Ochenta mil cooperativas de aldea. Rp 31 mil millones en transacciones diarias. Unos dos millones de dólares que circulan cada día por una red que apenas empieza a construirse. Indonesia puso en marcha el programa Kopdes Merah Putih. La ambición declarada consiste en tener una cooperativa activa en cada aldea antes de que termine la década.
La cifra impresiona. Se trata todavía de una meta y no de un resultado consolidado. Una cooperativa decretada desde Jakarta no equivale a una que surge porque un grupo de personas decidió aportar capital y asumir riesgos juntos. Una cooperativa genuina es aquella donde los miembros controlan el capital y las decisiones porque ellos mismos la construyeron. No depende de una meta numérica fijada por un ministerio. Esa distinción separa a Kopdes Merah Putih de los modelos que se celebran en el discurso internacional.
La Universidad Gadjah Mada ya emitió una advertencia pública. El mensaje resulta incómodo y directo. Indonesia corre el riesgo de repetir el colapso institucional vivido con las KUD en los ochenta y con los BUMDes más recientemente. Dos experimentos impulsados desde el Estado, dos metas ambiciosas, ambos capturados por intereses políticos locales.
Mondragón ofrece el contraste más nítido. La red vasca nació en 1956 en un pueblo pequeño. Sin capital estatal. Sin decreto. Sin cifra impuesta. Hoy emplea a más de setenta mil personas que son dueñas de su propio trabajo. Sigue expandiéndose hacia Estados Unidos en ciberseguridad e inteligencia artificial, sin ceder control a fondos externos. Mondragón creció desde la base. Kopdes Merah Putih se anuncia desde arriba, con presupuesto público y una meta numérica definida antes de que exista gobernanza real.
Esta tendencia aparece repetidamente en la historia. Los koljoses soviéticos se impusieron con metas de colectivización fijadas desde Moscú. Los ejidos mexicanos prometieron propiedad colectiva de la tierra. Con el tiempo muchos quedaron bajo caciques locales o burocracia agraria. Las cifras de cooperativización crecían en los reportes oficiales. La autogestión real se quedaba atrás.
Las metas cuantitativas se anuncian con facilidad. Verificar si esas ochenta mil cooperativas cuentan con asambleas funcionales, elecciones internas reales y control genuino sobre el crédito recibido exige otro tipo de trabajo. Ese trabajo genera pocos titulares.
¿Quién gana realmente con este tipo de programas? Los ministerios obtienen presupuesto ampliado y una métrica presentable ante la ONU y los electores. Los bancos estatales indonesios consiguen un canal para colocar crédito dirigido con respaldo político. Los organismos multilaterales obtienen un caso de estudio que citar como evidencia de que la economía social crece. Esto no ocurre solo en Indonesia. La resolución A/RES/80/182 de la ONU institucionalizó los años cooperativos como evento recurrente. La Organización Internacional del Trabajo ha impulsado modelos similares en otros países.
El problema de fondo es de diseño institucional. Una estructura con retroalimentación real permite que la información fluya desde las bases y corrija al centro. Las cooperativas de crédito alemanas administran a más de treinta millones de clientes mediante bancos locales autónomos. Cada uno toma sus decisiones de crédito. Se federan mediante protocolos compartidos. Mondragón resuelve el problema de escala limitando el tamaño de cada unidad y conectándolas en red.
Kopdes Merah Putih tal como está diseñado ahora opera más como lazo abierto. El centro emite la orden. El centro fija la meta. El centro canaliza el financiamiento. La aldea recibe la estructura ya armada. Cifras que se anuncian fácilmente. La meta de ochenta mil cooperativas puede cumplirse en los reportes sin que exista una sola asamblea votando con autonomía real sobre su capital. Medir actividad no equivale a medir autogestión. ¿Por qué esa diferencia rara vez aparece en los comunicados oficiales?
Esto afecta la reformulación reciente del Consenso de Washington hacia la economía social y solidaria. El discurso internacional corre el riesgo de equiparar modelos que no son equiparables. Cuando la ONU o la OIT celebran el crecimiento del cooperativismo global sin distinguir entre Mondragón y Kopdes Merah Putih, terminan legitimando arquitecturas de poder radicalmente distintas. Uno nació del ahorro colectivo y la desconfianza histórica hacia el capital externo. El otro nace de un decreto con fecha límite y fondos públicos.
En Las Piedras No Mienten exploro cómo las estructuras de cooperación impuesta pueden sostenerse durante décadas. El costo de mantener la simulación de participación suele superar el beneficio de la extracción que la sostiene. No se trata de un juicio contra Indonesia ni contra sus funcionarios. Es una observación sobre arquitectura institucional. Sin corrección desde las bases, cualquier estructura tiende al dominio centralizado antes que a la autogestión. He observado dinámicas similares en diferentes contextos.
Todavía no sabemos cómo terminará el experimento indonesio. La Universidad Gadjah Mada advirtió. No certificó el fracaso. Algunas de estas cooperativas podrían desarrollar con el tiempo gobernanza real y emanciparse del financiamiento estatal. La cifra en sí misma revela poco sobre calidad institucional. Los organismos que redactan resoluciones simplifican una distinción que para los habitantes de las aldeas resulta mucho más concreta.
Cifras que brillan en los reportes. Realidad que se construye con dificultad.
¿Qué tipo de retroalimentación desde las bases haría falta para que estas ochenta mil cooperativas escapen al destino de sus predecesoras?
Fuentes:
1. Universidad Gadjah Mada (UGM) — advertencia pública sobre el programa Kopdes Merah Putih y su similitud estructural con las KUD y BUMDes
2. Resolución de la Asamblea General de la ONU A/RES/80/182 sobre años cooperativos internacionales
3. Registros públicos de Mondragón Corporación Cooperativa sobre estructura de gobernanza y expansión internacional
4. Reportes gubernamentales indonesios sobre transacciones diarias del programa Kopdes Merah Putih (Rp 31 mil millones/día)