duración persistió en las regiones donde la economía formal carecía de capacidad de absorción. India intentó algo distinto con el MGNREGA. Logró resultados más sólidos en zonas rurales porque estaba anclado a obra pública real, construcción de infraestructura, y no a una beca de subsistencia sin producto tangible. La diferencia importa.

¿Qué significa esto para México? Ayuda a algunos jóvenes, sí. Hay testimonios reales de personas que aprendieron un oficio y consiguieron trabajo después. El diseño del programa, sin embargo, no puede crecer hasta absorber a 14.9 millones de personas. Ningún programa de becas compensa la ausencia de una economía que genere empleo formal al ritmo que la demografía joven exige.

He visto en diferentes contextos cómo las métricas de proceso sustituyen a las de resultado. Un programa se declara exitoso porque cumplió su presupuesto de ejecución. No porque resolvió el problema que decía atacar. Contar cuántos jóvenes pasaron por el programa es una métrica de proceso. Medir cuántos siguen empleados formalmente dos años después es una métrica de resultado. El gobierno mexicano, como casi todos los que administran programas sociales masivos, prefiere reportar lo primero.

Esto conecta con lo explorado en The Generosity in the Doorway al analizar respuestas históricas al desempleo estructural. Vasco de Quiroga en el Michoacán del siglo XVI no repartió dinero a los indígenas desplazados por la conquista. Construyó pueblos-hospital donde la producción colectiva de bienes, textiles, cerámica, generaba tanto sustento como identidad. El experimento duró generaciones porque ataba el ingreso a producción real con demanda real. Jóvenes Construyendo el Futuro invierte esa lógica. Paga por participar. No por producir algo que el mercado necesite.

El estudio de Marienthal, realizado en Austria en los años treinta, encontró algo que sigue vigente. El desempleo prolongado destruye la estructura del tiempo y la identidad mucho antes de afectar la cuenta bancaria. Una beca mensual puede paliar la pobreza durante el tiempo que dura el programa. No reconstruye la sensación de pertenecer a algo productivo si al terminar no hay empleo esperando. El programa dura un año. Después el joven regresa al mismo mercado laboral que no tenía espacio para él.

¿Quién se beneficia entonces de mantener un programa con resultados estructurales tan limitados? El gobierno gana una narrativa de atención a la juventud, capital político medible en cifras de inscripción. Las empresas que reciben aprendices ganan mano de obra subsidiada sin obligación de contratación posterior. Los críticos ganan visibilidad, y la Alianza gana legitimidad como contrapeso técnico. Nadie está mintiendo necesariamente. Todos están incentivados a que la conversación se quede en el nivel de la beca y no escale a la pregunta de fondo: por qué la economía mexicana no crea suficiente empleo formal para su población joven.

No tengo una respuesta fácil sobre qué reemplazaría al programa. La evidencia histórica, desde Michoacán en el siglo XVI hasta Austria en los años treinta, desde la garantía juvenil europea hasta el MGNREGA indio, apunta en una dirección consistente. Los programas que funcionan atan el ingreso a producción real con demanda de mercado verificable. Los que no, tratan el síntoma de la exclusión juvenil como si fuera la causa. Todavía no tengo claro si algo como esto es políticamente viable en el corto plazo en México. El ciclo electoral favorece anuncios de cobertura sobre rediseños estructurales que tardan años en mostrar resultados.

El reporte de agosto de 2026 deja una pregunta que no se resuelve fácilmente. ¿Cómo construimos respuestas que vinculen sustento con producción significativa cuando la demografía y la economía formal siguen divergiendo?