Once mil trescientos veintidós millones de euros en ventas. Setenta y un mil cuatrocientos quince trabajadores. Mil trescientos cuarenta y seis empleos netos creados. Doscientos dieciocho millones invertidos en investigación y desarrollo. Cuarenta y nueve millones destinados a proyectos sociales. Los titulares que siguieron al reporte anual de Mondragon llevan a una conclusión aparente: el cooperativismo industrial no solo resulta posible sino que logra prosperar incluso en años turbulentos. El movimiento cooperativo internacional y la ONU, que declaró 2025 como Año Internacional de las Cooperativas, interpretaron estas cifras como prueba de que existe una vía intermedia entre el capitalismo accionarial y la propiedad estatal.
Es un relato convincente. Merece examinarse con cuidado antes de cuestionarlo.
Mondragon surgió en el País Vasco en la década de 1950 de la mano del sacerdote José María Arizmendiarrieta, con un grupo pequeño y una modesta fábrica de estufas. Hoy opera como federación de más de cien cooperativas que abarcan manufactura, distribución, banca y educación universitaria. Conseguir beneficios, generar empleo neto y asignar decenas de millones a iniciativas sociales cuando la utilidad global apenas cayó el uno punto dos por ciento constituye, objetivamente, un logro. Hay investigadores que llevan años analizando modelos empresariales alternativos y consideran a Mondragon uno de los experimentos cooperativos industriales más duraderos y ambiciosos del mundo moderno. En eso tienen razón.
Sin embargo, los mismos titulares omiten una pregunta central. De esos setenta y un mil cuatrocientos quince trabajadores reportados, ¿cuántos son realmente propietarios con derechos plenos?
Esta no es una distinción menor. Una cooperativa, según su definición fundacional, es una organización donde los trabajadores poseen la entidad y deciden democráticamente sobre su rumbo. Si esa condición solo se cumple para una parte de la plantilla, lo que emerge es algo distinto: quizá valioso y admirable, pero distinto.
Los reportes públicos de Mondragon no desglosan con precisión cuántos trabajadores son socios con voto, acceso a excedentes y cuentas de capital individual, frente a quienes están contratados bajo lógica convencional en subsidiarias internacionales. Lo que sí han documentado investigadores como George Cheney y analistas dentro del propio movimiento es que la expansión fuera del País Vasco se realizó principalmente mediante filiales no cooperativas. Las plantas en Asia, Latinoamérica y otras regiones operan con estructuras laborales estándar. Sus empleados no participan en asambleas, no acumulan capital propio ni distribuyen excedentes como lo hace un socio en Arrasate.
Esto no implica hipocresía. Refleja las tensiones que surgen cuando cualquier organización crece. Al superar ciertos umbrales de escala, las características originales se vuelven difíciles de sostener: la estructura empieza a seguir dinámicas propias de otros modelos, no porque sus dirigentes traicionen ideales, sino porque la competencia global exige velocidad y estandarización incompatibles con la deliberación amplia. Las organizaciones tienden a optimizar las métricas visibles mientras diluyen aquellas que no aparecen en los balances. Ocurre con regularidad.
Esta tendencia se repite a lo largo de la historia del cooperativismo. Los pioneros de Rochdale crearon en el siglo XIX una red de consumo basada en un socio, un voto y educación mutua. Al expandirse, la participación real de los miembros decayó hasta volverse simbólica. El negocio sobrevivió; la gobernanza democrática, no. Algo paralelo ocurrió con cooperativas agrícolas del norte de Europa que alcanzaron volúmenes exportadores competitivos pero terminaron concentrando decisiones estratégicas en cuerpos gerenciales cada vez más autónomos. La presión del mercado empuja hacia jerarquías y rapidez que chocan con la democracia directa a gran escala.
Lo que distingue a Mondragon es que su núcleo vasco aún mantiene mecanismos funcionales de propiedad y control democrático: cuentas de capital individual, asambleas con capacidad de remoción de directivos y límites formales en las diferencias salariales. Eso no existe en multinacionales convencionales y merece reconocimiento real. Aun así, si esos mecanismos solo cubren una fracción de la plantilla total, entonces Mondragon no es una cooperativa de setenta y un mil cuatrocientos quince personas. Es una cooperativa de X personas más Y empleados convencionales distribuidos globalmente. Presentar las cifras agregadas sin esa aclaración convierte los datos en argumento ideológico, no en diagnóstico preciso.
La ONU y el movimiento cooperativo global necesitan casos de éxito visibles. Eso se entiende. Pero ese mismo incentivo puede desalentar las preguntas incómodas que permitirían ajustar el modelo en lugar de fosilizarlo dentro de su propio relato. Exigir la transparencia que el ideal cooperativo reclama no es atacarlo: es tomarlo en serio.
Los informes anuales deberían separar con claridad cuántos trabajadores son socios con derechos plenos, cuántos participan de forma limitada y cuántos operan bajo condiciones estándar en el exterior. Ese porcentaje real de gobernanza efectiva importa más que las ventas, la inversión en I+D o los empleos creados, métricas que cualquier gran empresa convencional también puede exhibir.
El caso de Eroski ilustra el punto. La cadena de distribución atravesó una crisis financiera en la década de 2010 que obligó a reestructuraciones con despidos y pérdida de capital acumulado para los socios afectados. El resultado final se pareció al de cualquier corporación, aunque el proceso interno tuviera matices distintos. A veces el relato más elaborado no cambia el desenlace. Solo lo hace más difícil de ver.
¿Qué proporción real de una estructura de esta escala puede preservar los fundamentos democráticos sin que se diluyan hasta volverse nominales?
Fuentes:
1. Mondragon Corporation. Informe Anual 2024. Arrasate-Mondragón, 2025. [mondragon-corporation.com]
2. Cheney, George. Values at Work: Employee Participation Meets Market Pressure at Mondragon. Cornell University Press, 1999.
3. Birchall, Johnston. The International Co-operative Movement. Manchester University Press, 1997.
4. Paranque, Bernard y Willmott, Hugh. "Cooperatives—Saviours or Gravediggers of Capitalism?" Organization, vol. 21, núm. 5, 2014, pp. 604–625.