En 2024, OpenResearch publicó los resultados del experimento de ingreso básico más amplio realizado hasta entonces. Bloomberg y CBS titularon que reforzaba el caso a favor del cheque universal. La mayoría de la cobertura repitió esa línea. Casi nadie citó una frase que los propios autores incluyeron cerca del final del resumen ejecutivo: el dinero por sí solo no resuelve enfermedades crónicas, falta de cuidados infantiles ni el costo elevado de la vivienda.
Esa línea no vino de un crítico. La escribieron quienes midieron los datos durante tres años. El diseño fue claro: mil personas recibieron mil dólares mensuales; dos mil más, asignadas al grupo de control, recibieron cincuenta. El dinero llegó desde Y Combinator Research. Los datos del primer año mostraron menos estrés autorreportado, menos angustia mental y menor inseguridad alimentaria. El gasto adicional se concentró en renta, comida y transporte, alrededor de trescientos diez dólares al mes. Los titulares se escribieron solos.
Lo que vino después recibió menos atención. Las mejoras en bienestar subjetivo se diluyeron de forma sustancial en el segundo y tercer año. El reporte lo documenta. La prensa apenas lo mencionó. Queda entonces una pregunta incómoda: qué dice un experimento sobre sí mismo cuando los efectos prometidos se desvanecen aunque el apoyo económico siga llegando.
Hay que ser precisos. El estudio desmonta dos relatos falsos. Quienes recibieron los mil dólares trabajaron una hora y media menos por semana que el grupo de control. No hubo abandono del mercado laboral. La idea de que el dinero vuelve pasiva a la gente no aparece aquí. También se observó una reducción de veinte por ciento en consumo problemático de alcohol y de cincuenta y tres por ciento en el uso de analgésicos sin prescripción. Eso no es trivial.
Pero no hubo cambios significativos en el uso de servicios médicos, en indicadores objetivos de salud ni en condiciones crónicas. Los efectos sobre bienestar subjetivo perdieron fuerza con el tiempo. Esto importa porque la promesa central del ingreso básico universal no es una mejora temporal. Es una transformación estructural. Los datos no muestran esa transformación sostenida.
Otros pilotos siguen una tendencia parecida. En Stockton, California, ciento veinticinco personas recibieron quinientos dólares mensuales. Se observaron algunos efectos positivos en empleo a tiempo completo, aunque la muestra pequeña limita lo que se puede concluir. En Finlandia, dos mil desempleados recibieron el equivalente a quinientos sesenta euros mensuales durante dos años: hubo una leve mejora en bienestar y ningún efecto claro en empleo. El gobierno decidió no extenderlo. GiveDirectly mantiene desde hace años un estudio en Kenia donde los efectos persisten en el brazo de mayor duración, pero el contexto económico es tan distinto que cualquier extrapolación requiere cautela.
Lo que comparten estos casos no es el final feliz que suele contarse. Ninguno concluyó por sus hallazgos. Terminaron por decisiones políticas. Ontario canceló su programa al año siguiente de iniciarlo. Finlandia eligió no continuar. Y en México, Prospera —el programa de transferencias condicionadas más estudiado del mundo, replicado en más de cincuenta países y sostenido durante veintidós años bajo cuatro administraciones— fue desmantelado por decisión presidencial en dos mil diecinueve. Los datos no tuvieron voz en esa decisión.
Si un programa con esa acumulación de hallazgos puede desaparecer de un plumazo, la pregunta sobre qué arreglo institucional sostendría un ingreso básico universal deja de ser teórica. Ninguno de estos pilotos está diseñado para responderla. Hay una pared metodológica que la cobertura suele ignorar: un piloto financiado desde fuera no es ingreso básico universal. Es una transferencia que ingresa al sistema sin alterar sus variables internas. Un esquema real implicaría reorganización fiscal, posibles presiones sobre precios y recomposición de bienes inelásticos como vivienda y salud. Ninguno de esos efectos estructurales se mide cuando el dinero llega solo a una fracción de la población y proviene de fuentes externas.
Reconozco el valor real de lo que sí muestran estos pilotos: el dinero mejora el bienestar de corto plazo de forma medible y la gente no deja de trabajar cuando recibe una transferencia. Eso tiene peso. Lo que todavía no tengo claro es si esos beneficios persistirían bajo un esquema universal financiado estructuralmente, si sobrevivirían más allá del horizonte del experimento o si el arreglo resistiría el primer cambio de gobierno. Esto es más complicado de lo que parece.
La cobertura de aquel verano eligió los titulares del primer año y dejó de lado el desvanecimiento posterior. Prefirió no destacar la advertencia que los mismos autores colocaron en el resumen ejecutivo. Y entonces queda la pregunta que no tiene respuesta aquí sino en el siguiente texto: si la evidencia resulta más equívoca de lo que sugieren los titulares, ¿por qué las voces más fuertes a favor del cheque universal son justamente aquellas cuyos productos están más cerca de desplazar a los trabajadores que el cheque pretende sostener?
Fuentes:
1. OpenResearch. OpenResearch Unconditional Cash Study: Final Report. 2024.
2. Marinescu, I. No Strings Attached: The Behavioral Effects of U.S. Unconditional Cash Transfer Programs. NBER Working Paper No. 24337, 2018.
3. Kangas, O. et al. The Basic Income Experiment 2017–2018 in Finland: Preliminary Results. Ministry of Social Affairs and Health, Finland, 2019.
4. Banerjee, A. et al. Universal Basic Income in the Developing World. Annual Review of Economics, 2019.
5. Parker, S. y Teruel, G. Randomization and Social Program Evaluation: The Case of Progresa. Annals of the American Academy of Political and Social Science, 2005.