China confía en la inteligencia artificial más que casi cualquier otro país medido. Alemania cada vez cree menos. El optimismo sobre la IA es una lectura de la posición económica propia porque refleja cuánto espera ganar cada quien con la tecnología. La interpretación fácil sostiene que los alemanes son prudentes y los chinos ingenuos. O que la riqueza vuelve cautelosos a unos y la necesidad optimistas a los demás. Esa lectura es cómoda. También es incorrecta.
El Ipsos AI Monitor 2026, quinta edición del estudio, encuestó a veintitrés mil quinientos treinta y dos adultos en treinta y dos países entre marzo y abril. Asia lidera el optimismo, con China a la cabeza. Europa Occidental y Estados Unidos se muestran marcadamente más cautelosos. En diecisiete de los veintiocho países medidos ambos años la gente es ahora menos propensa a pensar que la IA trae más beneficios que inconvenientes. El entusiasmo cayó ocho puntos en Alemania, ocho en Gran Bretaña, siete en Francia y cinco en Estados Unidos.
La versión que ya circula en columnas y paneles resulta atractiva porque encaja con la intuición. Entre más recursos tiene un país, más desconfía de la tecnología que promete transformar su economía. Los ricos tienen algo que perder. Los demás no. Cautela sería entonces sabiduría acumulada por sociedades que ya vivieron una revolución industrial. Experiencia concreta.
Alemania vivió la automatización de su industria manufacturera y sabe el costo en empleos. Francia tiene un aparato de protección social que la IA amenaza con volver obsoleto. Gran Bretaña pasó por su propia versión de transformación tecnológica con la desindustrialización de los años ochenta. Son sociedades con instituciones consolidadas, sindicatos con memoria histórica y cierta alergia aprendida a las promesas que después dejan comunidades varadas. Su cautela nace de la experiencia, no de la ignorancia.
El propio Ipsos, en su edición de 2025, detectó algo más preciso que la riqueza como variable. Los países más entusiastas tienden a ser los que más creen que la IA beneficiará su propia economía. No es correlación con el PIB per cápita. La correlación está en la expectativa de beneficio propio. Y ahí el argumento fácil empieza a desarmarse. Riqueza y expectativa de beneficio no son lo mismo. Confundirlas es el error central de casi toda esta conversación.
Esta distinción importa porque cambia a quién hay que mirar. Si la variable fuera solo la riqueza, esperaríamos que todos los países ricos desconfiaran por igual. No ocurre. Singapur es rico y figura entre los más entusiastas. Corea del Sur, economía desarrollada, matiza su optimismo más que Indonesia. ¿Por qué? La variable no es cuánto dinero tiene un país. Es si su población cree que la próxima ola la beneficiará a ella o a otro.
En países donde el trabajo ya está organizado alrededor de instituciones consolidadas, sindicatos con historia, sistemas de pensiones maduros, la IA se percibe como amenaza a algo que existe y funciona, aunque sea imperfectamente. En economías donde una parte enorme de la población trabaja fuera de esa arquitectura formal, la IA no amenaza nada que ya tengan. Puede ser, en cambio, la vía de acceso a algo que nunca tuvieron. En The Generosity in the Doorway desarrollo esta misma tensión desde México. Cerca del 55 % de la fuerza laboral trabaja en la economía informal. Cualquier promesa tecnológica de ingreso o eficiencia llega a un país donde la mitad de la población ni siquiera está registrada en los sistemas que administrarían ese beneficio. La pregunta no es si la IA ayuda o perjudica en abstracto. Es a quién encuentra ya protegido y a quién encuentra descubierto.
Hay otra pieza que casi nadie cruza con la primera. El Digital News Report 2026 registra la confianza en noticias más baja desde que empezó a medirse en 2015, apenas 37 % global. La gente forma su opinión sobre una tecnología opaca, que ni sus creadores explican con claridad, a través de un sistema informativo en el que tampoco confía. No evalúa con datos limpios. Evalúa a través de medios, influencers y cadenas de reenvío en los que ya desconfía de entrada. Doble opacidad que se disfraza de opinión informada.
El propio Ipsos encontró que 46 % de los encuestados confiaría menos en una IA generativa si supiera que sus respuestas están influidas por anunciantes, con mayoría en quince de los mercados medidos. La gente sospecha, con razón, que las respuestas de un chatbot podrían estar coloreadas por quien paga. Lo mismo aplica a las respuestas que recibe de la prensa sobre qué tan segura o peligrosa es esa tecnología. Hay dinero detrás de ambas versiones, la que vende precaución para justificar restricciones y la que vende optimismo para justificar inversión. Las declaraciones internacionales de seguridad no llegaron acompañadas de mecanismos vinculantes. Ese patrón beneficia exactamente a quienes más recursos tienen para producir ese discurso.
Lo que falta en la conversación pública es reconocer que la versión sobre la IA no es una lectura neutral de una tecnología. Es un instrumento de política económica. Si el entusiasmo depende de cuánto espera ganar quien responde, entonces convencer a una población de que la IA es amenaza o de que es oportunidad tiene valor estratégico. Quienes más recursos tienen para financiar estudios, columnas, campañas y foros son casi siempre los mismos que más ganan con una versión específica. No es coincidencia que la carta firmada por empleados de laboratorios pidiendo herramientas de desaceleración provenga de las mismas empresas que compiten por llegar primero a la frontera que dicen querer frenar.
No hay virtud automática en la cautela alemana ni ingenuidad automática en el optimismo chino. Ambas posturas son respuestas racionales a posiciones económicas distintas. Un trabajador surcoreano que ve la IA amenazar un empleo estable está leyendo correctamente su exposición. Un joven en Indonesia que ve en la IA una vía de acceso a mercados globales que antes le eran ajenos también está leyendo correctamente su propia falta de exposición a lo que teme perder. Ninguno evalúa la tecnología en sí misma. Evalúan su posición frente a ella, con la información imperfecta que tienen, a través de medios en los que, según su propio testimonio, confían menos que nunca.
El dato que contradice la intuición inicial es este. El país donde más cayó el entusiasmo entre 2025 y 2026 no es el más pobre ni el más golpeado por la automatización. Es Alemania. Y el país donde ese optimismo se sostiene con más fuerza no es el más rico de Asia. Es China. Si la riqueza explicara la desconfianza, ambos casos estarían invertidos. ¿Qué posición ocupamos nosotros en esta ecuación?
Fuentes:
1. Ipsos AI Monitor 2026 (quinta edición), junio 2026
2. Ipsos AI Monitor 2025
3. Digital News Report 2026, Reuters Institute for the Study of Journalism