Pocas personas actúan de forma puramente altruista. Esa es una observación simple sobre cómo funcionan las interacciones humanas. Cuando alguien ofrece ayuda, suele haber un retorno: emocional, de reputación o estratégico. Extender esta idea a las naciones, sobre todo a la más influyente del mundo, no es una teoría conspirativa. Es una forma lógica de analizar el problema. La pregunta relevante es otra: ¿qué beneficios reales persigue EE.UU. en sus acciones globales?

Trump no opera por filantropía. Su trayectoria en los negocios, su estilo de negociación y su propio discurso lo demuestran. Leer sus decisiones geopolíticas desde ese ángulo no es un enfoque extremo. Es consistente con su método. Al hacerlo, el relato oficial empieza a mostrar grietas.

Tomemos Venezuela. El argumento oficial habla de promover democracia y libertad. Suena noble. Venezuela también posee las reservas de petróleo certificadas más grandes del mundo, superando a Arabia Saudita. Las sanciones no han removido a Maduro, pero han profundizado la crisis económica y migratoria, lo que refuerza discursos anti-izquierda en América Latina. ¿Se trata solo de democracia, o también de acceso a recursos? La historia regional, con sus intervenciones documentadas, sugiere que vale la pena examinar quién se beneficia económicamente después de cualquier cambio de régimen.

Cuba ilustra cómo el embargo persiste pese a su ineficacia declarada. Si el objetivo fuera mejorar la vida de los cubanos, el bloqueo habría cesado hace décadas: los datos muestran que afecta más a la población que al gobierno. Cuba funciona como símbolo disuasorio para el resto de América Latina. Una Cuba próspera e independiente desafiaría la versión dominante de lo que es posible en la región.

En México, las presiones arancelarias, la agenda migratoria y las menciones a cárteles van más allá de la frontera compartida. México es el segundo socio comercial de EE.UU., dentro de una relación de dependencia estructuralmente desigual. Usar migración y seguridad como palancas mantiene esa asimetría y convierte a México en filtro para los flujos centroamericanos. Para Trump, además, esto produce un antagonista externo útil en campaña. El muro nunca buscó detener todo; ayudaba a movilizar votos.

Con Irán, las sanciones y tensiones militares se justifican por no proliferación y antiterrorismo. Irán no posee armas nucleares, a diferencia de Israel, que no firmó el tratado de no proliferación y recibe apoyo incondicional de Washington. La distinción real está en la geografía: Irán controla el estrecho de Ormuz, ruta de un tercio del petróleo global, y mantiene lazos con Rusia y China. Es una pieza central en la estrategia energética y de contención, no un caso aislado de política de seguridad.

La relación con Israel trasciende lo político. EE.UU. envía miles de millones en ayuda militar cada año, sin condiciones. Oficialmente, es por lazos democráticos e históricos. En la práctica, Israel opera como plataforma estable en Medio Oriente, vital para el dominio energético de la región. El peso del cabildeo en Washington añade una dimensión electoral que ningún candidato ignora. No se trata de prejuicios; se trata de dinámicas de influencia, similares a las de la industria armamentística o la farmacéutica.

La OTAN es un arreglo que EE.UU. diseñó a su medida. Después de la Segunda Guerra Mundial, construyó una red que asegura ventas de armamento, bases en suelo europeo y autoridad para definir qué cuenta como amenaza. Cuando Trump urge más gasto en defensa, los beneficiarios directos son empresas como Boeing o Lockheed Martin. Europa queda atada en materia de seguridad, con autonomía limitada. Esa dependencia no surgió por accidente.

En Ucrania, el enfoque oficial defiende la soberanía del país frente a la invasión rusa, que es un hecho innegable. El contexto incluye la expansión de la OTAN hacia el este, que Moscú interpretó como provocación durante años. Ucrania sirve para desgastar a Rusia sin comprometer tropas estadounidenses directas, mientras la industria de defensa registra ganancias récord. Zelensky recibe armas; EE.UU. obtiene datos de combate real y el debilitamiento de un adversario estratégico. Ucrania importa, pero no solo por las razones que se presentan en público.

China y Taiwán marcan el punto de convergencia de todo lo anterior. Taiwán fabrica el noventa por ciento de los semiconductores avanzados a través de TSMC, componentes esenciales para tecnología civil, inteligencia artificial y armamento. EE.UU. no toleraría que China domine esa cadena de suministro. La defensa de la democracia taiwanesa es parcialmente genuina, pero el foco central es económico y tecnológico. Quien controle los chips define el siglo. Beijing y Washington lo saben, y por eso la CHIPS Act invierte en producción local con urgencia que no se ve en otros sectores.

Este manual se repite a lo largo de la historia. EE.UU. no lo inventó: Roma lo practicó, el Imperio Británico lo refinó, Washington lo adaptó al siglo XX. El vocabulario cambia —democracia en lugar de civilización—, pero el núcleo permanece: proyectar poder hacia recursos, rutas comerciales o rivales geopolíticos. Cuestionarlo no es hostilidad hacia EE.UU. Es una lectura honesta del registro histórico.

Hay elementos que permanecen opacos, como la interacción entre presiones externas y dinámicas internas en cada país. Nada funciona con un solo factor. Pero cuestionar el relato oficial produce una visión más precisa que aceptarlo. La próxima vez que EE.UU. impulse una sanción o una alianza en nombre de la libertad, vale preguntarse: ¿qué recursos están en juego? ¿Quién se beneficia a largo plazo?

Las piedras no mienten, pero los historiadores a veces sí.


Fuentes:

1. Chomsky, N. & Prashad, V. The Withdrawal: Iraq, Libya, Afghanistan, and the Fragility of U.S. Power (2022)

2. Kinzer, S. Overthrow: America's Century of Regime Change from Hawaii to Iraq (2006)

3. TSMC Annual Report & U.S. CHIPS and Science Act documentation (2022)

4. U.S. Energy Information Administration — Venezuela Crude Oil Reserves data

5. Stockholm International Peace Research Institute (SIPRI) — Military Expenditure Database