En 1864, en Londres, se fracturó algo que todavía no hemos terminado de reparar. La Primera Internacional reunió a trabajadores de toda Europa con la ambición de construir una respuesta colectiva al capitalismo industrial. Dentro del movimiento convivían dos visiones incompatibles. Para unos, la organización laboral era herramienta de lucha: un medio para negociar y transformar las relaciones de poder. Para otros, la solución consistía en edificar estructuras alternativas fuera del sistema, cooperativas donde los trabajadores fueran también propietarios. La Internacional no sobrevivió esa grieta.
El siglo XX consolidó el sindicalismo como modelo dominante. El cooperativismo quedó como experimento marginal. Esa elección, tomada hace más de ciento cincuenta años, parece estar a punto de revertirse.
Lo que ocurre ahora no es casualidad. En Kenia se discuten marcos regulatorios para cooperativas de plataformas que permitirían a conductores y repartidores ser dueños de las herramientas digitales que usan. En Canadá aparecen partidas presupuestarias favorables al cooperativismo ante la presión de la automatización sobre el empleo. Y en estructuras sindicales internacionales, incluso las vinculadas a la ITUC, surgen conversaciones serias sobre cómo extender la representación a trabajadores de plataformas y autónomos que hoy quedan fuera de la negociación colectiva tradicional. Ninguno de estos pasos es todavía legislación firme. Pero la tendencia que dibujan juntos merece atención.
Conviene ser honestos sobre lo que existe y lo que sigue siendo exploración. Los marcos kenianos son recomendaciones, no ley vigente. La convergencia formal entre sindicatos y cooperativas continúa siendo más prueba piloto que modelo consolidado. Aun así, un precedente histórico ilumina por qué estos intentos emergen precisamente ahora, impulsados por necesidad estructural más que por ideología.
Mondragón lo muestra mejor que cualquier argumento teórico. La cooperativa vasca nació en 1956, en plena dictadura, precisamente porque el sindicalismo estaba prohibido. Cuando la única vía de organización colectiva posible era la cooperativa, los trabajadores la construyeron. Luego, cuando el sindicalismo se legalizó, no abandonaron su forma. Añadieron representación laboral interna y crearon un híbrido que ninguno de los dos modelos puros había alcanzado por separado. Lo fascinante es la dinámica: la presión externa sobre el modelo dominante no destruyó la capacidad colectiva, la redirigió hacia una forma más resiliente. La automatización ejerce hoy exactamente esa presión.
Esto importa porque el debate sobre inteligencia artificial y empleo suele quedarse atrapado en dos respuestas que por sí solas resultan insuficientes. Una es regulatoria: límites al uso de IA, transparencia algorítmica, fondos de reentrenamiento. La otra es compensatoria: ingreso básico, transferencias directas, subsidios. Ambas tratan el problema como si la cuestión central fuera cuánto dinero recibe el trabajador desplazado. Evitan, sin embargo, una pregunta anterior: quién es dueño de las herramientas que reemplazan el trabajo humano. Esa pregunta nos devuelve directamente a la fractura de 1864.
Las empresas de plataformas prosperan mientras el debate laboral se concentra en salario mínimo, condiciones contractuales y clasificación de trabajadores. Son debates relevantes, pero dejan intacta la estructura de propiedad. Una cooperativa de transporte bajo demanda en Nairobi que compite sin ceder márgenes a accionistas lejanos no solo distribuye mejor los ingresos. Cambia también quién decide sobre tarifas, algoritmos de asignación y condiciones de trabajo. Lo mismo vale para cooperativas de entrega, de cuidados o de trabajo creativo. La tecnología que hoy permite coordinar millones de transacciones permite también a una cooperativa hacerlo sin que exista razón técnica alguna para que el modelo extractivo sea el único posible.
Las organizaciones que unen propiedad y representación muestran mayor resiliencia ante choques económicos. No es observación romántica sobre solidaridad. Es una regularidad estructural: cuando los mismos actores que soportan el riesgo controlan las decisiones estratégicas, los incentivos se alinean de un modo que los modelos de mera negociación no logran. El sindicalismo tradicional resolvió con brillantez el problema de la negociación colectiva. Dejó sin resolver, en cambio, el de la gobernanza productiva.
Una huelga reciente en el transporte ferroviario repite una constante conocida: mejoras salariales concretas sin participación real en las decisiones que determinarán si esos empleos existirán dentro de una década. Pequeñas variaciones en quién controla los ciclos de decisión terminan generando resultados muy distintos a largo plazo. La tecnología no solo desplaza empleos. También habilita formas de organización productiva que integran negociación colectiva y propiedad compartida. Ese doble movimiento es lo que más me interesa explorar.
La convergencia entre movimientos sindicales y cooperativos no es mera síntesis ideológica. Tiene una lógica de coalición muy concreta. Los sindicatos aportan experiencia en negociación, estructuras legales consolidadas y capacidad de movilización. Las cooperativas aportan modelos de gobernanza que integran a trabajadores independientes y de plataformas que hoy quedan fuera de la representación tradicional. Juntos pueden construir una base mucho más amplia que cualquiera de los dos por separado, justo lo que el movimiento laboral necesita mientras el empleo asalariado convencional se contrae.
Reconozco que esto es más complicado de lo que parece en el resumen. Los modelos cooperativos han mostrado históricamente menor velocidad de crecimiento que las empresas convencionales. Mondragón enfrentó tensiones internas serias al expandirse. Experimentos cooperativos en distintos sectores demostraron resiliencia ante crisis pero no siempre lograron escalar al ritmo que los mercados exigen. La combinación con estructuras sindicales podría resolver algunos de esos límites. También podría generar nuevas fricciones que todavía no sabemos manejar. Sigo explorando hasta dónde llega esa complementariedad y dónde empiezan sus propias contradicciones.
La pregunta de 1864 no fue respondida, solo pospuesta. El siglo XX eligió un modelo por razones históricas específicas, muchas de ellas contingentes. Esas condiciones cambian ahora de forma acelerada. La automatización no es únicamente amenaza sobre el empleo. Es también oportunidad para repensar quién es dueño de la capacidad productiva. Las cooperativas digitales que surgen en diversas regiones no son nostalgia del siglo XIX. Son experimentos sobre una pregunta que la Primera Internacional planteó y no pudo resolver.
La tensión entre negociar dentro del sistema y construir estructuras alternativas fuera de él no tiene por qué ser contradicción permanente. Mondragón lo demostró en condiciones mucho más adversas.
¿Qué imaginación institucional tendrán los movimientos laborales del siglo XXI para combinar ambas herramientas antes de que la ventana se cierre?
Las piedras no mienten, pero los historiadores a veces sí.
Fuentes
1. Kasmir, Sharryn. The Myth of Mondragón: Cooperatives, Politics, and Working-Class Life in a Basque Town. State University of New York Press, 1996.
2. International Co-operative Alliance. World Cooperative Monitor 2023. ICA, 2023.
3. Scholz, Trebor. Platform Cooperativism: Challenging the Corporate Sharing Economy. Rosa Luxemburg Stiftung, 2016.
4. Bakunin, Mikhail / Marx, Karl. Actas de la Primera Internacional (1864-1872). Archivo Marx-Engels, International Institute of Social History, Amsterdam.
5. ITUC. World Congress Resolutions on Platform Work and Cooperative Models. International Trade Union Confederation, 2022.