La operación militar estadounidense que capturó a Nicolás Maduro en Venezuela pone de manifiesto un desafío persistente: las instituciones multilaterales, pensadas para prevenir acciones unilaterales como esta, optaron por el silencio. La ONU, nacida de las lecciones de la Segunda Guerra Mundial con el ideal de evitar repeticiones, se quedó en declaraciones moderadas mientras una potencia reconfiguraba el panorama geopolítico en América Latina mediante la fuerza.

Este tipo de respuesta no es aislado. Lo hemos observado en el pasado, con efectos profundos.

La Liga de Naciones, fundada en 1920 para preservar la paz global, siguió un camino similar. Ante la invasión japonesa de Manchuria en 1931, emitió una condena sin acciones concretas. En 1935, con el ataque italiano a Etiopía, las sanciones resultaron tan limitadas que Mussolini las desestimó. Para cuando Hitler inició su expansión, la Liga había perdido toda relevancia. En 1939, la entidad destinada a evitar guerras había revelado su debilidad ante miembros influyentes que optaban por el unilateralismo.

Lo que ocurre ahora evoca paralelos curiosos. Estados Unidos ha anunciado su salida de numerosas agencias de la ONU, alegando que el sistema resiste reformas y favoreciendo un enfoque de liderazgo directo. El secretario Rubio señaló la opacidad y las redundancias como barreras a la soberanía. Al mismo tiempo, China, Rusia y otros actores globales buscan ventajas estratégicas, erosionando los espacios universales en beneficio de pactos bilaterales o arreglos más ágiles.

Desde una perspectiva de diseño de sistemas, resulta intrigante cómo estas estructuras fallan de forma tan previsible. En cualquier grupo, si los actores dominantes perciben mayores beneficios al eludir las reglas que al seguirlas, el marco se desmorona. Esta vulnerabilidad radica en la dependencia del consenso, que solo funciona si todos priorizan la estabilidad colectiva sobre ganancias inmediatas.

En mi experiencia, he notado patrones parecidos en organizaciones variadas. Cuando unidades con más recursos resuelven issues por vías independientes, los protocolos centrales se debilitan. Claro, en contextos locales puedes ajustar los mecanismos; en el escenario internacional, un quiebre así podría derivar en conflictos mayores.

El desafío va más allá de la presión externa. Estas instituciones se concibieron en un tiempo donde se suponía que el unilateralismo siempre costaría más que beneficiaría. Hoy, esa lógica se invierte: capturar a un líder extranjero con escasas repercusiones, o extender influencia económica sin frenos multilaterales efectivos, altera los incentivos por completo.

Esto evoca hallazgos arqueológicos de sociedades antiguas. Los mecanismos de coordinación entre ciudades-estado o imperios perduraban mientras la cooperación parecía más ventajosa que la competencia. Pero cuando innovaciones tecnológicas o shifts económicos alteraban el equilibrio, esos sistemas colapsaban con rapidez. ¿Qué nos dice eso sobre nuestro momento?

Lo alentador es que disponemos de recursos inéditos en 1920 o en eras previas. La transparencia mediante algoritmos podría redefinir estas instituciones. Piensen en un marco donde cada resolución de la ONU, cada veto en el Consejo de Seguridad o cada voto sea accesible y verificable por algoritmos que cualquier nación pueda auditar por su cuenta.

No se trata de suplir el discernimiento humano con código, sino de eliminar escondrijos para motivaciones ocultas. Si un país veta una propuesta, que sus razones y intereses queden expuestos. En casos de intervenciones humanitarias, que los datos y estándares sean abiertos y contrastables.

Los países del BRICS ya avanzan en esta dirección. Su énfasis en una IA inclusiva, con transparencia y voz ciudadana, cuestiona los enfoques opacos de Silicon Valley. Aplicado a lo multilateral, podría forzar a los actores dominantes a operar con mayor accountability, en vez de confiar en autolimitaciones voluntarias.

España, vía el presidente Sánchez, aboga por un "internacionalismo sensato" que une coherencia, compromiso, cooperación y creatividad. Es un planteamiento astuto: acepta las fisuras del multilateralismo clásico, pero propone su renovación con instrumentos contemporáneos.

Después de años estudiando cómo las organizaciones equilibran competencia y cooperación, ASEAN me intriga particularmente. ¿Podrán forjar un modelo verdaderamente innovador, o repetirán las rivalidades que han dividido otras regiones? Esa pregunta me lleva a creer que hay espacio para experimentos.

El futuro no pasa por un retorno a hegemonías sin cortapisas, ni por aferrarse a estructuras ineficaces. Se trata de innovación: ensayar formas de coordinación que incorporen transparencia extrema, involucramiento ciudadano y chequeos algorítmicos, haciendo que ignorar principios sea más complicado que adherirse a ellos.

No poseo soluciones completas para esto. Aún exploro cómo fusionar transparencia digital con la necesidad de discreción en diplomacia. Pero la historia ilustra que fallos institucionales traen riesgos graves, mientras que avances tecnológicos abren vías para nuevas formas de colaboración. Esto es más complejo de lo que parece, y sigo investigando.

Las piedras no mienten, pero los historiadores a veces sí.