Catorce punto nueve millones de jóvenes mexicanos, casi la mitad de la población entre quince y veintinueve años, viven hoy en pobreza, trabajo precario o fuera del sistema educativo y laboral. Esa cifra es el corazón del reporte que la Alianza Jóvenes con Trabajo Digno publicó en agosto de 2026, y resulta incómoda por una razón directa. El gobierno mexicano opera desde dos mil dieciocho uno de los programas de empleo juvenil más grandes de Latinoamérica. Jóvenes Construyendo el Futuro es la política que se suponía resolvería exactamente esto.
La exclusión juvenil es estructural porque no responde a falta de programas: responde a la ausencia de demanda real de trabajo formal en la economía mexicana. Esa es la definición que hay que tener clara antes de entrar al debate. Las políticas actuales tratan un síntoma, la falta de experiencia laboral, cuando la enfermedad es una economía que no genera suficientes empleos formales para absorber a quien entra al mercado.
El relato oficial suena razonable y merece ser reconocido como tal. El programa ofrece una beca mensual de nueve mil quinientos ochenta y dos pesos en dos mil veintiséis a jóvenes que no estudian ni trabajan, colocándolos como aprendices en empresas o instituciones durante un año. El gobierno presume millones de beneficiarios insertados y capacitados desde el arranque. Comparado con la inacción, poner dinero en el bolsillo de alguien que no tenía ingreso fijo representa un avance. Críticos como Simón Levy cuestionan el costo y la efectividad del esquema. Aun así reconocen que retirar la beca sin sustituto generaría daño inmediato a millones de familias.
Transferir efectivo directo reduce pobreza extrema en el corto plazo. Los datos de inserción que presenta la Secretaría del Trabajo muestran que un porcentaje de becarios consigue empleo formal después de terminar su año. ¿Ayuda esto a alguien hoy? La respuesta es sí. Eso no está en debate.
Medir inserción inmediata no equivale a medir transformación de fondo. ¿Por qué un programa que capacita a millones de jóvenes no logra reducir significativamente los catorce punto nueve millones en exclusión? Entrena a alguien para un trabajo. No crea el trabajo que esa persona necesita. Jóvenes Construyendo el Futuro resuelve el lado de la oferta, jóvenes con habilidades, pero no toca el lado de la demanda. Cuando el año de aprendizaje termina y la empresa no contrata porque no hay vacante real, ese joven regresa a la misma economía informal de la que salió. Lleva ahora una línea más en su currículum y carece del ingreso de la beca.
Esta regularidad se repite fuera de México. Programas como Job Corps y Youth Build en Estados Unidos, el Youth Guarantee de la Unión Europea desde dos mil trece y el National Youth Service de Kenia comparten evaluaciones de largo plazo similares. Mejoras temporales se erosionan entre dos y cinco años. En España, Grecia e Italia aproximadamente un tercio de los jóvenes que pasaron por el Youth Guarantee siguen en precariedad laboral. La estructura económica de fondo no cambió al mismo ritmo que la política pública. La Organización Internacional del Trabajo ha documentado esta misma tendencia en más de cuarenta países. Funcionan como paliativo cuando no van acompañados de una transformación real en la organización productiva que genera los empleos.
Estos límites aparecen una y otra vez. La solución técnica es elegante. La implementación, impecable. El problema estructural permanece intacto. Nadie tocó la causa raíz. Esto conecta con lo explorado en The Generosity in the Doorway sobre el desempleo generado por automatización. Transferir dinero, sea en forma de beca o de renta básica, resuelve el síntoma de la pobreza monetaria en el momento en que se entrega. No responde a qué estructura económica produce esa exclusión en primer lugar. El libro documenta cómo tanto Milton Friedman en los setenta como los pilotos actuales de renta básica comparten esta limitación. El dinero sin transformación de la estructura productiva es analgésico. No cirugía.
Hay otro ángulo que casi nadie menciona en el debate mexicano. La economía necesita crear alrededor de uno punto dos millones de empleos formales anuales solo para mantenerse al ritmo del crecimiento demográfico. En los mejores años recientes la economía formal ha generado menos de la mitad de esa cifra. Ningún programa de becas cierra esa brecha porque no está diseñado para crear empleo. Solo redistribuye capacitación entre quienes ya no tienen empleo.
Lo que falta en el debate público mexicano no es más presupuesto para Jóvenes Construyendo el Futuro ni su cancelación total. Hace falta una conversación honesta sobre qué modelos han funcionado en otras partes del mundo cuando se combina transferencia directa con creación deliberada de demanda. Cooperativas de trabajo respaldadas por compras públicas garantizadas, como el modelo de Mondragón en el País Vasco, generan empleo estable después de décadas porque la cooperativa es dueña de su cadena de valor. O el modelo de garantía de empleo público que Argentina experimentó parcialmente con el Programa Jefes y Jefas de Hogar en dos mil dos. El Estado no solo entrenaba, generaba trabajo remunerado en proyectos comunitarios. Resultados mixtos. Ahí sí hubo creación real de actividad económica.
El estudio de Marienthal en la Austria de los años treinta. Marie Jahoda, Paul Lazarsfeld y Hans Zeisel lo documentaron con un rigor que sigue siendo referencia casi un siglo después. El desempleo prolongado destruye estructura de tiempo e identidad de una forma que ningún cheque mensual repara. Los jóvenes mexicanos que hoy reciben la beca de Jóvenes Construyendo el Futuro no solo necesitan el ingreso. Necesitan una trayectoria creíble hacia algo estable. Cuando esa trayectoria no existe porque el empleo al final del túnel tampoco existe, la beca se convierte en un año de espera dignificada.
No tengo una respuesta cerrada sobre qué debería reemplazar exactamente al programa mexicano. Sería deshonesto pretender que sí. Los datos de Europa, Kenia y Argentina indican que ningún país ha resuelto la exclusión juvenil masiva únicamente con transferencias de capacitación. Los casos que muestran mejoras sostenidas combinan la transferencia con creación directa de demanda económica, algo que Jóvenes Construyendo el Futuro nunca tuvo entre sus objetivos de diseño.
México gasta actualmente más como porcentaje de su gasto social en programas de empleo juvenil que la mayoría de los países de la OCDE, incluyendo aquellos con tasas de desempleo juvenil menores a la mitad de la mexicana. El problema, entonces, no es cuánto se gasta. Es en qué.
¿Qué estructura económica necesitamos construir para que estas trayectorias dejen de ser solo un año de espera dignificada?