Hay una idea tan arraigada que rara vez la ponemos en duda. La humanidad avanza. Siempre hacia adelante, siempre mejorando. Esta historia aparece en discursos de graduación, informes de empresas y promesas políticas. El arco de la historia se curva hacia lo mejor, según dicen. Cada generación recibe un mundo más justo y más avanzado. Es un relato convincente, respaldado por datos que parecen irrefutables.
La esperanza de vida se ha duplicado en los últimos doscientos años. La mortalidad infantil ha bajado drásticamente. Más personas saben leer y escribir que nunca. La pobreza extrema ha disminuido en términos absolutos. Estas curvas en un gráfico generan una sensación de avance constante. Sería absurdo negarlo.
El problema surge cuando pasamos de observar mejoras específicas a asumir que el avance es la dirección inevitable de la historia. Una cosa es notar cambios medibles. Otra muy distinta es convertir eso en una ideología. Y confundirlas tiene consecuencias.
Al creer que el progreso ocurre por sí solo, dejamos de protegerlo. Las instituciones, los derechos y los equilibrios que tomaron siglos construir parecen permanentes. No necesitan cuidado. No pueden revertirse. Se vuelven inevitables en lugar de conquistados. Este punto ciego hace que mucha gente deje de vigilar lo que ya tiene.
Los registros del pasado muestran algo diferente. Sociedades que lograron altos niveles de organización, comercio y menor violencia, solo para colapsar después. No siempre por desastres externos. A menudo por problemas internos: concentraciones de poder, pérdida de confianza en las instituciones, fracturas en la cooperación. La tendencia arqueológica no es una flecha ascendente. Muestra mesetas, declives, recuperaciones incompletas. Se parece más a un electrocardiograma irregular que a una escalera constante.
El Imperio Romano en su etapa final tenía ciudadanos que vivían con infraestructuras, leyes y seguridad que sus descendientes ya no conocerían. El deterioro no fue repentino. Se negó durante generaciones porque parecía demasiado grande para desaparecer. Las organizaciones donde el éxito pasado genera complacencia siguen la misma lógica.
Esto es más complicado de lo que parece. El relato del progreso no solo es un error de pensamiento. Resulta útil para quienes prefieren la paciencia sobre la acción. Si el futuro mejora automáticamente, la urgencia pierde sentido. Las condiciones que generan los problemas permanecen intactas.
Hay investigadores que llevan años señalando que los indicadores habituales son selectivos. Se mide el producto interno bruto, pero no cómo se distribuye. Se cuentan años de vida, pero no siempre su calidad. Al ampliar la mirada, las tendencias se vuelven irregulares. El siglo veinte trajo avances, pero también niveles de violencia organizada sin precedentes. Reconocerlo añade precisión, no pesimismo.
Falta distinguir entre el progreso como posibilidad y como garantía. La primera invita a la acción. La segunda adormece. Las estructuras sociales no tienen dirección fija. Dependen de condiciones que hay que mantener. Cuando se descuidan, todo puede retroceder. No existe inercia moral.
Nada se sostiene solo. Hace falta atención continua, correcciones activas y voluntad de ajustar cuando algo falla. La agencia colectiva es la pieza que suele faltar en estas discusiones. No como idea vaga, sino como prácticas concretas: quiénes vigilan las condiciones del bienestar en cada lugar, qué alertas tempranas detectan la pérdida de legitimidad antes del colapso, cómo se transmite el conocimiento entre generaciones sin asumir que los problemas ya están resueltos.
Estas preguntas llevan a considerar enfoques de ingeniería social que merecen explorarse con seriedad. Pero mientras creamos que el avance es natural, las ignoramos.
¿Qué condiciones tendríamos que recrear, y mantener activamente, para no seguir perdiendo lo que alguna vez ya tuvimos?
Sources:
1. Graeber, D. & Wengrow, D. — The Dawn of Everything: A New History of Humanity (2021)
2. Tainter, J. — The Collapse of Complex Societies (1988)
3. Pinker, S. — The Better Angels of Our Nature (2011) — usado como representación de la tesis del progreso lineal
4. Scott, J.C. — Against the Grain: A Deep History of the Earliest States (2017)
5. Acemoglu, D. & Robinson, J. — Why Nations Fail (2012)