Cada vez que hay convocatoria electoral en España ocurre algo que casi nadie cuenta como "democracia": un sorteo. Las mesas electorales, esas personas que abren la urna, vigilan el recuento y firman el acta, se designan por sorteo entre quienes figuran en el censo. Nadie hace campaña para ser vocal de mesa. Te toca, y vas. Conviene decirlo sin tomar partido por ninguna convocatoria: el país que votamos como sinónimo de democracia deja en manos del azar la pieza que garantiza que el voto se cuente bien. El sorteo es una forma de repartir poder sin pasar por la competencia, porque la competencia favorece a quien tiene recursos, tiempo y red de contactos.
Esa idea choca con lo que damos por sentado. La tesis popular es sencilla. Democracia es votar. Si hay urnas, partidos y una noche de resultados, hay democracia. Votar es rápido, medible y abierto a millones de personas a la vez. Permite castigar a quien gobierna mal sin derramar sangre, y eso no es poca cosa. Cualquiera que haya vivido en un sistema donde el voto no cambia nada sabe lo que vale poder sacar a alguien del cargo. Además, el voto escala. No hay que reunir a nadie en una plaza, basta un padrón.
Pero esa tesis tiene una memoria corta. En Atenas, después de las reformas de Clístenes, buena parte de los cargos se asignaba por sorteo y el Consejo de los Quinientos, la Boulé, que preparaba los asuntos de la asamblea, se llenaba así: cincuenta ciudadanos por cada una de las diez tribus. Para sortear existía un aparato de piedra, el kleroterion, una losa con ranuras donde se insertaban las fichas con los nombres. Se han encontrado fragmentos en el Ágora y ese dato importa porque el mecanismo era público y visible. Aristóteles, en la Política, asocia el sorteo con la democracia y la elección con lo oligárquico porque elegir es escoger a los "mejores" y los mejores casi siempre salen de los mismos círculos.
Hay que decir lo incómodo. Aquella igualdad era para unos pocos. Mujeres, esclavos y extranjeros residentes quedaban fuera, y cuántas personas eran en realidad es algo que los historiadores todavía discuten. El modelo funcionó casi dos siglos con interrupciones hasta 322 a.C. Repartir cargos por azar limitaba a las élites. Repartía la carga de gobernar.
Enviar diez mil cartas al azar para formar una asamblea de cien personas no produce una muestra representativa del país. Quienes responden que sí suelen ser más educados, más interesados en política, con más tiempo libre. Un sorteo perfectamente limpio sobre esa lista produce una asamblea sesgada aunque nadie haya hecho trampa. Es un fallo de especificación, no de ejecución.
Los algoritmos de selección justa existen para corregir eso. Se invita a mucha gente, se ve quién acepta y luego se elige entre los aceptantes de modo que la asamblea refleje al país en edad, género y región, tratando de que cada persona tenga una probabilidad parecida de ser elegida. Las fuentes que consulté hablan de decenas de asambleas de este tipo. Experiencias como las de Irlanda o la Convención Ciudadana por el Clima en Francia se citan a menudo, aunque conviene tomar con cautela cualquier balance de resultados que no venga con evidencia sólida.
Esto desplaza la discusión. Ya no hablamos del azar, hablamos de diseño. Cuando algo se presenta como neutral porque lo decide una máquina, la pregunta útil es qué función se está optimizando y quién escribió las restricciones. ¿Cuántas categorías se usan para estratificar, y se incluye el nivel educativo o se omite? ¿Qué pasa con quien no tiene internet o no puede dejar el trabajo? Cada una de esas decisiones cambia quién se sienta en la asamblea y casi ninguna se ve desde fuera. Un ajuste pequeño en un parámetro puede mover la composición más que cualquier campaña.
Gana poder la ciudadanía seleccionada que durante unas semanas decide con una información y un tiempo que el votante nunca tiene. Gana poder también quien controla el algoritmo y quien fija la agenda. Una asamblea de cien personas honestamente seleccionadas puede deliberar de maravilla sobre la pregunta equivocada. Las Piedras No Mienten insiste en esto desde otro ángulo. Ganar el debate sobre qué sistema es mejor sirve de poco si no se sabe quién tiene la pluma para ponerlo en marcha.
Gana dinero un sector concreto, el de las organizaciones de facilitación deliberativa, que cobran por organizar, moderar y operar el proceso. Ganan también los gobiernos locales que compran legitimidad y se ahorran conflictos costosos de implementación, porque una decisión que "salió de la gente" se discute menos, y los partidos que usan las asambleas como sello de aprobación para lo que de todos modos querían hacer. Ninguno de estos beneficios es ilegítimo por sí solo. El problema aparece cuando se vuelven el objetivo y la deliberación pasa a ser el medio.
El sorteo no sustituye al voto. Lo complementa. Una asamblea sin poder vinculante corre el riesgo de ser decorado participativo, una foto bonita para la memoria del ayuntamiento. En algunas jurisdicciones hay asambleas permanentes. No encontré evidencia de que sus recomendaciones sean vinculantes en general. También es una hipótesis, no un resultado demostrado, que el sorteo reduzca la captura por cabilderos. Suena razonable, pues es más difícil presionar a quien no sabía que iba a estar ahí, pero falta demostrarlo.
Tratar al algoritmo de selección como infraestructura democrática parece el paso siguiente. Tres cosas merecen probarse. Auditoría pública del algoritmo, con código abierto, parámetros de estratificación publicados y una huella criptográfica del código antes del sorteo para que nadie pueda ajustarlo a posteriori. Agenda no controlada por el convocante, de modo que las preguntas las defina un órgano independiente o la propia asamblea. Poder vinculante o al menos respuesta obligada, y si el gobierno rechaza una recomendación, que lo haga por escrito y con razones a la vista de todos.
No tengo todas las respuestas. No sé cómo evitar que un código abierto que casi nadie sabe leer se convierta en otro acto de fe, ni cuánta transparencia es compatible con proteger a las personas sorteadas de presiones. Son problemas reales y siguen abiertos. Un kleroterion opaco no es democrático, igual que en Atenas el aparato valía porque cualquiera podía verlo funcionar.
Un aparato público.
Y queda un dato que contradice la intuición con la que empezamos. Los atenienses sortearon la mayoría de los cargos pero eligieron a los estrategos, los generales, que ocupaban los puestos con más poder real. Pericles fue reelegido estratego durante años seguidos sin tope. Lo que mejor encarna la concentración de poder en la Atenas del sorteo salió de las urnas.
¿Cómo aseguramos que el diseño del propio sorteo no concentre ese poder en unas pocas manos?
Fuentes:
1. Aristóteles, Política (libros IV y VI), sobre el sorteo y la elección como rasgos democrático y oligárquico.
2. Aristóteles (atribuida), Constitución de los atenienses, sobre la Boulé de los Quinientos y las reformas de Clístenes.
3. Ley Orgánica del Régimen Electoral General (España), sobre la designación de las mesas electorales por sorteo.
4. Yves Laurent, Las Piedras No Mienten, Capítulo 22: comités rotatorios y sorteo auditable.