Una empresa constituida en Delaware, con sede cerca de Tel Aviv, planeaba empezar en abril de 2026 a liberar partículas desde una aeronave modificada, a varios kilómetros de altura. La partícula es secreta. Nadie fuera de la empresa sabe qué es. En su presentación a inversionistas de 2023, Stardust Solutions se describió a sí misma como la única solución tecnológicamente viable al cambio climático, con una proyección de ingresos de más de mil millones de dólares al año, pagados por gobiernos.

Stardust es una empresa privada de geoingeniería solar que aspira a modificar la atmósfera compartida del planeta y cobrar por ello. Su tecnología permanece cerrada a cualquier auditoría independiente porque la composición exacta está protegida como secreto comercial. Este caso se distingue de cualquier otro debate climático: no discute si el planeta se calienta. Pregunta quién tendría la llave para bajarle la temperatura y qué pasa si decide no soltarla.

En octubre de 2025 la empresa levantó sesenta millones de dólares, la ronda más grande jamás registrada para geoingeniería solar. Suma ya setenta y cinco millones en financiamiento total. Entre sus inversionistas están Lowercarbon Capital, el fondo climático de Chris Sacca, la familia Agnelli, el exejecutivo de Facebook Matt Cohler y Awz Ventures, una firma canadiense-israelí con vínculos reportados al Ministerio de Defensa de Israel. El dinero llegó rápido. La gobernanza no.

Los fundadores no son improvisados. Yanai Yedvab fue subjefe científico de la Comisión de Energía Atómica de Israel. Amyad Spector trabajó como físico nuclear en el Centro de Investigación Nuclear del Néguev. Eli Waxman viene del Instituto Weizmann. Tres físicos con trayectoria en programas nucleares estatales dirigen ahora una empresa privada que quiere inyectar partículas en la estratosfera y facturar por el servicio. MIT Technology Review, Politico E&E News y Heatmap han documentado el expediente con detalle. La EPA ha sido clara en un punto: el gobierno de Estados Unidos no realiza pruebas al aire libre ni despliegue a gran escala de este tipo de tecnología. Lo que Stardust propone, ningún estado lo está haciendo todavía de forma oficial.

Cientos de académicos han pedido un acuerdo internacional de no uso. Nadie lo ha firmado. No existe un árbitro con autoridad real sobre la atmósfera. Hay tratados climáticos, hay marcos de Naciones Unidas, hay declaraciones. Pero ningún organismo puede decirle a una empresa de Delaware "no puedes hacer eso a veinte kilómetros de altura" y hacerlo cumplir. La petición académica lleva circulando desde hace años sin convertirse en ley vinculante en ningún bloque relevante.

El Monte Pinatubo ayuda a calibrar si esto siquiera funciona. En 1991 la erupción arrojó tanto material a la estratosfera que enfrió el planeta cerca de medio grado durante más de un año. Es el experimento natural que cita cada estudio serio de geoingeniería solar. Un volcán no tiene inversionistas. La física es real y medible: partículas que reflejan radiación solar, temperatura global que baja. El problema de Stardust nunca fue si la ciencia atmosférica funciona. Es quién decide activarla, con qué partícula y bajo qué reglas.

El calentamiento actual es producido por actividad humana y eso no lo cuestiona ningún dato serio disponible. Los núcleos de hielo antárticos muestran concentraciones de CO2 oscilando entre ciento ochenta y trescientas partes por millón durante ochocientos mil años. Hoy estamos sobre cuatrocientas veinte ppm, con una velocidad de cambio uno o dos órdenes de magnitud mayor que cualquier transición glacial registrada en ese archivo de hielo. Esto no es ruido estadístico. Aceptar plenamente la solidez del diagnóstico climático hace más fuerte, no más débil, el argumento contra Stardust. El problema real queda exactamente donde debe quedar: la gobernanza.

