El 5 de agosto un tribunal de Dakar condenó a tres influencers. Habían publicado videos de comedia. Mandoumbe Diop, conocido como Lamignou Darou, recibió tres meses de prisión. Magueye Diaw y Moustapha Ndiaye obtuvieron dos meses cada uno. Además cada uno debe pagar 500.000 francos CFA, unos 870 dólares.
La censura es cuando el poder decide qué palabras merecen castigo penal porque establece límites que nadie debe cruzar. Los tres condenados pertenecen al partido gobernante PASTEF. No son opositores. Hicieron un chiste incómodo en el momento equivocado. Eso cambia todo.
Gobiernos de ideologías opuestas despliegan variaciones locales de este mismo enfoque. En continentes distintos. En 2026. La ruptura pública entre el presidente Bassirou Diomaye Faye y el ex primer ministro Ousmane Sonko creó las tensiones internas que los comentaristas de Feenal Digital tocaron con humor. El abogado Abdy Nar Ndiaye las presentó como conversaciones privadas entre amigos grabadas sin cálculo político. El Estado invocó el Artículo 254 del Código Penal senegalés. Una ley heredada que ahora usa el propio partido que prometió romper con prácticas autoritarias.
La defensa apelará. El Consejo Constitucional de Senegal ha anulado sanciones desproporcionadas contra medios en el pasado. El caso sigue abierto. El mensaje ya se envió. Ni siendo aliado estás seguro si tu chiste incomoda al poder. Tres meses por un chiste.
¿Por qué castigar a los propios funciona mejor que perseguir solo a opositores? Porque si a ellos les pasó, a cualquiera le puede pasar. Se erosiona la confianza interna. Se fractura la cohesión del movimiento que llevó al poder a PASTEF. He visto dinámicas similares en otros contextos. Caza un mamut, la tribu entera come. Rompes la confianza, el grupo se desmorona. Investigadores documentaron exactamente eso en comunidades de primates en Uganda. La violencia no necesita escasez de recursos. Basta con erosionar los lazos sociales. La censura interna cumple esa función con precisión.
Un tribunal de Dakar invoca el código penal. Plataformas digitales etiquetan contenido como desinformación o discurso de odio. El resultado práctico converge en silencio. En Europa basta con redefinir discursos bajo categorías vagas. Brasil suspendió X por negarse a censurar cuentas específicas. El Reino Unido ha arrestado ciudadanos por publicaciones. Francia detuvo a empresarios tecnológicos. Los marcos legales cambian. El manual de fondo se repite.
¿Quién se beneficia cuando el espacio público queda fragmentado? Quien obtiene el dominio narrativo. Cuando el castigo cae sobre aliados no solo silencia una crítica. Genera desconfianza entre quienes deberían ser cómplices. Una estructura construida para proteger al presidente de insultos necesita definir constantemente qué cuenta como insulto. Esa definición tiende a expandirse. Empieza con ataques graves y termina incluyendo comedia entre amigos grabada para TikTok. La capacidad latente de castigar ya modifica el comportamiento de todos aunque nunca se use contra la mayoría.
México vive su propia versión de esta tensión. Leyes que buscan regular a comunicadores digitales avanzan sin que el gobierno aplique los mismos estándares de transparencia a sus conferencias matutinas. Las escalas de castigo son distintas. El marco legal también. Comparten la lógica de base. Quien define las reglas del discurso público rara vez se somete a ellas.
En Las Piedras No Mienten exploro cómo Singapur logró moldear el comportamiento colectivo con presión sistemática durante décadas. El problema de fondo persiste en cualquier estructura que concentra el poder de definir qué es aceptable decir. Alguien tiene que vigilar a quien vigila. Esa pregunta rara vez tiene respuesta satisfactoria en la práctica.
No tengo una solución limpia. Sería deshonesto pretender lo contrario. Gobiernos de cualquier signo llegan prometiendo romper con el autoritarismo. Terminan usando las mismas herramientas que criticaban. El Consejo Constitucional senegalés todavía puede frenar excesos. La apelación de estos tres comentaristas será una prueba más. Miles de creadores de contenido en Senegal ahora miden cada palabra. Ese silencio multiplicado en decenas de países no aparece en titulares. Cambia sin embargo lo que una sociedad se permite decir en voz alta.
¿Qué precio pagamos cuando el humor entre aliados se convierte en delito?