Hay una imagen que se repite en la historia y que reconozco de otros contextos: alguien anuncia un incendio, vende el extintor y resulta que también vendió los cerillos. Sam Altman y Elon Musk llevan años advirtiendo que la inteligencia artificial barrerá empleos a escala masiva. Al mismo tiempo presentan el ingreso básico universal como la respuesta natural. Lo envuelven en lenguaje de urgencia humanitaria y preparación responsable. Mientras sus empresas acumulan valor récord y ejecutan recortes simultáneos.
Eso no parece filantropía tecnológica. Es una constante ya vista antes, solo que ahora con herramientas diferentes.
Los registros de este año muestran alrededor de ciento cuarenta y dos mil despidos en tecnología. En el mismo periodo, Meta, Amazon y Oracle destinan cerca de setecientos mil millones de dólares a infraestructura de IA. No se trata de crecimiento que luego exige ajuste. Sucede al unísono, con las mismas firmas autorizando ambas decisiones. Esa simultaneidad importa más que cada número por separado.
Los más golpeados no son los perfiles senior con redes o ahorros acumulados. Los desarrolladores menores de veintiséis años han perdido cerca de un veinte por ciento de su base laboral desde 2024. Entraron al mercado con la promesa de que aprender a programar era el seguro del futuro. Ahora enfrentan que la misma palanca puede reemplazarlos. Esto importa porque revela quién recibe primero el impacto en cada transformación: quienes tienen menos margen para resistir.
La inquietud laboral lo confirma. Del veintiocho por ciento de trabajadores que expresaban preocupación real por la IA en 2024 se pasó al cuarenta por ciento en 2026. En Davos, el FMI admitió algo poco habitual en ese foro: la mayoría de países y empresas no están preparados para esta transición. Cuando esa institución lo reconoce, vale la pena escuchar.
Aquí es donde el UBI entra como propuesta y donde los datos complican el relato optimista.
El metaanálisis del American Enterprise Institute publicado este año revisó los pilotos de ingreso básico disponibles. Las pruebas pequeñas, con menos de quinientos participantes, arrojan un efecto positivo de 0,8% en empleo. Las de más de quinientos participantes muestran un efecto negativo de -3,2%. No significa que el mecanismo nunca funcione. Muestra que al escalar, el comportamiento cambia. Y las promesas políticas siempre se plantean a escala.
El estudio más citado como prueba de que el UBI funciona —financiado por Altman a través de OpenResearch— terminó su fase de recolección en 2023. Los resultados se publican desde 2024. Lo que se presentó durante años como el experimento más grande en curso ya es un registro cerrado. Se puede analizar con distancia. No entrega las conclusiones que sus promotores necesitarían para justificar la implementación masiva que sugieren.
Esto conecta con algo que exploré antes sobre las distintas versiones históricas de la renta básica. Hay al menos cinco enfoques incompatibles que comparten el instrumento pero persiguen fines opuestos. Thomas Paine buscaba redistribuir la renta de la tierra. La versión libertaria de Milton Friedman pretendía desmantelar el Estado de bienestar y sustituirlo por un cheque. La que proponen Altman y Musk no transfiere poder productivo: entrega liquidez mientras consolida el dominio de la infraestructura. No es equivalente.
El vehículo cripto vinculado al ecosistema UBI-IA tampoco refuerza esa historia.
Worldcoin, el proyecto de Altman que prometía distribuir tokens a cambio de escanear iris, ha perdido casi el noventa y ocho por ciento desde su máximo. Nueve de cada diez tokens se concentran en alrededor de cien billeteras. En julio de este año llega un desbloqueo masivo que permitirá a inversores iniciales y al equipo fundador vender posiciones. La estructura se parece más a un mecanismo de extracción con lenguaje redistributivo que a una herramienta de reparto global de riqueza.
Vi en organizaciones cómo el discurso de transformación servía para justificar reestructuraciones que beneficiaban a los mismos de siempre. El vocabulario cambia. La tendencia de quién gana y quién pierde, menos. Eso recuerda al caso FTX, no por los detalles legales sino por la arquitectura retórica: lenguaje de altruismo efectivo, promesas de redistribución y primeros respaldos que incluían a Sam Bankman-Fried y Three Arrows Capital. Cuando el envoltorio de hacer el bien rodea una concentración extrema, la pregunta trasciende las intenciones personales. Tiene que ver con qué incentivos produce el diseño mismo.
El UBI como idea no es intrínsecamente malo. Algunas versiones históricas tenían una lógica redistributiva sólida. El problema radica en quién lo controla, cómo se financia y qué estructuras de poder deja intactas o refuerza.
Cuando el mismo ecosistema ejecuta los despidos, construye la infraestructura que los justifica, financia los experimentos que los miden y propone la compensación que los normaliza, surge una duda incómoda. ¿Estamos ante una respuesta al problema o ante el problema mismo con mejor marketing?