El 21 de enero de 2025, la Roosevelt Room de la Casa Blanca reunió a cuatro hombres frente a las cámaras. Donald Trump anunció Stargate: cien mil millones de dólares de inversión inmediata y quinientos mil millones comprometidos en cuatro años. Junto a él estaban Sam Altman de OpenAI, Larry Ellison de Oracle y Masayoshi Son de SoftBank. Trump confundió algunos nombres. Altman habló de creación de empleo. Son atribuyó el proyecto directamente al resultado electoral. La sala ordenada y fotogénica contaba una historia precisa sobre quién paga, quién decide y quién quedó fuera del arreglo.

Elon Musk no aparecía en esa imagen. No fue un error de agenda. Musk había roto públicamente con OpenAI, lo había demandado y lanzado xAI como rival directo. Su ausencia definía la escena. El grupo que construye Stargate ya tenía sus miembros. Musk quedaba fuera. Eso importa porque lo que sigue a esa foto no es solo tecnología. Es una propuesta de orden social.

Estos mismos hombres llevan años nombrando el problema que ahora venden como solución. En Dubai, en 2017, Musk advirtió que la inteligencia artificial causaría desempleo masivo y que el ingreso básico universal parecía la respuesta probable. Altman publicó en marzo de 2021 el texto "Moore's Law for Everything", donde planteó gravar capital y tierra para financiar transferencias directas. Días antes del anuncio de Stargate escribió que ya sabíamos cómo construir AGI. No descubrieron la pregunta tarde. Son arquitectos que prepararon también la respuesta.

La continuidad organizacional es clara. OpenResearch, el experimento de ingreso básico de mayor financiamiento privado en Estados Unidos, mantiene la misma línea desde 2016, cuando operaba como Y Combinator Research. Se renombró en 2019, el año en que Altman dejó esa organización para dirigir OpenAI. Elizabeth Rhodes ha liderado la investigación desde el primer día. Altman ocupa la presidencia desde entonces. El reporte de julio de 2024, con tres mil participantes y tres años de seguimiento, surgió de la misma agenda que ahora respalda Stargate. La coincidencia entre quien diseña el experimento que justifica el ingreso básico y quien construye la tecnología que lo vuelve necesario no es casual. Es la misma persona, la misma organización, el mismo arreglo.

Aquí entra la aritmética. Stargate compromete quinientos mil millones. El gasto de capital de los cinco grandes proveedores de nube cerró 2025 en cuatrocientos cuarenta y ocho mil millones, setenta y cinco por ciento más que el año anterior. Las proyecciones para 2026 rondan los setecientos mil millones combinados, con Amazon sola cerca de doscientos mil millones. La Agencia Internacional de Energía calcula que los centros de datos de inteligencia artificial demandarán novecientos cuarenta y cinco teravatios hora hacia 2030, más que el consumo total de Japón. Veintiún por ciento del consumo eléctrico estatal de Virginia se concentra ya en el condado de Loudoun. Lo que paga hoy el usuario residencial en su recibo de luz es la energía que entrenará el modelo que podría reemplazar el trabajo de su hijo. Vale sostener esa imagen un momento.

La pregunta de quién absorbe las externalidades tiene respuesta material. El usuario residencial paga la electricidad. El contribuyente federal cubre el subsidio vía Inflation Reduction Act, donde las secciones 48 y 45X aplican a infraestructura de centros de datos. El ciudadano del Congo paga el cobalto. Los de Bolivia y Argentina pagan el litio. Y el ciudadano estadounidense que pierda empleo por automatización recibirá un cheque del mismo grupo que ya se quedó con la electricidad, el subsidio, el cobalto y el litio. El cheque sale del mismo balance que recibió todo lo anterior. Eso no es redistribución. Es transferencia interna disfrazada de generosidad.

Desde México este arreglo se reconoce porque ya existe en versión estatal. Banco del Bienestar opera alrededor de dos mil setecientas sucursales como estructura paralela al sistema bancario comercial. Distribuye Pensión Bienestar a trece punto cuatro millones de derechohabientes, y Jóvenes Construyendo el Futuro acumula tres punto cuatro millones de participantes desde 2019. Funciona. También consolida lealtad electoral con una eficiencia que ningún partido desaprovecha. El cálculo de Stargate describe la versión privada del mismo esquema: un grupo paga, un grupo distribuye, un grupo decide. La diferencia entre ambos no está en la captura clientelar, que comparten. Está en a quién rinde cuentas el operador. Un Estado responde al voto, imperfectamente, con toda la corrupción conocida. Un consorcio privado responde a sus accionistas con menor transparencia y sin posibilidad de remoción popular.

El triángulo se completa con precisión. Los proveedores de nube entregan la infraestructura que entrena los modelos. Esos modelos desplazan a los trabajadores. Worldcoin, proyecto de Altman desde 2019, entrega la identidad biométrica que verifica quién califica para el cheque. Producción, identidad, distribución: el mismo grupo en cada nodo. La persona que recibe el ingreso básico ya no necesita empleador. Pero ahora necesita al pagador para comer, al pagador para que su iris sea reconocido, al pagador para acceder a la nube donde ocurre el resto. Esto es más complicado de lo que parece. No es libertad. Es traslado de nudo.

Truman Burbank vivía en un mundo construido para él. Una corporación financiaba la transmisión, los productos insertados en cada escena y los actores que interpretaban a sus amigos y a su esposa. Descubrió que incluso el afecto formaba parte del contrato. Cuando alcanzó la puerta del set, el director Christof le habló desde los altavoces: "Allá afuera el mundo no te quiere tanto". Truman salió de todos modos. La pregunta que sostiene este texto es exactamente esa: ¿es libertad cuando la jaula resulta invisible y cómoda? Un ingreso básico diseñado y distribuido por el grupo que controla la producción no es ingreso. Es mensualidad. La distinción léxica importa más de lo que aparenta.

El razonamiento no requiere suponer intenciones ocultas. No hay conspiración que probar. Hay un balance que leer. Los hombres en la Roosevelt Room aquel 21 de enero no mentían al hablar de creación de empleo. Describían una realidad contable: el grupo que construye Stargate y el grupo que financió el experimento que justifica el ingreso básico son el mismo. La pregunta que queda abierta es si una propuesta de redistribución diseñada por la entidad que capturó la electricidad, el subsidio, los minerales y el mercado laboral puede tomar una forma distinta a la que sus arquitectos le dan.

La geografía de quién recibirá el cheque y la geografía de quién fue desplazado tampoco coinciden. Pero esa pregunta queda para el siguiente artículo.