Flock Safety no vende cámaras. Vende la promesa de que el crimen se reduce cuando cada movimiento queda registrado. Su herramienta OS Investigate rastrea personas mediante patrones de desplazamiento. No necesita matrícula ni denuncia previa. La inteligencia artificial relaciona vehículos, rutas y horarios hasta construir perfiles completos. Con 127.000 cámaras activas en 6.000 comunidades de Estados Unidos, esto ya configura infraestructura permanente.

El panóptico invertido es una estructura donde la vigilancia total surge de una red distribuida que cualquiera puede activar. La infraestructura permanece encendida por defecto. Esa diferencia con el modelo clásico de Jeremy Bentham y el análisis de Michel Foucault en Vigilar y castigar resulta decisiva. Bentham imaginó una torre central. Un guardia podía observar todas las celdas sin que los prisioneros supieran si eran vistos. El poder operaba por incertidumbre. Flock Safety prioriza certeza total disponible en todo momento.

La versión dominante sostiene que más cámaras implican menos delito. Ciudades reportan caídas en robos de vehículos tras adoptar el sistema. Flock Safety destaca recuperaciones de autos robados en minutos, localizaciones de desaparecidos y detenciones de sospechosos de delitos violentos. Estas historias verificables sirven de justificación política. Nadie desea ser el funcionario que retire las cámaras antes de un caso grave.

El razonamiento mantiene coherencia interna. Si la tecnología detecta conexiones que ningún oficial humano encontraría revisando papeles, ¿por qué no desplegarla? Empresas de seguridad llevan décadas ofreciendo esta misma lógica a residencias, centros comerciales y escuelas. Flock Safety simplemente escaló el modelo con inteligencia artificial a nivel municipal. Desde pura eficiencia, cruzar 127.000 fuentes luce como evolución natural de algo que la sociedad aceptó hace tiempo.

Las grietas sin embargo se vuelven visibles. Cincuenta agentes enfrentan acusaciones por usar la red para acosar exparejas, seguir jueces o consultar datos sin orden judicial. En California, el setenta y uno por ciento de las alertas generadas en 2024 resultaron inexactas. No se trata de error tolerable. Son detenciones por confusión de placas, vehículos mal marcados y familias bajo escrutinio por coincidencias algorítmicas. Ciento veintisiete mil. Demasiadas para ignorar.

¿Por qué reducir la retención de datos a siete días si el sistema cumple lo prometido? La presión pública funcionó. El anuncio del 13 de agosto, con bloqueos obligatorios, llegó después de que más de cien ciudades desconectaran sus cámaras. Fue control de daños reactivo, el mismo patrón que siguen las corporaciones cuando la regulación las alcanza antes que cualquier reflexión interna.

La conversación pública se centra en si el sistema funciona o falla. La pregunta real es quién controla el acceso y bajo qué reglas. Las 127.000 cámaras no pertenecen a un gobierno federal centralizado. Están repartidas entre departamentos locales con estándares dispares. Se descentraliza la vigilancia sin descentralizar el poder que produce. Los datos fluyen hacia agencias federales y bases compartidas que ningún votante local aprobó de forma explícita.

Para quien nunca cometió delito esto significa que su rutina diaria ya existe como producto de datos. Hora de salida, rutas evitadas, personas con las que se reúne. Basta moverse por una ciudad con cámaras Flock. En Estados Unidos eso cubre la mayoría de los casos. Vi patrones similares en otros contextos, la promesa de liberación siempre esconde concentración de poder.

Esto conecta directamente con lo explorado en The Generosity in the Doorway sobre eficiencia tecnológica. La misma estructura que justifica automatizar empleos reaparece aquí con el argumento de liberar recursos policiales para crímenes reales. En ambos casos el beneficio principal recae en quien maneja la infraestructura.

¿A quién beneficia realmente este modelo? Flock Safety, empresa privada con valuación de miles de millones, obtiene ingresos recurrentes por suscripciones municipales. Cada nueva función de IA como OS Investigate se convierte en motivo para renovar contratos y aumentar tarifas. El incentivo no es resolver el crimen por completo, sino mantener suficiente inquietud pública para justificar expansión continua. Las agencias policiales ganan capacidad masiva sin construir su propia red ni rendir cuentas de forma uniforme. Los abusos se atribuyen a malos actores individuales.

Las inscripciones halladas en tablillas de arcilla mesopotámicas muestran que los escribas registraban movimientos de personas y grano bajo control estatal hace miles de años. La tensión entre seguridad y autonomía no es nueva. Tampoco lo es el riesgo de que la herramienta se vuelva fin en sí misma.

No existe forma práctica de desinstalar 127.000 cámaras y volver atrás. La tecnología es barata de replicar y cualquier ciudad que la rechace ve cómo sus vecinas la adoptan. Esa es la mecánica del panóptico invertido. La reversión exigiría coordinación simultánea que ninguna localidad controla sola. Más de cien ciudades que desconectaron sus dispositivos simplemente desplazaron la red hacia jurisdicciones cercanas.

Si la reversión completa resulta imposible, la única vía coherente consiste en invertir la dirección de la mirada. Si el Estado y las corporaciones observan todo, el público debería tener acceso equivalente a cómo, cuándo y por quién se usa esa información. No es solución cómoda ni terminada. Sigo sin tener claridad sobre su implementación sin generar nuevos riesgos. Merece explorarse de todos modos.

Flock Safety nunca ha publicado cuántos delitos se evitaron antes de ocurrir. Solo reporta resoluciones posteriores. La red documenta con precisión creciente. No previene.

¿Quién termina definiendo las reglas cuando la infraestructura de certeza ya no puede desconectarse?