Sudán del Sur alcanza quince años como nación. Las celebraciones se han vuelto discretas, opacadas por una economía desplomada y un conflicto que nunca se apagó del todo. Quince años después de obtener un Estado propio, una bandera y un asiento en la ONU, el país sigue sin una sola elección nacional.

Salva Kiir ocupa la presidencia desde el inicio en 2011. Nunca ha pasado por las urnas. Los comicios se han aplazado cinco veces desde 2015. Riek Machar transitó de vicepresidente a líder rebelde, luego a firmante de pactos de paz y hoy permanece detenido por acusaciones de traición. La guerra que estalló en 2013 dejó centenares de miles de muertos.

¿Qué fue exactamente lo que alcanzó la independencia?

El petróleo cubre cerca del 95% del presupuesto estatal. Ese dato explica más que cualquier diagnóstico sobre fragilidad institucional. Un Estado que depende de un recurso extractivo no necesita tejer consensos amplios con su población. No necesita diversificar impuestos ni responder ante agricultores, comerciantes o industriales, porque su supervivencia no pasa por ellos. Depende de controlar pozos y rutas. Quien domina ese flujo maneja el reparto de cargos, contratos y lealtades.

El producto interno bruto per cápita se acercó a los mil cuatrocientos dólares en los primeros años tras la separación. Ahora está por debajo de quinientos. Cuatro de cada cinco personas necesitan asistencia humanitaria para sobrevivir. Estos números no son abstracciones de informes. Muestran cuánto permaneció igual en la vida cotidiana cuando solo cambió el nombre en el mapa.

Culpar a la cultura o a supuestas incapacidades inherentes es una salida fácil que no explica nada. La falla es estructural y se repite en contextos muy distintos: rentas concentradas, escasa rendición de cuentas y actores externos que intervienen según sus intereses. Uganda desplegó tropas para sostener a Kiir. El desborde desde Sudán envía refugiados y armas hacia el sur. La comunidad internacional celebró la independencia de 2011 como un triunfo de autodeterminación y luego tuvo que gestionar las consecuencias de un incendio que ayudó a encender.

Esta tendencia aparece en otros vacíos institucionales. Cuando nadie externo exige reglas verificables, quien controla los recursos sigue la misma lógica de siempre: repartir puestos, comprar apoyos y retrasar elecciones bajo argumentos de seguridad. Ese manual funciona mientras nadie con poder real lo cuestione.

La comunidad internacional sigue tratando la realización de elecciones como sinónimo de legitimidad. Sin desmantelar antes el control del ejército, la renta petrolera y el aparato de seguridad, las urnas no redistribuyen poder. Lo revalidan. Otorgan a la misma élite un sello internacional para continuar igual, solo que ahora con votación de por medio. El fenómeno trasciende con creces este caso.

La constante evoca, guardando enormes distancias, otras independencias históricas. La separación de las colonias en Norteamérica trasladó el cobro de rentas de Londres a manos locales, pero dejó intacta la esclavitud, el despojo territorial y la exclusión de mayorías. No fue redistribución. Fue reubicación de beneficios. Sudán del Sur no inventó ese guion por alguna peculiaridad propia. Lo siguió porque era el guion disponible cuando nace una estructura sin desmontar los procesos previos de extracción.

La teoría de juegos ilustra el incentivo con claridad. Sin mecanismos de reputación verificable ni consecuencias reales por romper acuerdos, cada actor racional acumula poder preventivamente. Confiar primero equivale a perder. Kiir y Machar llevan más de una década en esa partida de suma cero donde cada pacto es solo una tregua táctica.

Todavía no tengo claro cómo se rompe un ciclo así. Las élites que dirigen Sudán del Sur desde 2011 han vivido del mismo pozo, literal y figurado, mientras cuatro de cada cinco habitantes dependen de ayuda externa para comer. Esa desconexión entre quien gobierna y quien es gobernado surge cuando el ingreso no requiere consentimiento activo de la población.

No tengo una fórmula limpia. El problema nunca fue la ausencia de elecciones como evento. Es la ausencia de una base fiscal y de seguridad que no dependa del favor de quien controla el recurso. Mientras el 95% del presupuesto provenga de un pozo manejado por pocos, cualquier votación será cosmética.

Surge entonces una duda que también aplica en otros lugares, incluido México. ¿Cuánta de nuestra confianza en las elecciones como remedio descansa en el supuesto frágil de que basta con cambiar quién ocupa el cargo sin tocar quién decide las reglas primeras?

Las piedras no mienten, pero los historiadores a veces sí.

¿Cuántas banderas más deberán cambiarse antes de que las estructuras profundas del poder se transformen realmente?

Fuentes

1. Reportes de Naciones Unidas sobre la situación humanitaria en Sudán del Sur (OCHA)

2. Coberturas de Reuters y BBC sobre el aplazamiento de elecciones desde 2015 y el arresto de Riek Machar

3. Datos del Banco Mundial sobre PIB per cápita de Sudán del Sur

4. Análisis del International Crisis Group sobre el rol de Uganda y el desborde del conflicto sudanés