Una máquina de bronce con columnas de ranuras verticales recibía tablillas de marfil con nombres grabados de ciudadanos atenienses. Una palanca liberaba bolas negras y blancas que caían por un tubo lateral y el azar decidía quién gobernaría la ciudad ese año. No era un juego. El kleroterion constituyó el corazón del gobierno ateniense durante casi dos siglos.

Lo más llamativo no es su sofisticación mecánica sino la convicción filosófica que lo sostenía. Los atenienses conocían las elecciones. Las empleaban para cargos militares específicos porque entendían que el talento estratégico no se distribuye al azar. Para gobernar la ciudad y sentarse en la Boulé de quinientos miembros que preparaba la agenda pública preferían el sorteo. El argumento era claro y contundente: la elección por voto siempre favorece a los ricos, a los elocuentes y a quienes ya disponen de redes de poder. El sorteo interrumpe ese ciclo.

Hace más de dos mil años esa ciudad decidió que la democracia real requería interrumpir la reproducción del privilegio. Luego lo olvidamos casi por completo.

No es difícil entender por qué ese olvido resultó conveniente. Las democracias representativas modernas construyeron la elección como sinónimo de legitimidad. El voto se convirtió en el ritual central de la soberanía popular. Los números actuales revelan con incomodidad creciente que los parlamentos electos no se parecen a las poblaciones que representan. Parecen clubes. En la mayoría de los países con democracias consolidadas los legisladores tienden a ser más ricos, más educados, más hombres y más blancos que la sociedad que dicen representar. No es un accidente. Es una consecuencia estructural del modelo.

Las elecciones tienen costos. Candidaturas, campañas, visibilidad mediática. Quien no puede financiar esos costos, o no pertenece a las redes que los sostienen, simplemente no compite. La teoría de juegos llama a esto captura de élites: cuando los incentivos favorecen de forma consistente a un grupo, ese grupo termina dominando el proceso. No por conspiración sino por acumulación de ventajas. Los procesos de selección formal tienden a producir siempre el mismo tipo de persona y la misma clase de decisión.

El resultado es desconfianza institucional en aumento, abstención electoral que sube y la sensación extendida de que los parlamentos hablan un idioma ajeno al de la mayoría.

Aquí el dato sorprende. Desde la primera Asamblea Ciudadana de Irlanda en dos mil dieciséis se han documentado más de setecientos procesos deliberativos basados en sorteo ciudadano en distintos países. No son experimentos marginales ni propuestas académicas. Son procesos reales con ciudadanos reales tomando decisiones que los parlamentos electos habían evitado durante años.

El caso irlandés es el más citado porque sus resultados son difíciles de ignorar. Una asamblea de noventa y nueve ciudadanos seleccionados por sorteo, diseñada para reflejar la diversidad demográfica del país, deliberó durante meses sobre temas que el parlamento electo había esquivado sistemáticamente: el matrimonio entre personas del mismo sexo y el acceso al aborto. La asamblea recomendó cambios. Esos cambios se llevaron a referéndum. Irlanda los aprobó. El parlamento que había bloqueado esas decisiones durante años no fue necesario para tomarlas.

En Bélgica el parlamento de la región de Ostbelgien integró de forma permanente una cámara ciudadana sorticionada a su estructura de gobierno. No como consulta opcional sino como componente institucional. En Francia la Convención Ciudadana por el Clima de dos mil diecinueve a dos mil veinte produjo ciento cuarenta y nueve propuestas concretas de política ambiental, varias de las cuales se incorporaron a legislación nacional. En América Latina el proceso chileno de nueva constitución incluyó formas de participación ciudadana que, aunque no fueron sorteo puro, recuperaban la lógica de que la representación no puede ser solo electoral.

La conexión con el presupuesto participativo iniciado en Porto Alegre en los años noventa no es casual. Esa tradición latinoamericana de involucrar ciudadanos directamente en decisiones de gasto público fue, en muchos sentidos, un laboratorio de lo que hoy se ensaya a mayor escala.

