El Estrecho de Ormuz es un canal marítimo de treinta y tres kilómetros de ancho en su punto más angosto. Esa estrechez explica por qué casi una quinta parte del petróleo mundial transita por un espacio que cabría sin exagerar en la mancha urbana de una ciudad mediana. El control del Estrecho de Ormuz es el dominio de una ruta crítica porque decide el flujo que sostiene a media economía global. Cuando Trump habla de apropiarse del estrecho describe con su estilo directo el manejo de esa tubería energética.

La tesis que circula tiene lógica interna. Estados Unidos ya mantiene presencia naval permanente mediante la Quinta Flota con base en Baréin. Irán domina la orilla norte. Omán controla buena parte de la orilla sur y Emiratos Árabes Unidos tiene costa en la boca del canal. La versión de Trump se presenta como extensión lógica del rol que Washington ejerce desde hace décadas como garante naval del comercio marítimo.

¿Por qué resuena esta idea incluso entre quienes suelen desconfiar de Trump? Parte de una verdad incómoda. Nadie ha ejercido dominio unilateral sobre Ormuz. Esa ambigüedad ha generado inestabilidad real. Irán amenazó con cerrar el paso en varias ocasiones desde mil novecientos ochenta. Las aseguradoras marítimas elevan las primas ante cada roce. Si el núcleo del argumento es garantizar que el petróleo fluya, existe una lógica de mercado que no se descarta solo por venir envuelta en retórica imperial.

Ormuz es estrecho internacional según el derecho consuetudinario del mar. Ningún país puede reclamar soberanía exclusiva sobre una vía compartida. Esa definición legal es precisamente lo que la propuesta de Trump tendría que romper. Apropiarse de un estrecho internacional no es política exterior. Es una fractura en la estructura que sostiene el comercio marítimo global desde la Convención de Montego Bay de mil novecientos ochenta y dos. Estados Unidos nunca ratificó ese tratado. El detalle que muchos repiten como trivia adquiere peso aquí. Washington puede argumentar que no está atado por reglas que no firmó.

La tesis popular muestra grietas al examinarla de cerca. Irán controla solo la orilla norte. Omán administra el Musandam, la península que define la orilla sur del tramo más angosto. Omán no es Irán. Ha sido aliado histórico de Washington y mediador constante entre Teherán y Occidente. Su neutralidad percibida es la base de su supervivencia diplomática entre vecinos hostiles. Una operación que trate el estrecho como territorio de manejo unilateral coloca a Omán ante una disyuntiva imposible.

Emiratos Árabes Unidos construyó infraestructura petrolera para evitar depender de Ormuz. El oleoducto Habshan-Fujairah existe exactamente para eso. Los países de la región ya se blindaban contra bloqueos o control externo años antes de que Trump pusiera el tema en el centro. Esto no es detalle menor.

China, Japón, Corea del Sur e India son los principales compradores del crudo que cruza Ormuz. Quedarían sujetos a un riesgo que depende de su relación bilateral con Washington. Eso no garantiza libre tránsito. Convierte el paso en instrumento de política exterior selectiva. El derecho marítimo internacional se diseñó para prevenir exactamente ese riesgo.

Este enfoque repite un patrón que ya exploré respecto a las tensiones con Venezuela, Cuba, Groenlandia, Irán y México. No son casos aislados. Se trata de redefinir el acceso a activos estratégicos bajo la bandera de garantizar que funcionen. El vocabulario cambia entre Groenlandia, Panamá o Venezuela. La estructura del argumento sigue idéntica: esto debería ser nuestro porque nosotros garantizamos su operación.

Pocos discuten quién se beneficia realmente de que el estrecho tenga un solo administrador. Cobrar peaje por el tránsito no resolvería el problema geopolítico. Lo convertiría en fuente de ingresos. Un bien común marítimo protegido por convención se transformaría en activo con dueño y tarifa. La incertidumbre sigue presente. No está del todo claro si esto es táctica de presión máxima, similar a las amenazas arancelarias que luego se convierten en acuerdos bilaterales, o si refleja intención de presencia militar permanente y exclusiva. Trump ha usado ambos registros. Distinguirlos desde fuera resulta más complicado de lo que parece.

En The Generosity in the Doorway exploro la idea del tren de Snowpiercer como metáfora: sistemas donde el orden de los vagones se presenta como ley natural cuando en realidad es decisión de poder sostenida con esfuerzo. Ormuz funciona de forma parecida. Durante décadas la ficción cómoda fue que el estrecho era espacio neutral gestionado por convención y protegido por la marina más grande del mundo casi como servicio altruista. Las declaraciones de Trump revelan sin proponérselo que ese servicio siempre tuvo dueño. Antes simplemente no se decía en voz alta.

Un dato que contradice la intuición común. Estados Unidos importa menos del diez por ciento de su petróleo a través de Ormuz gracias al auge del fracking doméstico. Quienes realmente necesitan el canal sin fricciones son China y las economías asiáticas, no Washington. El dominio de Ormuz no protegería el abasto energético estadounidense. Daría a Estados Unidos una palanca sobre las economías que sí dependen de esa ruta, empezando por el rival estratégico que Trump ha señalado durante años.

Control total. Difícil de lograr sin afectar a múltiples actores con intereses cruzados. La pregunta que queda es si esta locomotora puede tener un solo conductor sin descarrilar el resto del convoy.