Hay una contradicción que las sociedades modernas prefieren no mirar de frente. Los trabajos más difíciles de automatizar suelen ser los peor pagados. Cuando dos mil doscientos trabajadores de cuidados a largo plazo en Nova Scotia cruzaron la línea de huelga, no reclamaban privilegios. Señalaban una falla de diseño tan antigua como la industrialización.
El modelo que atiende a los más vulnerables no logra sostener a quienes realizan ese trabajo.
Esto no es una anomalía canadiense. Es el síntoma visible de una estructura económica que opera sobre una premisa silenciosa: el trabajo de cuidados se extrae casi sin costo porque el amor, la vocación o la necesidad lo sostendrán de todos modos. La huelga de Nova Scotia arroja datos que incomodan.
Lo interesante es por qué una sociedad que afirma valorar el cuidado de sus adultos mayores mantiene un arreglo que depende de pagarlo lo menos posible. Esa paradoja merece desmantelarse.
El origen de esta falla no radica en decisiones de algún gobierno provincial. Se remonta a cómo la Revolución Industrial redefinió qué cuenta como trabajo real. Cuando la producción abandonó los hogares por las fábricas, se estableció una división que todavía persiste. El trabajo remunerado, medible y productivo se volvió legítimo. El cuidado quedó en lo invisible, asociado a las mujeres y tratado como extensión natural de su rol, no como contribución económica.
Esta división no fue casual. Resultó funcional para un modelo que requería fuerza de trabajo barata fuera de casa y labor reproductiva gratuita dentro. Hay investigadores que llevan décadas documentando esto. El trabajo no remunerado de cuidados representa entre el diez y el treinta y nueve por ciento del PIB según el país. Esas magnitudes simplemente no aparecen en las métricas convencionales.
Cuando ese trabajo pasó a residencias y hospitales, arrastró consigo la lógica de su invisibilización original. Se volvió empleo formal, pero se asumió que debía pagarse poco porque había vocación de por medio. El mismo razonamiento que justificaba el trabajo doméstico gratuito mutó en justificación para salarios bajos en el sector.
El paralelo más claro está en las huelgas de enfermeras del servicio de salud británico hacia el final de esa década. Las constantes coinciden con las de Nova Scotia. Trabajadores indispensables quedaban sistemáticamente fuera de los beneficios que su labor generaba. La respuesta institucional fue ignorar las demandas hasta que la presión volvió insostenible el equilibrio anterior. Obtuvieron mejoras parciales. El problema de subfinanciamiento estructural permaneció.
Cuando un proceso crítico opera crónicamente subfinanciado, no se trata de un error de gestión. Es una decisión de diseño. Alguien eligió que ese proceso pudiera correr con menos recursos de los necesarios, y la organización aprendió a extraer la diferencia de los propios trabajadores. Ellos terminan absorbiendo la brecha entre lo que el trabajo exige y lo que se les paga.
La automatización vuelve brutalmente visible esta contradicción. Se destinan recursos masivos a reemplazar tareas repetitivas en manufactura, logística o análisis de datos. La lógica de costos parece impecable. Sin embargo, sostener a una persona mayor durante el baño, leer el estado emocional de alguien con demencia o responder en una crisis sigue requiriendo presencia humana, juicio contextual y capacidad emocional. Precisamente lo que los algoritmos no tienen. El cuidado humano permanece irreemplazable y, por eso mismo, debería ser lo más valorado, no lo más explotado.
Aquí aparece una paradoja que la economía convencional digiere mal. El trabajo más difícil de sustituir tecnológicamente recibe el menor reconocimiento económico. Si el mercado premiara la escasez y la dificultad de reemplazo, los cuidadores ocuparían los primeros puestos salariales. No ocurre.
La crisis demográfica vuelve el asunto más urgente. Las poblaciones de Norteamérica y Europa envejecen con rapidez. La demanda de cuidados crecerá durante décadas. Ni la inteligencia artificial ni los robots de asistencia podrán cubrirla en escala y calidad. Solo trabajadores humanos pueden hacerlo. Y muchos de ellos están en huelga porque el arreglo actual no los sostiene económicamente.
El argumento de que no hay presupuesto merece examen riguroso. Los operadores de instalaciones tienen incentivos claros para mantener costos laborales bajos. Los gobiernos provinciales prefieren no elevar el gasto en salud. Ambos se benefician de esta subvaloración. La pregunta de quién gana encuentra aquí respuesta directa. Lo que permanece abierto es quién pagará la cuenta cuando simplemente no haya suficientes personas dispuestas a realizar ese trabajo.
En Argentina, la organización de trabajadoras domésticas durante los noventa condujo a una ley que equiparó sus derechos con los de otros sectores. El proceso fue largo, irregular en su aplicación y no resolvió todo. Mostró, sin embargo, que cuando la presión colectiva alcanza cierto umbral, las estructuras que parecían inamovibles terminan moviéndose.
Esta huelga revela una contradicción que las sociedades modernas tendrán que resolver de forma explícita o ver resuelta de forma caótica. No se puede depender del trabajo de cuidados y al mismo tiempo mantener a quienes lo realizan en condiciones que hacen insostenible su propia vida. Algo tendrá que ceder.
La salida se describe con facilidad en abstracto: reconocer el cuidado como infraestructura social tan esencial como el transporte o la energía, y financiarlo con la misma seriedad. El problema es que eso exige decisiones políticas que redistribuyan costos hacia quienes hoy se benefician de no pagarlos. No es un asunto técnico. Es de poder y de voluntad política.
No tengo claro cómo se resuelve esa ecuación en el corto plazo. Lo que sí parece claro es que cada huelga de cuidadores añade información valiosa al registro colectivo. Los cambios estructurales en el reconocimiento del trabajo de cuidados han llegado siempre tarde, siempre incompletos y siempre después de presión sostenida. Nova Scotia forma parte de ese proceso. No su conclusión.
¿Cómo sostendremos colectivamente el cuidado cuando quienes lo brindan ya no puedan sostenerse a sí mismos?
Fuentes:
1. Federici, Silvia. Calibán y la bruja: Mujeres, cuerpo y acumulación originaria. Traficantes de Sueños, 2010.
2. Banco Mundial. Informe sobre el trabajo de cuidados no remunerado y su impacto en el PIB. Datos de economía del género, 2023.
3. Waring, Marilyn. If Women Counted: A New Feminist Economics. Harper & Row, 1988.
4. Ley 26.844 de Régimen Especial de Contrato de Trabajo para el Personal de Casas Particulares. Argentina, 2013.
5. Harman, Chris. A People's History of the World. Verso, 2008. (Capítulos sobre trabajo reproductivo e industrialización.)