El kleroterion ateniense tuvo un paralelo renacentista que pocos recuerdan. Florencia usó durante generaciones un sistema llamado imborsazione: nombres de ciudadanos elegibles se guardaban en bolsas de cuero y los cargos se llenaban extrayendo nombres al azar. Los Médici, cuando consolidaron su poder, no abolieron el sistema de inmediato. Lo manipularon por dentro controlando qué nombres entraban en las bolsas. La lección histórica no es que el sorteo sea perfecto. Es que quienes detentan poder siempre encuentran la manera de capturar los procesos que los amenazan.

Cualquier propuesta honesta de democracia por sorteo tiene que enfrentar esa vulnerabilidad. Quién define el universo de ciudadanos elegibles, quién diseña el proceso de selección, quién facilita las deliberaciones. Si esas decisiones quedan en manos de los mismos actores que el sorteo pretende desplazar, el resultado puede ser solo una apariencia de participación que legitima decisiones ya tomadas.

En el muestreo estadístico un sorteo aleatorio solo es representativo si el marco es completo y libre de sesgo. Si la lista de donde se extraen los nombres excluye sistemáticamente a ciertos grupos, la aleatoriedad no salva nada. El sorteo democrático enfrenta el mismo problema técnico. La calidad del proceso depende de la calidad del padrón y de la independencia de quien lo administra.

La tecnología podría ayudar, aunque con cautela. Hay investigadores que llevan años explorando cómo algoritmos de muestreo estratificado podrían garantizar que una asamblea ciudadana refleje con precisión la composición demográfica de una sociedad, no solo en género y edad sino en geografía, nivel educativo, situación económica y origen étnico. Un sorteo bien diseñado computacionalmente podría producir una cámara más representativa que cualquier elección.

También hay experimentos en curso con herramientas de facilitación asistida por inteligencia artificial para asambleas multilingües que permitirían deliberaciones simultáneas en múltiples idiomas sin perder matices. La escala nacional, que siempre fue el argumento contra el sorteo, empieza a verse como un problema técnico resoluble en lugar de un límite conceptual.

Pero los riesgos de manipulación algorítmica son reales. Un sistema que nadie entiende completamente, gestionado por actores con intereses específicos, puede producir resultados que parecen aleatorios sin serlo. La transparencia del proceso es tan importante como su diseño. El kleroterion de bronce era público, visible y verificable por cualquiera que estuviera presente. Cualquier equivalente digital tendría que serlo también.

Todavía no está claro cómo se resuelve la tensión entre escala y legitimidad en este modelo. Las asambleas ciudadanas que han funcionado mejor son relativamente pequeñas, con tiempo suficiente para deliberar, con facilitación experta y con mandatos claros. Escalar eso a decisiones nacionales permanentes es un desafío distinto, y sería deshonesto presentarlo como algo ya resuelto.

Lo que sí parece claro es que la pregunta no es si el sorteo puede reemplazar completamente a las elecciones. Es por qué hemos descartado durante tanto tiempo la posibilidad de que el azar bien diseñado produzca representación más real que el voto. Los atenienses usaron ambos mecanismos para cosas distintas, con criterios distintos. Nosotros colapsamos todo en uno solo y luego nos sorprendemos cuando ese único proceso falla en producir lo que prometió.

La máquina de bronce del kleroterion está en el Museo del Ágora en Atenas. Se puede ver. Funciona. Lleva ahí más de dos mil años esperando que alguien le haga la pregunta correcta.

¿Qué nos dice sobre nosotros el hecho de que hayamos tardado tanto en hacerla?

Fuentes:

1. Buchstein, H. (2010). Demokratie und Lotterie: Das Los als politisches Entscheidungsinstrument von der Antike bis zur EU. Campus Verlag.

2. Gastil, J. & Wright, E. O. (Eds.) (2019). Legislature by Lot: Transformative Designs for Deliberative Governance. Verso Books.

3. Landemore, H. (2020). Open Democracy: Reinventing Popular Rule for the Twenty-First Century. Princeton University Press.

4. Citizens' Assembly Ireland (2018). Third Report and Recommendations of the Citizens' Assembly: The Eighth Amendment of the Constitution. Government of Ireland.

5. OECD (2020). Innovative Citizen Participation and New Democratic Institutions: Catching the Deliberative Wave. OECD Publishing.