El Knight Frank Wealth Report 2025 documenta que alrededor de novecientas mil personas alcanzaron un patrimonio neto superior al millón de dólares durante el año. El informe lo registra con neutralidad clínica. Los mercados respondieron, la tecnología generó retornos y el capital rindió frutos.
Hay algo seductor en la idea de que más millonarios demuestran que el modelo funciona. Vale tomarlo en serio antes de cuestionarlo.
Los números son reales. La riqueza global creció, los activos financieros se apreciaron y sectores como la inteligencia artificial, la energía y los bienes raíces en economías emergentes ofrecieron ganancias extraordinarias. Quienes tenían capital invertido en esos vectores vieron aumentar su patrimonio. Algunos asumieron riesgos calculados, apostaron por innovaciones que resolvían problemas concretos y construyeron empresas valiosas. No todos los nuevos millonarios encajan en caricaturas simplistas.
El mismo reporte que registra estos nuevos millonarios señala que el uno por ciento más rico del planeta controla más del cuarenta y cinco por ciento de la riqueza global. Esa proporción no se mantiene estática. Muestra una tendencia en aceleración que abre grietas visibles en la historia oficial de progreso.
No existe fortuna que no se construya pasando sobre alguien. Esta observación incomoda porque numerosos casos la sostienen. Cuando una empresa de inteligencia artificial reduce personal mientras multiplica su valuación, no crea valor en el vacío: transfiere recursos del trabajo humano al capital. Las plataformas que dominan sectores enteros y eliminan competidores pequeños concentran lo que antes circulaba de forma más distribuida. La eficiencia se captura arriba mientras los costos se dispersan abajo.
El caso de las empresas valuadas en miles de millones operadas por una sola persona con herramientas de IA ilustra la dinámica con precisión. El valor que antes generaban equipos numerosos ahora lo produce un individuo. Ese valor sigue existiendo, solo que ya no llega a las noventa y nueve personas desplazadas. Fluye completo hacia el propietario único. Esto no es creación neta de riqueza. Es redistribución ascendente con mejor presentación.
El informe documenta el resultado sin explorar el proceso. El proceso importa más si buscamos entender si esta estructura es sostenible. Los hallazgos arqueológicos de sociedades antiguas muestran regularidades consistentes: tumbas opulentas contrastando con restos de viviendas humildes. Cuando la concentración patrimonial cruza ciertos umbrales, las estructuras no se ajustan solas. O llegan reformas profundas o se producen quiebres. La historia no registra caminos intermedios espontáneos.
Aquí surge un detalle que pocos mencionan con claridad. Los mismos actores que impulsan esta concentración proponen después las soluciones. El ingreso básico universal, presentado como respuesta al desempleo tecnológico, cuenta con apoyo visible de quienes dirigen las empresas que desplazan trabajadores. No es conspiración. Refleja un conflicto de intereses incorporado en la estructura. Quien define el problema suele diseñar la solución que le conviene. Esta versión del ingreso básico no reparte las ganancias de la automatización. Desplaza al Estado el costo de sostener a los desplazados mientras el capital sigue acumulándose donde estaba.
Todavía no tengo claro cómo ordenar esta transición. Existen propuestas que van desde mayor participación colectiva en los avances de IA hasta esquemas de dividendos vinculados a la tecnología, ajustes fiscales progresivos y experimentos de gobernanza más inclusiva. Ninguna ha probado su efectividad a escala. Reconocer esta incertidumbre parece más honesto que ofrecer respuestas empaquetadas.
El marco actual para leer estos datos tiene fallas evidentes. Celebrar casi un millón de nuevos millonarios sin preguntar cómo llegaron ahí, a costa de qué y de quién, equivale a ignorar las señales de alarma que rodean el aumento de temperatura.
Según el mismo reporte, los países con mayor crecimiento en número de millonarios registran también los incrementos más pronunciados en desigualdad interna. No aparece un solo caso donde el auge de la ultra riqueza coincida con mejoras para el quintil inferior. La riqueza no fluye hacia abajo. Se acumula en la cima.
¿Hacia qué tipo de sociedad nos lleva esta trayectoria si no reexaminamos quién dirige el progreso tecnológico?