Hay un momento del programa en el que me oigo contradecirme, y no fue un desliz. Acababa de decir que soy ferviente defensor del individualismo, que cada quien tiene que perseguir su libertad. Un minuto después estaba describiendo Singapur como el único mecanismo que identifico para que una persona se haga consciente de cómo afecta a los demás y a su entorno. Fernando Ábrego le puso nombre en una palabra, punitivamente. Y le dije que sí, que no me gusta, y que es la única forma que veo posible de lograrlo.
Esa frase es lo mejor que dije en ocho minutos, y no porque suene bien. Cuestionar el sistema que te cae mal no cuesta nada, cualquiera desmonta el que ya venía dispuesto a desmontar. Lo caro es aplicarle el mismo rigor al que uno defiende, y ahí se cae casi todo lo que se escribe en este género, lo mío incluido si me descuido.
¿Por qué un defensor del individualismo termina proponiendo reglas?
Porque la libertad que defiendo no se reparte igual, y a esa frase llegué corrigiéndome en voz alta. Dije que el individualismo parte de que todos somos iguales, me oí decirlo y me eché para atrás dentro de la misma frase. No somos iguales. Lo que tenemos son derechos iguales, que es otra cosa y es la única que se sostiene. Fernando Ábrego recogió la distinción y le puso el filo que le faltaba, porque una cosa es tener el derecho y otra poder ejercerlo, y la manera en que tú ejerces los tuyos no es la del chavo que vende chicles en una esquina. La realidad material es distinta.
Fernanda Tapia remató que esa situación no debería existir, y le contesté que no me parece correcta, sin matices ni contexto que pedir. Ahí se acabó el punto y quedó sin decir dónde discrepo, que no es en el diagnóstico. Es en el mecanismo, y el libro entero vive en esa distancia.
Un sistema que proclama libertades y se desentiende de esa diferencia no está siendo neutral, ya eligió ganador y hace como que no. Y el sistema que promete corregir la diferencia concentrando el poder de corregirla también elige ganador, casi siempre al que administra la corrección. Las dos versiones tienen su literatura, sus héroes y sus ruinas, y en el libro las dos están medidas con la misma vara.
De ahí sale el problema que el libro no resuelve del todo. Si quieres que la gente internalice las consecuencias de lo que hace, alguien tiene que enseñárselo, y enseñar implica alguna forma de corrección. Lo comparé con la relación entre un padre y sus hijos, y añadí algo que en el aire quedó de paso pero sostiene el argumento entero, nuestro entorno nos manipula todo el tiempo y nuestros padres nos manipularon buscando nuestro bien. La pregunta incómoda no es si hay manipulación. Es quién decide hacia dónde.
Lo que no me dio tiempo de explicar es la parte que a mí me quita el sueño. Singapur consiguió esa internalización concentrando la autoridad en muy pocas manos, y funcionó. Dos generaciones después, la gente cumple reglas que ya casi nadie tiene que hacer cumplir. El precio fue una autoridad humana permanente, y ahí es donde el Manifiesto Ludista intenta separarse, buscando la misma internalización con retroalimentación auditable y sin que nadie se quede a vivir en el asiento del que decide. No sé si es posible. Es una de las cosas que el libro declara sin resolver, y por eso está escrito como hipótesis a probar.
¿Qué funcionó en Göbekli Tepe y qué se rompió después?
Estábamos en Roma y fui yo el que tiró de la conversación hacia atrás, mucho más atrás. Göbekli Tepe es un conjunto monumental en una colina del sureste de Turquía, cerca de Şanlıurfa, levantado por cazadores recolectores hace más de once mil años. Se le confunde a menudo con las ciudades subterráneas de Capadocia y no tiene nada que ver, está en lo alto y a cielo abierto. Ahí no aparecen indicios de autoridad centralizada ni enterramientos que distingan a una élite. Eso no prueba que no hubiera jefes, prueba que si los hubo no dejaron el rastro que los jefes suelen dejar. Y aun así aquella gente coordinó una obra enorme y subsistió durante milenios.
La bisagra la conté casi como una escena. En algún momento alguien miró un puñado de semillas y pensó que en lugar de comérselas podía sembrarlas, quedarse ahí y cuidarlas. Y si las cuida, no va a dejar que el de enfrente venga a comérselas. Ese es el instante. No hay fecha ni documento, pero ahí nace la propiedad, y con ella todo lo demás.
De Roma, que fue lo otro que salió, lo que sobrevive no es la democracia. La democracia es griega. Lo romano es la república, la idea de repartir el poder en instituciones que se vigilan entre sí, y esa sí atraviesa el tiempo y sigue operando en sitios que jamás oyeron hablar del Senado.
¿Y cuál de todos los sistemas funcionó?
Ninguno, y todos. Es la respuesta que di y suena a evasiva hasta que uno mira los casos. En cada sociedad que estudié hay cosas que funcionaron y cosas que no, y el trabajo consiste en separarlas en vez de comprar el paquete completo. Los casos del libro van del imperio a la comuna y del mercado a la economía planificada, y ninguno sale limpio, tampoco los que me caen bien.
Lo que sí sostengo entero es lo otro que dije ahí. Ningún sistema va a ser eterno. Todo va a caer. Cualquier propuesta que prometa permanencia se está contradiciendo sola, y la pregunta útil es qué tan bien funciona mientras dura y qué deja cuando termina.
Eso vale también para las alternativas que el libro admira. Cherán lo puso Fernanda Tapia sobre la mesa como un caso que sí funciona, y no entré ahí porque venía contado de la semana pasada en otra entrevista. Quien quiera el estado real de ese experimento y de los otros tres lo tiene en la entrada anterior.
Y una aclaración que en televisión no cabe. Nada de esto está pensado para un país. El problema no es mexicano, lleva doce mil años dando el mismo resultado bajo banderas distintas, y la propuesta se dirige a cualquiera que tenga que organizarse con otros, en el sitio que sea.
Fernanda Tapia cerró preguntando qué estoy preparando y no alcancé a contestar, así que lo dejo aquí. Viene la edición en inglés de Las Piedras No Mienten, prevista para noviembre, y una segunda edición en español que corrige lo que la lectura profesional del inglés fue destapando en el original. Nada de eso es un libro sobre inteligencia artificial. El que sí toca ese terreno ya está publicado, es La Generosidad en el Umbral, y va sobre qué pasa cuando el trabajo deja de repartir lo que repartía.
El libro está en Kindle. Y si prefieres probar la voz antes de comprar nada, el Cuaderno I sobre Göbekli Tepe es gratuito y trata justo lo que salió en la entrevista.