En abril de 2025, 116 países se reunieron en Bakú para establecer algo que podría cambiar las reglas del juego digital global: una plataforma independiente de coordinación transfronteriza que desafía la hegemonía tecnológica occidental. No es solo otra conferencia internacional. Es el momento en que las economías emergentes dijeron "basta" a depender de servidores ajenos para construir su futuro.
La Oficina de las Naciones Unidas para la Cooperación Sur-Sur publicó un análisis destacando este modelo como innovador para la coordinación entre países en desarrollo. Pero lo realmente fascinante no es la novedad del evento, sino lo familiar que resulta cuando conoces la historia. Esto me recuerda patrones que he estudiado en civilizaciones que desarrollaron sistemas alternativos, conectando con temas de soberanía que exploro en mi trabajo.
Esto recuerda mucho a Bandung, 1955. Veintinueve países afroasiáticos se reunieron en Indonesia para buscar una alternativa a los bloques de la Guerra Fría. No querían alinearse ni con Estados Unidos ni con la Unión Soviética. Querían construir su propio camino. El Movimiento de Países No Alineados que surgió de ahí influyó en la descolonización y creó espacios de cooperación alternativa durante décadas. Las evidencias históricas de esos encuentros, como los documentos de la conferencia, muestran cómo se sentaron las bases para una autonomía real.
Setenta años después, el patrón se repite, pero las piedras fundamentales ya no son territorios o recursos naturales. Son servidores, algoritmos, infraestructuras digitales. La dependencia tecnológica de las economías emergentes hacia Silicon Valley y las grandes corporaciones tecnológicas occidentales se ha vuelto tan problemática como la dependencia colonial de antaño. En mi experiencia, he visto cómo esta dependencia crea vulnerabilidades en organizaciones, algo que resuena con las lecciones de independencia que veo en la historia.
Los países del Sur Global están desarrollando alternativas concretas. India avanza con "Digital India" y su sistema Aadhaar que cubre más de 1,300 millones de personas. Cuba implementa sistemas operativos nacionales para contrarrestar el acceso restringido a tecnologías globales. China lidera con plataformas como WeChat, Baidu y Alibaba, además de avances en IA, blockchain y computación cuántica como alternativas a las opciones occidentales. Estas iniciativas sugieren que hay caminos viables más allá de los monopolios dominantes.
Lo interesante aquí es que las Naciones Unidas lanzó "Galaxia Sur-Sur", una plataforma de IA para intercambio de conocimientos entre países en desarrollo. Organismos como BRICS, CELAC, la Unión Africana y ASEAN exploran políticas conjuntas para compartir infraestructuras, conocimientos y normas. No son iniciativas aisladas; forman parte de una estrategia coordinada de soberanía digital. Me intriga si realmente lograrán la coordinación que el movimiento no alineado no pudo sostener por completo.
Los expertos proponen modelos ligeros de IA como alternativa a la dependencia de los grandes modelos de lenguaje occidentales. Estos modelos más pequeños pueden ejecutarse en infraestructuras locales, procesar idiomas regionales y adaptarse a necesidades específicas sin requerir los recursos masivos que dominan las grandes corporaciones tecnológicas. Pienso en cómo, en contextos locales, soluciones simples como estas han resuelto problemas que las tecnologías globales ignoran por completo. Es un recordatorio de que la innovación no siempre necesita escala masiva.
El paralelismo histórico es revelador. El Movimiento de Países No Alineados enfrentó un desafío fundamental: mantener la coordinación sin caer en las mismas dinámicas de poder que intentaban evitar. Algunos países terminaron alineándose de facto con uno u otro bloque. Otros desarrollaron dependencias económicas que limitaron su autonomía. No tengo todas las respuestas sobre cómo evitar eso hoy, pero la historia ofrece pistas valiosas.
La coordinación digital del Sur Global enfrenta retos similares. China, por ejemplo, lidera muchas de estas iniciativas, pero ¿puede el Sur Global evitar simplemente cambiar una dependencia tecnológica occidental por una china? ¿Cómo mantener la diversidad y autonomía real cuando la infraestructura digital requiere estándares comunes? Esto es más complicado de lo que parece, y aún estoy explorando estas dinámicas.
La sostenibilidad es otra pregunta abierta. El desarrollo tecnológico requiere inversiones masivas, talento especializado y ecosistemas de innovación que toman décadas en construirse. Las economías emergentes tienen ventajas: poblaciones jóvenes, mercados en crecimiento, necesidades específicas que las soluciones occidentales no atienden bien. Pero también enfrentan limitaciones de recursos y presiones geopolíticas. Aun así, hay esperanza en cómo estas fortalezas podrían converger.
Lo que me resulta esperanzador es que estas iniciativas no buscan replicar el modelo occidental, sino experimentar con alternativas. La cooperación Sur-Sur en tecnología puede aprovechar diferentes fortalezas: la experiencia de India en software, los avances chinos en manufactura tecnológica, las innovaciones africanas en tecnología financiera móvil, las redes comunitarias latinoamericanas. Desde México, veo estas dinámicas de forma diferente, con un enfoque en soluciones comunitarias que podrían inspirar más.
Las piedras del siglo XXI son efectivamente servidores, pero también son algo más: la capacidad de decidir qué tecnología desarrollar, cómo usarla y quién controla su evolución. El movimiento que empezó en Bakú podría redefinir el equilibrio de poder global, no solo tecnológico sino político y económico. Escribo porque creo que hay alternativas reales aquí, y vale la pena reflexionar sobre ellas.
La pregunta no es si este movimiento tendrá impacto, sino qué tipo de impacto será. La historia nos muestra que los intentos de coordinación alternativa pueden generar cambios duraderos, pero también que mantener la independencia real requiere vigilancia constante contra nuevas formas de dependencia. Invito a considerar cómo estas lecciones podrían aplicarse hoy, cuestionando y proponiendo juntos.
Las piedras no mienten, pero los historiadores a veces sí.