Los países del BRICS han aprobado una Declaración sobre gobernanza global de la IA que se aparta de las voces habituales de Silicon Valley. En lugar de enfocarse en eficiencia o crecimiento rápido, priorizan la protección de los más vulnerables y la transparencia algorítmica al servicio de los ciudadanos, no de élites tecnológicas. Este giro en la narrativa invita a considerar alternativas reales a los modelos dominantes.
Mientras Estados Unidos y Europa discuten regulaciones para las Big Tech, naciones de América Latina, África y Asia exploran enfoques más audaces: sistemas de IA creados desde el principio para fomentar la participación ciudadana. No se trata de ajustar algoritmos importados, sino de construir opciones adaptadas a contextos locales. En mi experiencia, he visto cómo estas iniciativas surgen de necesidades concretas, recordándome temas del libro sobre cómo la tecnología puede empoderar en lugar de centralizar el poder.
Esto evoca el experimento de presupuesto participativo en Porto Alegre, implementado durante algunos años a finales del siglo XX. Allí, los ciudadanos asignaban directamente recursos públicos, cortando intermediarios políticos. Redujo la corrupción y elevó la satisfacción general. Requirió educación cívica y compromiso sostenido. La tecnología era simple: reuniones, votos en papel, cálculos manuales. Hoy, con IA, las posibilidades se expanden.
Un paralelo histórico intrigante son las cooperativas de Mondragón, que desde mediados del siglo XX mostraron que estructuras horizontales superan a las jerarquías corporativas en eficiencia. Coordinaron decisiones complejas entre miles de trabajadores dueños usando herramientas disponibles. La IA actual podría replicar eso a escala mayor, en municipios o países enteros. Lo interesante aquí es cómo estas lecciones históricas, como las que exploro en el libro, sugieren que la innovación surge de la base.
En el Sur Global, los experimentos actuales avanzan por ese camino. Plataformas de simulación permiten a la gente prever impactos de políticas antes de decidir. Presupuestos participativos procesan propuestas masivas y destacan prioridades compartidas. Herramientas traducen documentos oficiales a lenguas indígenas con modelos de IA locales. Un digresión breve: me pregunto si estas adaptaciones lingüísticas no solo informan, sino que preservan culturas orales en riesgo, un tema que conecta con evidencias arqueológicas de cómo las sociedades antiguas transmitían conocimiento sin escritura centralizada.
Lo notable es que estos países innovan sin esperar aprobación de las Big Tech. Desarrollan IAs livianas para infraestructuras modestas, con algoritmos abiertos a auditorías ciudadanas y diseños que fortalecen comunidades en vez de explotar datos. Quien controla el diseño marca la diferencia. Las plataformas de Facebook o Google buscan engagement y datos; las de comunidades marginadas, transparencia y control real.
Reconozco patrones parecidos en otros ámbitos. Las soluciones tecnológicas más sólidas nacen cuando usuarios co-diseñan. No sorprende que cooperativas digitales exitosas vengan de grupos excluidos de centros tecnológicos. Esto importa porque abre puertas a alternativas viables, no solo críticas al statu quo.
El riesgo persiste: como tantos proyectos de e-governance en el Sur Global en décadas pasadas, podrían fallar y beneficiar solo a élites urbanas. Pero ahora hay mayor alerta sobre sesgos y herramientas para revisarlos. Además, la presión geopolítica de Estados Unidos y China impulsa una tercera vía: soberanía tecnológica multipolar, independiente de superpotencias.
No se trata de perfección inmediata. Habrá fallos, ajustes y oposición de élites que prefieren la opacidad. La clave es aprender de errores, como en Porto Alegre, en lugar de descartar al primer tropiezo. Todavía no tengo claro cómo equilibrar privacidad en sistemas abiertos o evitar que algoritmos neutrales en apariencia agraven desigualdades. Esa incertidumbre justifica experimentar, no resignarse.
Los márgenes han sido semilleros de innovación social: cooperativas, sindicatos, movimientos civiles, todos de comunidades apartadas del poder. Ahora acceden a herramientas de coordinación antes exclusivas de gobiernos y corporaciones. Tal vez veamos el alba de tecnología al servicio de ciudadanos, no de extracción de valor. No será impecable ni rápido, pero vale la pena intentarlo. La alternativa es ceder decisiones a algoritmos ajenos y no representativos.
Las piedras no mienten, pero los historiadores a veces sí.