Entre el 12 y el 20 de octubre de 2026 las redes latinoamericanas de la ITF, la Federación Internacional de los Trabajadores del Transporte, salen a pedir que sus gobiernos ratifiquen el primer convenio de la OIT sobre trabajo decente en la economía de plataformas. Repartidores, conductores y mensajeros reparten volantes, convocan y hacen ruido, con Ciudad de México como una de las plazas donde la campaña se hace visible. El marcador está en el registro. 406 votos a favor, 8 en contra y 36 abstenciones. Una mayoría abrumadora. Según las fuentes consultadas ningún país lo ha ratificado todavía.

Una aclaración sobre el número. El título original de esta pieza hablaba del Convenio 193. Ese 193 corresponde a la Recomendación sobre promoción de las cooperativas de 2002, un tema que ya traté aparte. No hay confirmación del número que lleva el nuevo convenio de plataformas. Mejor no afirmarlo sin la referencia oficial de la OIT.

Un convenio de la OIT es un tratado internacional que solo obliga a un Estado cuando lo ratifica. Por eso 406 votos en Ginebra no cambian la vida de nadie en Iztapalapa. La votación mide consenso. La ratificación mide poder.

¿Por qué sindicatos que ya ganaron la votación ahora hacen campaña regional? La batalla se mudó de lugar. En la conferencia internacional se negocia entre delegaciones tripartitas con reglas conocidas. En cada país la ratificación depende de un Ejecutivo, un Senado y una correlación de fuerzas que las plataformas conocen muy bien y a la que dedican recursos. La campaña de octubre es el reconocimiento de que la parte fácil terminó.

Los actores no tienen misterio aunque sí tienen asimetrías. De un lado están las redes sindicales de la ITF que agrupan organizaciones de trabajadores de plataformas y advierten precarización y falta de transparencia algorítmica. Del otro las empresas cuya narrativa central es que quien reparte con su celular es un trabajador independiente, un socio que elige cuándo conectarse. Esa versión vale mucho dinero. Si el repartidor es independiente no hay prestaciones, ni aportaciones, ni responsabilidad por la jornada.

Aquí aplica el cui bono sin demasiado esfuerzo. Mientras no haya ratificación el convenio es un texto bonito y las plataformas siguen operando bajo las reglas que ellas mismas escribieron. Cada mes de demora les sale gratis y les permite sostener la narrativa del independiente. Los sindicatos en cambio ganan poder solo si convierten el texto en obligación nacional. Quien se beneficia del statu quo no necesita oponerse al convenio. Le basta con esperar. La ratificación lenta funciona como mecanismo de poder y no como simple retraso burocrático. Es una política aunque nadie la anuncie.

Lo que este convenio aporta frente a lo anterior es el algoritmo como objeto de negociación. Ya no se discute solo cuánto se paga sino quién ve los datos, quién decide la asignación de tareas y los pagos y cómo se impugna una decisión.

Un algoritmo de gestión laboral es un modelo de control con retroalimentación. Mide variables, aceptación de pedidos, tiempo de entrega, calificaciones, ubicación. Las compara con una meta y ajusta la salida: qué pedido te llega, cuánto te pagan, si te desactivan. Como cualquier lazo de control se comporta según sus parámetros. Cuánto pesa una cancelación, cuánto castiga una calificación baja, qué umbral dispara una suspensión, todo eso son números en un archivo de configuración. Exigir transparencia algorítmica equivale a exigir acceso a los parámetros del modelo que gobierna el trabajo. Si el trabajador no los ve no puede discutirlos. Y si no puede impugnar una decisión el lazo de control funciona sin que nadie responda por él.

Datos que suben. Las decisiones bajan sin rostro. El proyecto Cybersyn de Chile pretendía gestionar la economía con retroalimentación en tiempo real pero con los trabajadores dentro del lazo. Hoy tenemos el mismo andamiaje con la polaridad invertida. El escepticismo aplica en los dos sentidos. Un algoritmo transparente no es por sí mismo uno justo. Uno opaco impide siquiera formular la queja.

¿Qué significa todo esto para un repartidor en México? Si el convenio se ratifica y se aplica en principio abre la posibilidad de pedir explicaciones, de saber qué datos se recogen sobre uno y de apelar una desactivación. Si no se ratifica se queda como símbolo. El texto no basta. Habría que ver cómo cada país lo traduce a su legislación y quién lo hace cumplir. Esa parte sigue abierta y no hay datos para llenarla. El Grupo de Amigos de la ESS que otros han invocado en discusiones vecinas queda fuera de este análisis.

El paralelo viene de 1919. Ese año la primera conferencia de la OIT adoptó el convenio de la jornada de ocho horas en la industria, una de las demandas históricas del movimiento obrero. Sobre el papel el asunto estaba resuelto. En la práctica las ratificaciones tardaron años y variaron mucho entre países y la jornada real dependió de la presión sindical de cada lugar. Estados y empresas postergaron lo que formalmente ya estaba acordado. Aquello no fue negligencia. Fue estrategia de quien ganaba con la costumbre anterior. Adoptar una norma no equivale a aplicarla y el poder se decide en el trámite posterior.

Esa lección está en la base de lo que exploro en The Generosity in the Doorway: quien controla la infraestructura suele controlar también el ritmo al que se corrigen sus efectos. Y en Las Piedras No Mienten, obra en preparación, vuelvo una y otra vez a esa idea de que los modelos de coordinación tienen dueños aunque se presenten como neutrales. No es un argumento nuevo. Los arqueólogos lo dirían con otros materiales. En Göbekli Tepe quien organizaba los banquetes organizaba también las obligaciones. Quién invita y quién come primero siempre ha sido política.

En 1919 los obreros sabían contra quién hacían campaña. El patrón tenía nombre y fábrica. Hoy el interlocutor es un modelo que decide en milisegundos y cuyos parámetros no figuran en ningún contrato. Los sindicatos piden que se ratifique un convenio. Las plataformas mientras tanto pueden esperar tranquilas. Esperar es lo que mejor hace una estructura bien configurada y ellas conocen todos los parámetros.

¿Cómo se construye rendición de cuentas cuando los parámetros que gobiernan el día a día permanecen fuera de la mesa?