El puente Semalka permanece como la única conexión de Rojava con el mundo exterior. Una línea de vida que se vuelve más frágil cada día mientras fuerzas del gobierno sirio transitorio, respaldadas por Turquía, intensifican su ofensiva contra la región autónoma del noreste de Siria. Lo que comenzó el 6 de enero de 2026 como una operación militar coordinada se ha convertido en la amenaza más grave que enfrenta este experimento de confederalismo democrático desde su establecimiento hace más de una década.
Los intelectuales kurdos en Tel Tamer han hecho llamados públicos urgentes a la unidad, advirtiendo que la supervivencia misma del proyecto está en juego. Mientras tanto, cinco ataques de células durmientes de ISIS en enero pasado han añadido otra capa de complejidad a una crisis que amenaza con borrar del mapa uno de los experimentos sociales más innovadores de nuestro tiempo. Las fuerzas combinadas de HTS y remanentes del Estado Islámico han dado a la Administración Autónoma una elección brutal: rendición total o aniquilación física completa.
Este patrón me resulta intrigante. En mi experiencia estudiando sistemas sociales, he visto cómo los experimentos genuinos de organización alternativa rara vez colapsan por fallos internos. Son destruidos desde afuera, sistemáticamente, por fuerzas que no pueden permitir que prosperen alternativas al orden establecido. Esto conecta directamente con los temas de mi libro sobre sistemas resilientes, donde exploro cómo las estructuras horizontales pueden inspirar cambios duraderos, incluso bajo presión.
La Comuna de París duró exactamente 72 días en 1871 antes de ser aplastada por una combinación de presión militar externa y aislamiento internacional. Los comuneros habían creado un sistema de autogestión democrática que incluía la participación directa de los trabajadores en las decisiones, la separación de la iglesia y el estado, y medidas pioneras de igualdad social. No colapsó porque el modelo fuera defectuoso; fue destruido porque representaba una amenaza existencial para el orden burgués europeo de la época. Lo interesante aquí es que, a pesar de su fin abrupto, sus ideas influyeron en movimientos posteriores, sugiriendo que hay caminos para preservar legados.
El mismo patrón se repitió durante la República Española entre 1936 y 1939. Las colectivizaciones en Cataluña y Aragón habían demostrado que era posible organizar la producción de manera horizontal, con trabajadores gestionando fábricas y campesinos coordinando la agricultura sin estructuras jerárquicas tradicionales. George Orwell documentó estos experimentos en "Homenaje a Cataluña", describiendo una sociedad donde "por primera vez en mi vida, me encontré en un lugar donde la clase trabajadora estaba en el poder". Pero la coalición de fuerzas fascistas, respaldada por la Alemania nazi y la Italia de Mussolini, no podía permitir que este modelo se consolidara y se extendiera. Pienso en cómo estos relatos históricos, verificables en archivos y testimonios, nos muestran que la destrucción no siempre borra el conocimiento ganado.
Rojava había logrado algo aún más complejo: implementar un sistema de confederalismo democrático que combinaba autonomía local con coordinación regional, incorporando principios de ecología social y feminismo institucional. La "Revolución de las Mujeres" no era solo retórica; las estructuras de poder incluían co-presidencias obligatorias entre hombres y mujeres, y las unidades de defensa femeninas (YPJ) habían demostrado su efectividad tanto contra ISIS como en la construcción de nuevas formas de organización militar horizontal. No soy experto en todas las dinámicas regionales, pero lo que he observado indica que estos enfoques podrían adaptarse en otros contextos.
Lo fascinante desde una perspectiva de análisis de sistemas es cómo estos experimentos desarrollan mecanismos de resiliencia interna pero permanecen vulnerables a shocks externos coordinados. Rojava había resistido años de presión de ISIS, había navegado las complejidades de la guerra civil siria, había mantenido su autonomía frente a las presiones tanto de Damasco como de Ankara. Pero la retirada del apoyo occidental y la coordinación entre el gobierno sirio transitorio, Turquía y grupos armados creó una tormenta perfecta que ningún sistema de gobernanza local puede resistir solo. Aun así, esto invita a preguntarnos: ¿qué alternativas podrían fortalecer estas estructuras en el futuro?
El acuerdo forzado de enero de 2026 entre la Administración Autónoma y Damasco marca lo que los analistas describen como una "capitulación forzada". La integración de las Fuerzas Democráticas Sirias en el Ejército Árabe Sirio representa un momento crítico: cuando las milicias populares se institucionalizan en estructuras militares verticales, históricamente señala el fin del proceso revolucionario. Es el momento en que los experimentos horizontales se convierten en sistemas jerárquicos convencionales. Sin embargo, hay espacio para reflexionar sobre cómo preservar elementos horizontales dentro de marcos más amplios.
Esto no significa que Rojava haya fracasado como experimento social. Al contrario, durante más de una década demostró que era posible organizar una sociedad de manera radicalmente diferente, incluso en medio de una guerra devastadora. Creó instituciones que funcionaron, desarrolló formas de toma de decisiones que incluían a comunidades árabes, kurdas, asirias y yazidíes, y mantuvo principios de justicia social mientras defendía territorio contra uno de los grupos más brutales de la historia reciente. Su legado, respaldado por reportes y testimonios, podría inspirar alternativas en otros lugares.
El patrón que observamos es geopolítico, no organizacional. Los experimentos sociales genuinos representan amenazas sistémicas para el orden establecido, no solo localmente sino globalmente. Si Rojava hubiera consolidado su modelo y comenzado a inspirar movimientos similares en otras regiones, habría cuestionado narrativas fundamentales sobre la necesidad de estados centralizados, sobre la inevitabilidad de la dominación patriarcal, sobre la imposibilidad de combinar democracia directa con defensa militar efectiva. Todavía no tengo claro cómo romper este ciclo por completo, pero creo que entender estos patrones es el primer paso hacia soluciones más resilientes.
La tragedia es que estamos viendo en tiempo real la repetición de patrones históricos que hemos identificado. Pero la geopolítica opera con su propia lógica, y los experimentos sociales innovadores siguen siendo sistemáticamente destruidos antes de que puedan consolidarse y extenderse. En un breve desvío, recuerdo cómo los movimientos indígenas en América Latina han navegado presiones similares mediante redes transnacionales; quizás algo así podría aplicarse aquí, conectando Rojava con aliados globales para mayor sostenibilidad.
Los kibbutz israelíes sobrevivieron porque contaron con protección estatal, pero perdieron su carácter experimental al integrarse en estructuras económicas capitalistas. Los zapatistas en Chiapas han mantenido su autonomía durante tres décadas, pero en un contexto de aislamiento relativo que limita su capacidad de expansión. Rojava intentó un camino intermedio: mantener principios revolucionarios mientras participaba en dinámicas geopolíticas más amplias. Esto sugiere que hay alternativas viables, como alianzas estratégicas que equilibren aislamiento y engagement.
Quizás la lección no es que estos experimentos estén condenados al fracaso, sino que necesitamos entender mejor las condiciones que permiten su supervivencia y consolidación. El conocimiento generado en Rojava sobre confederalismo democrático, sobre organización militar horizontal, sobre institucionalización del feminismo, no desaparece con la derrota militar. Se convierte en experiencia acumulada para futuros experimentos. Escribo esto porque creo que hay caminos adelante, invitando a todos a reflexionar sobre cómo apoyar estos modelos de manera más efectiva.
Las piedras no mienten, pero los historiadores a veces sí.