Meta: Un proyecto de la Universidad de las Artes de Belgrado intentó reactivar las mesne zajednice de Nuevo Belgrado. ¿Hay poder real o gesto simbólico?

Un bloque residencial de Nuevo Belgrado. Concreto largo y claro, patios interiores con árboles que ya superan los edificios. Allí, y no en una galería, la Universidad de las Artes de Belgrado montó la exposición Life in the Block. Ese fue el hito visible de un proyecto de tres años que intentó algo poco glamoroso: reactivar los consejos comunitarios del barrio, las mesne zajednice.

Una mesna zajednica es la unidad más pequeña de organización territorial porque se diseñó para que los vecinos decidieran sobre servicios, vivienda y gasto comunal dentro de la autogestión yugoslava que arrancó hacia 1950 y se extendió de las fábricas a los barrios. Esa es la teoría. Su balance histórico es mixto. Eran instituciones pensadas desde arriba, con participación real en algunos lugares y mero trámite en otros.

El proyecto siguió una línea de investigación-acción participativa. No midió el barrio desde afuera. Trabajó con los residentes para preguntarles qué recordaban de esos consejos, qué quedaba de ellos y qué harían con ellos hoy. La exposición fue el momento en que ese trabajo se hizo visible para los propios vecinos.

¿Qué queda entonces de la autogestión en esos bloques? Hay que ser preciso. La respuesta es incómoda. Los consejos nunca se cerraron del todo. Existen como estructura jurídica y como espacio físico, con su nombre, sus locales y su lugar en el mapa administrativo. Sin competencias efectivas. Tras los años noventa, con la crisis, las guerras y la privatización, fueron perdiendo funciones hasta quedar como una carcasa. Nadie los abolió. Simplemente dejaron de decidir.

Reconozco patrones similares en otros contextos. Instituciones participativas diseñadas desde arriba que se vacían por falta de recursos y por cooptación partidista. No hace falta prohibirlas. Basta con no financiarlas. Lo mismo ocurrió en las cooperativas rurales alemanas del siglo XIX. Lo veo hoy en las DAOs con voto ponderado donde la estructura de decisión distribuida termina en pocas manos.

Quiero ser claro con lo que las fuentes permiten decir. No hay datos de que estos consejos hayan recuperado poder decisorio formal. El proyecto muestra otra cosa. Hay residentes dispuestos a participar, lo cual contradice la narrativa de la apatía ciudadana. Pero participar no es decidir. Esa distancia es el problema.

¿Quién gana y quién pierde con esto? Siguiendo el cui bono no hay beneficiarios financieros evidentes. El proyecto es académico y comunitario, sin negocio detrás. El poder en juego es otro. Los residentes ganarían si los consejos obtuvieran competencias reales, sobre todo presupuesto. Los partidos locales ganarían si los cooptan porque un consejo con local, nombre y legitimidad histórica pero sin autonomía es una excelente terminal de clientelismo. A las autoridades que prefieren consejos simbólicos les conviene que todo siga como está. Gente reunida, nada decidido.

Desde la cibernética lo leo como un circuito de retroalimentación. Un consejo de barrio detecta un problema, lo discute, decide y corrige. Ese ciclo necesita ganancia, es decir que lo decidido tenga efecto. Un circuito conectado pero sin ganancia sigue ahí. Con todos sus cables. Y no transmite señal. Eso es hoy la mesna zajednica. Una arquitectura de decisión distribuida que sobrevive como carcasa. La pregunta técnica es si se puede volver a energizar desde abajo sin que alguien arriba conecte la fuente.

Contrasta con la tendencia contemporánea que va en dirección contraria. Decisiones centralizadas en plataformas, algoritmos y aparatos estatales, lejos de quien las sufre. Un consejo de bloque es lento, ruidoso y muy imperfecto. También está al alcance de la mano. En Las Piedras No Mienten, en preparación, trabajo la idea de que la escala humana y la toma de decisiones distribuida no son nostalgia sino condiciones de diseño. La experiencia de Belgrado es un laboratorio modesto para esa hipótesis, sin pruebas aún.

Ahora qué puede pasar. Sin poder presupuestario estos consejos podrían quedar en participación simbólica y esa es la hipótesis más probable que no debo ocultar. El otro escenario exige que alguien ceda competencias y no hay señal de que ocurra. También hay una mirada europea más amplia sobre movilización juvenil que cito solo como contexto y con cautela. El interés por participar no es exclusivo de Serbia pero tampoco prueba nada sobre estos consejos.

Hay un paralelo que prefiero dejar sin subrayar. Las comunidades que sostienen una obra común durante generaciones como los constructores de Göbekli Tepe no lo hicieron porque alguien les diera un reglamento. La coordinación tenía consecuencias visibles y compartidas. La estructura formal importaba menos que el hecho de que lo decidido se convirtiera en piedra levantada.

En Nuevo Belgrado la estructura sigue en pie, con su sello y su local. Los vecinos volvieron a sentarse. Falta lo único que convierte una reunión en gobierno.

Si la gente participa y nada de lo que decide se cumple, ¿es eso democracia, o solo su ensayo general?