Hay escepticismo legítimo que sí vale la pena sostener. Los rangos de incertidumbre en las proyecciones de largo plazo son amplios y reales. La retórica catastrofista con fechas límite ha fallado lo suficiente como para generar fatiga y desconfianza justificada en el público. Quien vende la solución tiene un interés directo en dimensionar el problema exactamente al tamaño de su producto. Stardust no se presenta como una opción entre varias. Se presenta como la única solución tecnológicamente viable. Esa frase en un discurso a inversionistas es posicionamiento de mercado.

La misma tendencia se repite en otros terrenos. Sam Altman y Elon Musk promueven el ingreso básico universal mientras sus empresas ejecutan despidos e invierten cientos de miles de millones en IA. The Generosity in the Doorway traza cómo un mismo actor puede construir la infraestructura del problema y luego administrar su remedio, cobrando en ambos extremos. Stardust reproduce esa dinámica, pero elevada a escala planetaria. No se trata de empleo ni de conocimiento. Se trata de la atmósfera que respira todo el planeta.

Una vez que un sistema de aerosoles estratosféricos se despliega a escala, detenerlo de golpe no regresa el planeta a su estado anterior. Provoca un rebote térmico brusco. El calentamiento acumulado por décadas de emisiones sigue ahí debajo, esperando. Eso convierte a quien opere ese sistema en algo distinto a un proveedor de servicios: un rehén estructural de la humanidad entera, con la humanidad como rehén también. No hay botón de apagado sin costo catastrófico.

Qué significa esto para un gobierno que firme contrato con Stardust. Significa que no está comprando un servicio reversible sino entrando a una dependencia que solo puede escalar. Si la empresa sube el precio, no hay proveedor alternativo con la misma partícula porque es secreta y propietaria. Si quiebra o es adquirida, quién hereda la obligación de mantener el sistema activo. Si un país exige transparencia sobre la composición química de lo que se está esparciendo sobre su territorio, tiene derecho a negarse a que siga el vuelo. Ninguna de estas preguntas tiene respuesta institucional hoy.

La concentración de poder que esto implica no tiene comparación fácil. En el capítulo sobre financiarización del clima de Las Piedras No Mienten se describe cómo la preocupación genuina por el planeta se convirtió en justificación para mercados especulativos de carbono. Stardust lleva esa lógica un paso más allá porque ya no vende un instrumento financiero sobre el clima. Vende dominio físico directo sobre él. Cuestionar el modelo corre el riesgo retórico de parecer que le da igual el calentamiento global.

Si Stardust actúa y algo sale mal, las consecuencias serían difíciles de adjudicar. Si las lluvias monzónicas en el sur de Asia fallan un año después de un despliegue, y la correlación entre aerosoles estratosféricos y patrones de precipitación regional es una preocupación documentada, ¿qué país reclama daños, ante qué tribunal, contra una empresa de Delaware con inversionistas repartidos entre California, Turín y Tel Aviv? No existe hoy un mecanismo legal capaz de responder esa pregunta con claridad. Hay una demanda por despido injustificado presentada contra la empresa por un exempleado, Justin Mabie, con alegaciones que no han sido probadas en corte y que no cambian nada de fondo sobre el problema de gobernanza que aquí importa.

Reconozco que no tengo una respuesta limpia sobre cómo se construiría ese árbitro internacional que hoy falta. Nadie la tiene todavía. El debate público se ha enfocado casi todo en si la geoingeniería solar funciona técnicamente. El Pinatubo ya respondió eso hace más de tres décadas. La pregunta urgente es otra.

Las piedras no mienten, pero los historiadores a veces sí.

¿Quién autoriza a un actor privado a modificar un bien común que no le pertenece a nadie en particular porque le pertenece a todos?

Fuentes:

1. MIT Technology Review — cobertura sobre Stardust Solutions y financiamiento de geoingeniería solar

2. Politico E&E News — perfil de fundadores y vínculos con sector nuclear israelí

3. Heatmap News — análisis de inversionistas y modelo de negocio de Stardust

4. EPA (Agencia de Protección Ambiental de EE.UU.) — declaraciones sobre pruebas de geoingeniería

5. Registros públicos de erupción del Monte Pinatubo (1991) y su efecto climático medido