Medvi acaba de convertirse en la primera empresa unipersonal valuada en mil millones de dólares. Un solo fundador. Sin equipo. Con IA haciendo el trabajo que antes requería decenas de personas. Los titulares celebran esto como un triunfo de la eficiencia. Y técnicamente lo es. Pero surge una pregunta que pocos plantean abiertamente: ¿qué pasa con el trabajo que esa eficiencia eliminó?

No es una pregunta retórica. Es el desafío estructural de la próxima década.

Cuando una persona captura el valor que antes generaban cien, el problema no está en la tecnología. La IA opera tal como se diseñó. El verdadero reto es distributivo. La riqueza que se repartía entre analistas, diseñadores, desarrolladores, coordinadores y asistentes ahora se concentra en un solo punto. La IA no genera desigualdad. La acelera a un ritmo que ningún sistema político actual está preparado para manejar.

Lo notable es quiénes se ven desplazados primero. No los trabajadores manuales. Sino los analistas de datos, redactores, desarrolladores junior, contadores, asistentes legales. Esa clase media educada que dedicó años a forjar su identidad en torno al conocimiento como bien valioso. Invirtieron en universidades, certificaciones y especializaciones, asumiendo que el saber técnico ofrecía protección. Ese supuesto se desmorona.

La tendencia no es inédita, aunque su velocidad sí lo es. En la Revolución Industrial, los primeros afectados fueron artesanos calificados, tejedores que perfeccionaban su oficio durante años. Luego vinieron los obreros fabriles, y el sistema eventualmente creó nuevos empleos. Aquella transición duró generaciones y fue conflictiva. Esta reorganización se condensa en años, no décadas. Las instituciones destinadas a amortiguar el impacto —sistemas educativos, marcos laborales, redes de seguridad social— se concibieron para un mundo donde el cambio tecnológico permitía tiempo de adaptación.

Aquí entra un círculo vicioso previsible desde la teoría de sistemas. Menos empleados implican menos consumidores. Menos consumidores reducen la demanda. Menos demanda debilita las empresas viables. Una economía de fundadores millonarios sin base de consumo sólida es estructuralmente vulnerable, por muchos unicornios que genere. Cuando la concentración excede un umbral, la estructura se desestabiliza internamente. No requiere un colapso externo. Se erosiona por sí sola.

Frente a esto, se sugiere redirigir a la gente hacia carreras resistentes a la IA: plomeros, electricistas, enfermeras, roles de cuidado. Esos oficios son difíciles de automatizar, y en eso aciertan. Pero esta idea tiene un límite poco mencionado: no existe plomero sostenible en una economía sin clase media. El mercado de servicios físicos depende del poder adquisitivo amplio. Si ese poder se derrumba por la desaparición del empleo cognitivo, los trabajos manuales no sirven de refugio. Se convierten en la última etapa antes del mismo abismo.

Vale señalar que en la transición agraria europea del siglo XIX, los oficios manuales absorbieron mano de obra desplazada del campo, pero solo porque el comercio global expandió la demanda. Con la IA, esa expansión no está garantizada. La Renta Básica Universal emerge, entonces, como la propuesta más debatida: un pago incondicional del Estado que cubra lo esencial, sin importar si se trabaja o no. Los experimentos en Finlandia y Kenia resultan reveladores. Refutan el contraargumento principal: que la gente abandonaría el esfuerzo. Los datos indican lo contrario. Quienes recibieron ingreso básico buscaron empleo con mayor serenidad, emprendieron con menos temor y atendieron mejor su salud. No surgió desincentivo al trabajo. Emergió alivio del estrés crónico.

Financiarla plantea desafíos reales. En economías robustas, impuestos al capital y a la automatización podrían solventar parte. En México, las proyecciones sitúan la RBU entre el cuatro y el seis por ciento del PIB. Matemáticamente viable. Institucionalmente improbable. El nudo está en los incentivos políticos. Los actores con poder para redistribuir suelen beneficiarse de la inacción. La teoría de juegos lo ilustra con precisión: el equilibrio de Nash no siempre favorece al colectivo. A menudo lleva a resultados que nadie desea, pero que nadie altera porque ningún actor individual tiene incentivos para moverse primero.

Aquí diverge la RBU de lo que plantea el Manifiesto Ludista. La renta universal confía en que el Estado redistribuya lo que el mercado acumula. Una apuesta válida donde las instituciones son sólidas y transparentes. El Manifiesto propone otro camino: un modelo donde la contribución verificable otorgue acceso directo a recursos, sin mediación estatal. No se trata de caridad gestionada. Es una coordinación reestructurada desde la base. La distinción no es ideológica, sino de diseño. Una estructura atada a la voluntad estatal tiene un fallo único. Una donde la distribución forme parte de las reglas de juego evita esa dependencia.

Todo se complica con tensiones geopolíticas que rara vez aparecen en debates sobre IA y empleo. La capacidad de crecimiento de la inteligencia artificial requiere recursos tangibles: tierras raras, chips avanzados, centros de datos con consumo energético insostenible, computación cuántica que avanza más rápido que las regulaciones. Esos elementos los controlan pocos países. Cualquier financiamiento para soluciones distributivas depende de una economía global que estos recursos podrían desequilibrar. La transición energética ofrece un paralelo exacto: los minerales críticos para la economía verde reproducen dependencias que se pretendía superar. Con la IA ocurre lo mismo.

La empresa unipersonal valuada en mil millones no es el problema central. Es el síntoma más visible de una reestructuración laboral en marcha desde hace tiempo. Medvi hace tangible la brecha entre lo que la tecnología logra y lo que las instituciones gestionan. Aún no está claro cómo resolverlo en países con instituciones frágiles y economías informales dominantes. Lo que sí es claro: la pregunta clave no gira en torno a si la Renta Básica Universal es viable. Es si las instituciones encargadas de aplicarla tienen los incentivos adecuados. Y si no los tienen, urge diseñar estructuras que no dependan de esa voluntad.

Las piedras no mienten, pero los historiadores a veces sí.


Fuentes:

1. Experimento de Renta Básica Universal de Finlandia (2017-2018) — Kela (Instituto de Seguridad Social de Finlandia)

2. GiveDirectly — Resultados del programa de transferencias directas en Kenia (2016-2023)

3. Nash, J. (1950). "Equilibrium Points in N-Person Games" — Proceedings of the National Academy of Sciences

4. World Bank — Informes sobre concentración de riqueza e impacto de automatización en mercados laborales emergentes (2022-2024)

5. IEA — Critical Minerals and the Clean Energy Transition (2023)