El dinero es una tecnología de coordinación: asigna recursos escasos entre necesidades distintas. Elon Musk sostiene que para 2036 la inteligencia artificial y la robótica generarán abundancia suficiente para volver obsoleto ese mecanismo. No habla de inflación desbocada sino de deflación estructural: la producción superará con creces la demanda, y fábricas automatizadas junto con robots harán el trabajo físico que antes requería salarios.
¿Qué pasa con el ingreso cuando el trabajo ya no es necesario? La predicción de Musk apunta a un ingreso universal alto, donde la supervivencia deje de depender de un empleo. El dinero como herramienta social pierde sentido cuando desaparece la escasez que resolvía. Esa pregunta ya apareció antes, con otros nombres y otros resultados.
Jacque Fresco la desarrolló desde hace décadas. Su Proyecto Venus proponía una economía basada en recursos, donde la tecnología volvería superflua la moneda. La diferencia con Musk no está en la meta final. Está en quién maneja el camino y bajo qué reglas.
¿Qué ocurre cuando quien construye los robots es el mismo que anuncia el fin del dinero? La respuesta revela incentivos que pocos examinan. Cybersyn, en Chile, demostró en los años setenta que coordinar producción en tiempo real sin depender exclusivamente de precios era técnicamente viable: telex conectaban fábricas con un centro de operaciones. El experimento terminó antes de revelar sus límites reales.
Mucho antes, en este mismo continente, Vasco de Quiroga fundó los pueblos-hospital en Michoacán: propiedad colectiva, jornadas cortas, cargos rotativos. Funcionaron durante generaciones, inspirados en la Utopía de Tomás Moro. Esa experiencia ocurrió siglos antes que los socialistas utópicos europeos plantearan ideas similares. Su ausencia en los relatos dominantes no es casual.
Los tres diagnósticos coinciden en algo: el dinero es un instrumento, no una ley natural. Divergen en el asunto del dominio. Fresco planteaba gobernanza distribuida. Quiroga operaba dentro de una estructura con rotación clara de poder. Musk, en cambio, desarrolla Optimus a través de empresas que él mismo dirige.
He visto en diferentes contextos cómo quien genera la transformación también vende la solución a sus consecuencias. Musk y Sam Altman han hablado de ingreso básico mientras sus compañías ejecutan despidos masivos e invierten sumas enormes en infraestructura de inteligencia artificial. No es necesariamente maldad calculada. Es una regularidad estructural que se repite.
El estudio de Marienthal mostró algo más difícil de resolver que la mera escasez material. Cuando la fábrica cerró en 1932, la comunidad perdió la estructura latente del trabajo: motivos para levantarse, pertenencia a un esfuerzo común, ritmo del día. La inteligencia artificial puede producir bienes casi gratis. Esa pérdida de sentido social sigue sin respuesta clara en la visión actual.
Göbekli Tepe añade otra capa. Hace más de once mil años, cientos de personas coordinaron esfuerzos monumentales sin estado, sin escritura y sin dinero como lo entendemos hoy. Banquetes, prestigio y presión social cumplían funciones de alineación. Funcionó durante milenios. Las piedras no mienten: demuestran que la coordinación humana siempre encontró dinámicas propias de cada momento, aunque imperfectas.
Esto lo desarrollo con más detalle en "Las Piedras No Mienten", el libro en preparación donde exploro estas genealogías sin adelantar todas sus implicaciones. Todavía no tengo claro si la predicción de Musk para 2036 es optimismo técnico genuino, herramienta de posicionamiento, o ambas cosas a la vez. Lo que sí resulta consistente es esto: ninguna transición post-monetaria seria fue liderada por quien más se beneficiaba económicamente de mantener el orden anterior.
Queda la pregunta abierta: si la abundancia material llega de verdad, ¿quién decide cómo se distribuye, y cómo reconstruimos el sentido y la estructura que Marienthal vio desaparecer cuando el trabajo se fue?