El artículo anterior trazó una línea recta: Paine → Friedman → Nixon → King → Yang → Musk/Altman. Doscientos treinta años, cinco versiones distintas de la misma apuesta, todas usando el dinero como mecanismo de respuesta. Hay otra línea. Tiene la misma antigüedad, mucha menos prensa, y empieza antes que Paine.

Empieza en Michoacán.

Vasco de Quiroga era abogado de formación, obispo de vocación tardía y lector serio de Tomás Moro. Cuando la Utopía llegó a sus manos, publicada en 1516 y circulando poco después en la Nueva España, no la leyó como literatura. La leyó como plano. En 1532 fundó el hospital-pueblo de Santa Fe en Tacuba; al año siguiente, otro en Michoacán. Propiedad colectiva de la tierra, rotación de cargos, jornada de seis horas, prohibición del lujo. Esas comunidades funcionaron durante decenas de años. El primer experimento post-monetario serio del mundo moderno ocurrió en lo que hoy es México, dos siglos y medio antes de las propuestas de Saint-Simon. Desde aquí, en esta lengua y a esta distancia, esa ausencia en las genealogías escritas en inglés y francés tiene un peso particular.

La línea europea del siglo diecinueve llegó después, mejor documentada y con resultados más frágiles. Henri de Saint-Simon propuso entre 1821 y 1825 reemplazar a los políticos por ingenieros y científicos: la sociedad organizada por mérito técnico en vez de capital. Charles Fourier diseñó desde Lyon el phalanstère, una comunidad de exactamente mil seiscientas veinte personas donde el trabajo se elige por afinidad y no por necesidad económica. Robert Owen demostró en New Lanark que reducir la jornada y educar a los obreros aumentaba la productividad; luego invirtió toda su fortuna en New Harmony, Indiana, y la perdió. Tres pensadores rigurosos, ninguno excéntrico, todos con planos técnicos detallados. Ninguno resistió la prueba de la escala.

La excepción que duró más fue el kibbutz. Degania, Palestina, 1909: propiedad colectiva, sin salario, decisiones por asamblea, hijos criados en común. El movimiento alcanzó doscientas setenta comunidades y alrededor de ciento cuarenta mil miembros. A partir de los años ochenta llegó la crisis: los fundadores envejecieron, los jóvenes se marcharon, la inflación israelí desequilibró las cuentas. Entre 1998 y 2007 el ochenta por ciento de los kibbutzim se privatizó formalmente. El experimento más largo de esta tradición duró tres generaciones antes de que sus propios hijos lo desmontaran desde dentro. Hay una nota incómoda que conviene retener: la tierra del primer kibbutz fue comprada bajo mandato otomano, después británico. La cooperación interna nunca resolvió la cuestión del afuera.

Jacque Fresco nació en Brooklyn en 1916 y murió en 2017 a los ciento un años. Ingeniero sin título formal, formado diseñando aviones en Lockheed durante los años cuarenta, decidió en su juventud que el problema central era el dinero mismo. Pasó décadas escribiendo, dibujando, dando conferencias y acumulando rechazos universitarios. En 1980 compró veintiún acres en Venus, Florida, y comenzó a construir la alternativa física. La llamó Economía Basada en Recursos: asignación de recursos por cómputo directo de necesidades y disponibilidad, sin dinero, sin precios, sin mercados. Publicó The Best That Money Can't Buy en 2002. Su socia Roxanne Meadows continuó el trabajo. Nunca llegó a implementarse a escala.

Lo que hace interesante a Fresco no es la utopía, hay muchas, sino la respuesta directa que ofrece a una pregunta que casi nadie formula con esa crudeza: si el dinero deja de coordinar, qué coordina. Su respuesta fueron las computadoras. Dudaba que en la última parte del siglo veinte las personas jugaran algún rol significativo en las decisiones; eventualmente, sistemas de inteligencia artificial gestionarían todos los recursos para el bien común. Roxanne Meadows lo explicitó en una entrevista de 2017: el rol de la política sería superado por sistemas de ingeniería. Fresco resolvió la dependencia del recipiente respecto a quien produce el desplazamiento, el defecto central del UBI corporativo, entregando la palanca al algoritmo. Cambió quién decide por quién paga. Ese desplazamiento no es un detalle de diseño. Es el problema mismo.

Biosphere 2, Arizona, 1991. La prueba empírica más controlada que existe sobre coordinación post-monetaria a escala reducida. Ocho personas, cuatro hombres y cuatro mujeres, edades entre veintinueve y sesenta y siete años, selladas dos años exactos en una estructura de 1.27 hectáreas con financiamiento privado de entre ciento cincuenta y doscientos millones de dólares. Recursos garantizados, selección cuidadosa, duración conocida. Tres datos que hay que sostener juntos: el oxígeno cayó del veintiuno por ciento al 14.2 por ciento, equivalente a vivir a más de cuatro mil metros de altura, hasta que fue necesario bombear aire externo. Los hombres perdieron el dieciséis por ciento de su peso corporal y las mujeres el once por ciento en los primeros seis meses por insuficiencia de alimento. El grupo se fracturó en dos facciones de cuatro personas; durante los últimos catorce meses sus miembros no se hablaron ni hicieron contacto visual salvo cuando era estrictamente necesario. Décadas después, varios siguen sin dirigirse la palabra. Si la coordinación post-monetaria a escala ocho produce esto, la pregunta sobre escalas mayores deja de ser teórica.

Kurt Vonnegut publicó Player Piano en 1952, el mismo año en que Fresco refinaba sus ideas en Florida. En esa primera novela, una supercomputadora llamada EPICAC asigna trabajos, bienes y vidas. Los humanos desplazados reciben ingreso garantizado y se convierten en los Reeks and Wrecks, realizando tareas públicas sin sentido. Paul Proteus, ingeniero del sistema, termina rebelándose. La ficción diagnosticó el vacío treinta años antes de que el diseño técnico lo reprodujera con exactitud. No parece casualidad. Es señal de que la pregunta sobre qué hace el humano cuando ya no es necesario no tiene respuesta puramente técnica.

Esta segunda genealogía revela algo que la primera oculta. El UBI promete dinero a cambio del retiro del trabajo. La economía basada en recursos promete recursos sin dinero ni trabajo. Ambas suponen que el problema es de distribución. Ninguna pregunta qué ocurre con el humano cuando deja de ser necesario. Un estudio de 1933 lo respondió de forma empírica, y la respuesta no fue ocio liberador. Eso viene en el siguiente artículo.

Si la primera línea termina en quién paga, la segunda termina en quién escribe el algoritmo que decide quién recibe qué. Son la misma pregunta con ropa distinta. La palanca permanece intacta. El Manifiesto Ludista rechaza entregarla al cómputo y propone comités rotatorios humanos. Ninguna de las tres respuestas es cómoda.

¿Qué estructura de coordinación no concentra la palanca en algún lugar concreto?