Houlin Zhao, ex secretario general de la Unión Internacional de Telecomunicaciones, subió a un escenario y dijo algo que años atrás hubiera sonado improbable en un foro institucional. La inteligencia artificial debería tratarse como un recurso compartido de la humanidad, no como propiedad privada de quien dispone del capital para entrenarla. Así surgió AI Commons, un marco impulsado por la ITU junto a organizaciones humanitarias. Su promesa declarada es democratizar el acceso a datos y cómputo para quienes han quedado al margen de la IA de frontera.
AI Commons es un intento de aplicar la lógica de los bienes comunes a un recurso que hoy está concentrado en pocas empresas y dos gobiernos, porque busca extender el acceso más allá de quienes pueden pagar la infraestructura de frontera. Eso es lo que es: una apuesta por declarar compartido algo que el mercado ya trató como privado. Lo que cuenta es si el diseño técnico y las reglas de gobernanza logran sostener esa intención cuando el capital, los estados y la infraestructura empujan en sentido contrario.
Merece la pena detenerse aquí. La palabra commons trae un peso histórico concreto que rara vez se menciona en lanzamientos institucionales. Los comunes ingleses del siglo XVI no eran tierra sin dueño. Comunidades campesinas los gestionaban con reglas específicas sobre pastoreo y temporadas. Funcionaron por siglos. Lo que los destruyó fue la nobleza y sus leyes de cercamiento. Tierra comunal se volvió propiedad privada. Familias fueron expulsadas. Las cooperativas de agua españolas resistieron mejor. Construyeron exclusión y vigilancia comunitaria que los cercamientos nunca respetaron.
Elinor Ostrom dedicó décadas a estudiar por qué algunos comunes perduran y otros colapsan o son capturados. No defendía lo comunitario por romanticismo. Analizó casos concretos y extrajo ocho condiciones de diseño: límites claros sobre quién participa, reglas adaptadas al lugar, decisiones colectivas, monitoreo mutuo, sanciones que empiezan leves, resolución de conflictos al alcance, derecho a organizarse, coordinación entre niveles cuando el tamaño crece. Un checklist duro, nada más.
¿Cumple AI Commons con esas condiciones? Los comunicados suenan optimistas. La información pública disponible deja lagunas grandes. No está claro quién aprueba el acceso al cómputo. No aparecen reglas de exclusión para quien intente apropiarse de valor desde dentro. Tampoco procesos de sanción ni foros para resolver disputas. Existe una declaración de principios y algunos pilotos humanitarios. Sirve como punto de partida. Es precisamente el tipo de ambigüedad que Ostrom asociaba con alto riesgo de captura.
La ITU elige este lenguaje ahora por razones institucionales bastante directas. La ONU y sus agencias han perdido terreno frente a las grandes tecnológicas en las conversaciones sobre regulación. Estados Unidos y China avanzan cada uno con su versión de dominio estatal sobre modelos de frontera. Frente a esa convergencia, la ITU gana si logra presentarse como árbitro de un tercer camino. Eso no anula la propuesta. Explica por qué la retórica de bien público convive con el objetivo de recuperar asiento en las mesas que importan.
Al mismo tiempo gobiernos construyen infraestructura de IA soberana. Buscan reducir dependencia de las nubes corporativas. Francia, India y otros exploran cómputo nacional bajo lógica de soberanía digital. Es un movimiento hacia adentro. Casi lo opuesto a un common global. Si los mismos actores que podrían legitimar AI Commons levantan sus propios cercos, la tensión ya no es teórica.
El riesgo de un nuevo cercamiento sigue una lógica sencilla. Participar de verdad requiere cómputo además de datos. Y el cómputo de frontera cuesta sumas que solo unos pocos pueden asumir. Gobiernos, grandes nubes, quizás consorcios académicos excepcionales. Si AI Commons termina operando sobre hardware donado o rentado por Microsoft, Google, Amazon o Nvidia, la descentralización se vuelve retórica. La arquitectura sigue centralizada. He visto en sistemas distribuidos cómo quien controla los nodos termina definiendo las reglas sin importar los estatutos. Datos generados de forma distribuida. Cómputo que se acumula en pocos centros. El viejo patrón.
Esto conecta directamente con lo explorado en The Generosity in the Doorway. El mismo actor que construye la infraestructura suele acabar administrando su propio remedio. No requiere mala fe particular. Basta que el diseño deje la puerta abierta desde el principio. Los comunes que sobreviven no se sostienen con buenas intenciones. Requieren monitoreo efectivo y sanciones creíbles. La buena voluntad de Zhao y los líderes humanitarios no garantiza nada si no hay rendición de cuentas obligatoria cuando alguien intente apropiarse del sistema.
Todavía es temprano para saber si AI Commons escapará al destino histórico de los cercamientos. Hay aspectos que no están claros. Quién tendría poder real de veto, quién paga el cómputo físico y qué ocurre el día que un gobierno grande decida que su interés nacional no coincide con el del common global. Esas preguntas siguen sin respuestas bonitas. Tenerlas presentes marca la diferencia entre un comunal genuino y otra versión actualizada del mismo cercamiento de siempre.
¿Quién controlará realmente las llaves cuando surjan los primeros conflictos serios?