Un grupo de chimpancés vivía unido en Gombe, Tanzania. Jane Goodall los observó durante años como una sola comunidad que compartía territorio, se acicalaba y cooperaba para cazar. En los setenta el grupo se dividió. Los que antes eran aliados comenzaron a patrullar fronteras invisibles y terminaron matándose entre sí en lo que después se llamó la Guerra de Gombe.
El nosotros es una frontera móvil: se expande o se contrae según exista una amenaza que lo justifique. Ese mecanismo lo compartimos con nuestros parientes evolutivos más cercanos. No es una imagen poética. Es una regularidad que aparece en primates, en selecciones nacionales de fútbol y en debates políticos cotidianos, siempre con la misma arquitectura debajo.
Lo ocurrido en Gombe no fue un suceso aislado. Corresponde al mismo proceso que opera en el altruismo parroquial: bebés de pocos días muestran preferencia por lo propio y aprueban el castigo hacia quien perciben como distinto. El círculo del nosotros no nace fijo. Se construye, se defiende y, sobre todo, se puede ampliar.
Hay investigadores que llevan décadas documentando esta expansión y contracción. Robert Axelrod desarrolló modelos de cooperación evolutiva que muestran cómo el egoísmo individual y la cooperación grupal son la misma estrategia en escalas distintas. Primero está el yo. Luego viene el nosotros inmediato de familia o nación. Ese nosotros solo crece hasta abarcar a la humanidad cuando surge algo que amenaza a la especie completa.
Liu Cixin lo plantea sin rodeos en su trilogía Recuerdos del Pasado de la Tierra: la humanidad se unificará únicamente cuando enfrente un peligro que venga de fuera del planeta. Mientras las amenazas sigan siendo internas, seguiremos dividiéndonos en facciones como los chimpancés de Gombe. La idea incomoda, pero explica por qué casi toda cooperación a gran escala ha surgido como respuesta a un riesgo compartido y no como decisión voluntaria.
El desempleo revela el reverso de esta moneda. Duele menos por la pérdida de dinero que por la fractura de la pertenencia que daba sentido. El populismo ocupa exactamente ese hueco: ofrece un nosotros sustituto definido contra un ellos. Marie Jahoda, Paul Lazarsfeld y Hans Zeisel lo registraron en Marienthal en los años treinta. Cuando la fábrica cerró, lo que primero desintegró la comunidad no fue el hambre sino la pérdida gradual del tejido que sostenía la identidad colectiva.
¿Por qué necesitamos casi siempre una amenaza para sentirnos parte de algo más grande? Porque es la ruta más veloz y la más estudiada. Pero existe otra vía, más lenta y menos dramática, que depende de la exposición sostenida a la diferencia en lugar del miedo compartido.
Crecí entre marcos culturales franceses y mexicanos. Aprendí desde pequeño a fusionar dos sistemas de valores distintos en supuestos sobre cortesía, tiempo y familia. Esa ampliación temprana del nosotros convirtió las diferencias en oportunidades de crecimiento en vez de amenazas.
¿Cómo puede una persona ampliar su propio nosotros sin esperar un asteroide? La respuesta está en invertir el orden: elegir de forma deliberada la exposición a lo distinto como práctica diaria. Viajar no para consumir un lugar sino para dejarse transformar por él. Es un ejercicio de conciencia individual que carga tanto con sus límites como con su verdadera posibilidad.
Esta fragmentación aparece también en cómo se organizan los bloques de poder. Estados Unidos y China coinciden hoy en el dominio de tecnologías de frontera como la inteligencia artificial. Esa coincidencia mantiene divisiones geopolíticas que, a su vez, justifican mayor control interno en cada lado. La división no siempre es un accidente evolutivo. A veces funciona como herramienta de manejo.
Esto conecta con exploraciones que aparecen en Las Piedras No Mienten, obra todavía en preparación. Quienes gobiernan con frecuencia mantienen a la población dividida en identidades tribales porque así resulta más difícil que se organice para exigir cambios estructurales. Convertir en juego la conciencia social surge como experimento para responder a esa dinámica que Liu Cixin presenta como casi inevitable. Todavía no tengo claro si es posible eliminar por completo la necesidad de una amenaza externa. Sigo explorando la pregunta.
Después de observar esta regularidad en distintos contextos, una cosa se vuelve nítida: lo que haces no te afecta solo a ti. Tirar una colilla, saltarse un alto o pagar una mordida parecen actos aislados, pero cada uno normaliza la ruptura del tejido colectivo. El nosotros más amplio, la humanidad como especie, no se activa únicamente ante peligros cósmicos. También puede crecer, más despacio y de forma más frágil, mediante la acumulación de actos que reconocen su impacto compartido.
¿Podemos construir instituciones, culturas e incluso juegos que entrenen esa conciencia sin requerir que un enemigo común nos obligue? Los chimpancés de Gombe nunca tuvieron esa opción. Nosotros, al menos en teoría, sí.