El 10 de abril de 2026 la ONU publicó su evaluación del Compromiso de Sevilla. El reporte apareció justo antes de que el FMI y el Banco Mundial iniciaran sus reuniones de primavera en Washington. El momento elegido envió un mensaje claro a instituciones que parecen cada vez menos preparadas para recibirlo.
El dato central no deja espacio para lecturas creativas. Veinticinco países redujeron su asistencia al desarrollo en 2025. Eso generó una caída del veintitrés por ciento frente a 2024: la contracción anual más grande en décadas. El recorte más fuerte, cincuenta y nueve por ciento, provino de Estados Unidos. El país con poder de veto en las instituciones reunidas en Washington es el mismo que más recortó su contribución después de Sevilla. Y nunca firmó el acuerdo.
Esa decisión revela la estructura entera del problema.
El Compromiso de Sevilla surgió en junio de 2025 para cerrar una brecha anual de cuatro billones de dólares en financiamiento para el desarrollo. Casi todos los países lo firmaron. Estados Unidos se mantuvo al margen. El principal contribuyente histórico del modelo multilateral optó por excluirse del acuerdo redistributivo más relevante del año y luego redujo su aporte en más de la mitad. Hay coherencia en esa posición, aunque pocos la celebrarían.
Lo que complica aún más el panorama es que Washington no solo se retira. Construye en paralelo una red de aranceles bilaterales que desplazan las reglas multilaterales. Negocia acuerdos directos que reemplazan los marcos de la OMC. Transforma las relaciones geopolíticas en transacciones donde la noción de aliado depende de la conveniencia del momento. Desde la Segunda Guerra Mundial la política exterior estadounidense mantuvo un enfoque internacionalista. Ese modelo, imperfecto pero estructurado, se desmantela ahora desde dentro.
El FMI y el Banco Mundial enfrentan una contradicción interna difícil de resolver. Nacieron bajo impulso de Estados Unidos. Su gobernanza otorga veto efectivo a ese país. Ahora se les pide discutir la desigualdad global mientras su accionista principal recorta la asistencia en un cincuenta y nueve por ciento y arma acuerdos al margen de sus propias estructuras. En marzo de 2026 el Banco Mundial admitió que el Consenso de Washington ya no funcionaba. La estructura de poder que lo generó, sin embargo, permanece intacta. El diagnóstico llegó sin la reforma correspondiente.
Esta dinámica aparece en otros contextos con regularidad. Cuando la entidad que identifica el problema es la misma que lo genera, el análisis preciso no siempre produce cambio. A menudo genera parálisis envuelta en lenguaje técnico. Las instituciones de Bretton Woods se crearon en 1944 para prevenir que la anarquía económica de los años treinta llevara a otra guerra mundial. Su diseño concentró el poder en los vencedores. Ochenta años después, ese mismo diseño opera en contra de su objetivo original.
El Banco Mundial promueve la movilización de capital privado como reemplazo de la ayuda oficial. La propuesta tiene cierta lógica de mercado. Ignora, sin embargo, que los países más pobres representan riesgos altos para inversionistas privados, son demasiado pequeños para negociar de igual a igual con Washington y quedan dependientes de instituciones que su socio mayoritario vacía de sustancia. Ese triángulo los atrapa sin salida fácil.
Si el modelo bilateral y transaccional se consolida, el multilateralismo no desaparecerá de repente. Se fragmentará. Los vacíos de poder no duran. China y Rusia ofrecen llenarlos con sus propias reglas y condicionalidades. Los países pequeños cambiarían una forma de dependencia por otra y contarían con aún menos margen de negociación. Esto afecta directamente a países como México: el USMCA enfrenta revisión este año y, en un entorno donde el bilateralismo gana terreno, los países de tamaño medio enfrentan disyuntivas sin respuesta cómoda.
Lo que estas reuniones en Washington probablemente eviten discutir es si el multilateralismo conserva valor como principio organizador. Cuando el actor más poderoso abandona el modelo para armar su propio club selectivo, los debates sobre reformas al FMI o el cumplimiento de Sevilla se vuelven secundarios. Lo que se define es el futuro del orden global. Los registros históricos muestran que estas transiciones suelen perjudicar a quienes carecen de poder para fijar las nuevas reglas. Aun así, nada está escrito. Momentos de coordinación entre actores medianos han alterado el curso antes. La pregunta es si ocurrirá antes de que otros llenen el vacío con sus propios términos.
Fuentes:
1. ONU — Evaluación del Compromiso de Sevilla, abril 2026
2. CP24 / OCDE — Datos sobre contracción de asistencia oficial al desarrollo, 2025
3. Project Syndicate — Análisis sobre el desmantelamiento del internacionalismo estadounidense
4. Bretton Woods Project — Informe sobre movilización de capital privado como sustituto de ayuda al desarrollo
5. Banco Mundial — Declaraciones sobre el Consenso de Washington, marzo 2026