Donald Trump publicó en Truth Social que Xi Jinping coincidió con él. "Artificial Intelligence" debería llamarse "Super Intelligence" porque describe mejor lo que realmente es. La conversación ocurrió durante una reunión en la Casa Blanca en el marco de la visita de tres días de Xi a Estados Unidos. Fue el segundo encuentro entre ambos líderes en menos de seis meses. La declaración tiene ese tono de anécdota que después se vuelve política de Estado.

Cambiar la etiqueta es un ejercicio de poder porque reescribe la percepción sin tocar la mecánica: renombrar la inteligencia artificial como super inteligencia altera cómo se ve el fenómeno sin modificar ni un byte del código subyacente. Es como cuando la corrección política impide llamar a las cosas por su nombre. Con el tiempo esas cosas dejan de representar lo que son, con todas sus características reales. Un ajuste semántico no altera un solo parámetro de ningún modelo. No modifica cómo se entrena, qué datos consume ni quién posee los servidores. Modifica, sí, la forma en que la gente la percibe. Y es ahí donde reside el poder.

Este tipo de maniobras resulta familiar para quienes seguimos la disputa por el vocabulario tecnológico. Jensen Huang, de Nvidia, redefinió recientemente AGI. Lo convirtió de hito cognitivo en generador de valor económico, moviendo la meta según convenía a sus intereses. Trump y Xi hacen algo paralelo pero a escala de naciones. Si "Artificial" suena a herramienta limitada y "Super" evoca fuerza inevitable, entonces la conversación pública deja de ser sobre regulación. Se convierte en rendición ante lo que viene.

¿Por qué pesa tanto el nombre que asignamos a una tecnología? El lenguaje funciona como interfaz entre el poder y la percepción pública. Renombrar un proyecto fallido, de reestructuración a optimización o de recorte a eficiencia, no arregla el problema original. Cambia quién puede cuestionar la decisión y con qué palabras. Con la IA ocurre lo mismo. Solo que la escala es planetaria y los actores son presidentes en lugar de gerentes.

¿Qué ganan exactamente con este cambio de etiqueta? Xi no se limitó a la nomenclatura. Pidió diálogo continuo entre Estados Unidos y China para gestionar riesgos y beneficios de la IA. Insistió en que debe permanecer bajo manejo humano. También presionó a Trump para que Estados Unidos se oponga a la independencia de Taiwán y habló de que cada nación aproveche sus fortalezas para el desarrollo conjunto. Todo esto siguió a una cena con ejecutivos tecnológicos. Eso revela quiénes realmente ocupaban los asientos aunque no aparezcan en la foto oficial.

Las decisiones reales sobre regulación de la IA siguen ocurriendo en cuartos cerrados. Mientras el lenguaje público se centra en si el nombre suena más preciso o más poderoso, se negocian aranceles, semiconductores, control de exportaciones y el futuro de Taiwán. La etiqueta es la cortina. Detrás se mueven los intereses que sí tienen consecuencias materiales.

Aunque no soy historiador de oficio, los registros de las revoluciones estadounidense y francesa muestran el mismo manual. Usaron retórica de liberación para justificar nuevas formas de dominio y hablaron de derechos mientras protegían privilegios. En The Generosity in the Doorway se traza cómo ese enfoque se reutilizó después en la Revolución Industrial. La extracción se vendió como progreso y el manejo se disfrazó de libertad. Llamar super inteligencia a lo que era inteligencia artificial sigue esa tendencia. La palabra nueva suena a avance. La estructura de poder, quién posee los modelos, quién decide su uso militar, quién se beneficia de la escasez de chips, permanece idéntica.

Trump necesita que suene inevitable para justificar inversión masiva y desregulación acelerada. Competir con China exige urgencia. Xi obtiene algo distinto. Al introducir la idea de manejo humano en el vocabulario oficial estadounidense coloca a Beijing como moderador razonable frente a un Occidente que según esa versión corre sin frenos. Ambos usan la misma etiqueta para agendas opuestas. No es contradicción. Es el uso normal del lenguaje cuando este se vuelve arma.

Los ingenieros que entrenan estos sistemas quedan fuera. También los trabajadores cuyos empleos dependen de cómo se regule su despliegue y los ciudadanos de ambos países. Ninguno votó por este acuerdo semántico ni fue consultado. La pregunta de quién escribe las reglas de la IA reaparece aquí con fuerza. Mientras el debate público se concentra en nomenclatura, las empresas y gobiernos que construyen y financian los sistemas siguen definiendo las normas reales sin supervisión efectiva.

Este hábito de renombrar para blindar del escrutinio no es exclusivo de la IA. En Francia, cuando la censura digital perdió legitimidad, el gobierno no la eliminó. La rebautizó como combate al odio en línea y la subcontrató a organizaciones que parecen independientes pero dependen de fondos estatales. Trump y Xi aplicaron la misma receta a escala bilateral. Probablemente ninguno lo piensa como manipulación deliberada. El poder siempre ha operado así con las palabras.

Todavía no tengo claro qué tanto de esto se traduce en política concreta y qué tanto es teatro diplomático. Es posible que en unos meses nadie recuerde el episodio de super inteligencia y que la etiqueta técnica siga siendo la misma en los documentos regulatorios serios. También es posible que esta versión se filtre a discursos, legislación y a cómo se justifican las próximas inversiones en infraestructura de cómputo. La ambigüedad no es un defecto del análisis. Refleja cuánto de la política internacional se decide en reuniones que nunca vemos completas.

Deberíamos sospechar cada vez que un cambio de nombre llega acompañado de silencio sobre la estructura de poder subyacente. Si super inteligencia indicara realmente una arquitectura nueva o una capacidad cualitativamente distinta, tendría lógica técnica. No fue el caso en esa reunión. Se discutió percepción, Taiwán y equilibrios bilaterales. El nombre cambió porque encajaba en la conversación política del momento, no porque la tecnología hubiera cambiado de naturaleza.

¿Quién decide en última instancia si esta super inteligencia termina sirviendo al ser humano o simplemente concentra más poder en las mismas manos que ya lo ostentan?