Sesenta y cinco mil millones de barriles de petróleo bajo control mayoritario estadounidense. Eso ya pasó. La conversación en Washington se mueve al oro y la cifra que todos citan, seiscientas cuarenta y cuatro toneladas métricas, procede de datos del 2018. Fue antes de que el Arco Minero del Orinoco se llenara de minería ilegal que nadie ha logrado medir con precisión. El Departamento del Tesoro de Estados Unidos autorizó transacciones de oro venezolano en marzo, apenas semanas después de la salida de Nicolás Maduro en enero.
Un extractivismo minero es cuando una potencia externa organiza el acceso a recursos naturales de un territorio ajeno según sus propios términos financieros porque ignora las necesidades y la soberanía de quienes viven ahí. Eso es, en esencia, lo que está ocurriendo en Venezuela ahora mismo.
La Casa Blanca lo describe como cooperación renovada, beneficio mutuo, una nueva etapa diplomática después de años de sanciones. Críticos locales usan otra palabra. Colonia. ¿Por qué el oro, específicamente, genera más incertidumbre que el petróleo cuando se trata de evaluarlo económicamente? El petróleo se mide en barriles verificables por infraestructura visible. Pozos. Refinerías. Oleoductos. El oro del Arco Minero, en cambio, se ha estado extrayendo durante años por operaciones informales y semi-legales que nunca reportaron sus volúmenes a nadie. No existe un inventario confiable. Los inversionistas que hoy evalúan entrar a Venezuela están, literalmente, comprando un mapa incompleto.
En "Roma, Londres, Washington: El Mismo Juego, Distintos Nombres", este espacio analizó cómo las tendencias de expansión imperial repiten una estructura casi idéntica a lo largo de los siglos. Primero se asegura el recurso extractivo de mayor liquidez inmediata, el trigo, la plata, el petróleo. Después se organiza el territorio circundante para que ese flujo continúe sin fricciones políticas. Venezuela hoy encaja en esa regularidad con una precisión casi incómoda. Petróleo primero, minerales después, y en medio un cambio de gobierno que facilitó todo el proceso.
Las Piedras No Mienten dedica buena parte de su argumento central a una idea que aquí cobra relevancia directa. Los sistemas de cooperación humana, desde Göbekli Tepe hasta las instituciones modernas, funcionan cuando la gente que hace el trabajo también participa en decidir qué se hace con el resultado. El libro documenta cómo la construcción de los recintos de Göbekli Tepe requirió decenas de miles de horas-hombre coordinadas a lo largo de generaciones, sin un Estado central que impusiera el trabajo por la fuerza. La coordinación funcionó porque había reciprocidad reconocible. Quien invitaba al banquete. Quien comía primero. Estructuras imperfectas. El beneficio circulaba de vuelta hacia quienes ponían el esfuerzo.
El caso venezolano invierte esa lógica casi por completo. El trabajo de extracción, la minería informal en el Arco Minero, las comunidades que ya llevan años operando ahí bajo condiciones precarias, queda fuera de la conversación sobre quién se beneficia del nuevo acceso autorizado por Washington. La reciprocidad que sostenía Göbekli Tepe, o que sostiene cualquier organización de cooperación duradera según el libro, no aparece en este esquema. Lo que existe es una autorización de transacciones diseñada en Washington, ejecutada por empresas privadas, sobre un recurso cuya extracción real ocurre a través de redes que ni siquiera el propio gobierno venezolano puede cuantificar con certeza.
¿Qué significa esto para quienes analizan el poder desde fuera del centro de decisión? La novedad venezolana matiza algo que ya se discutió en este espacio a propósito del consorcio Stargate y el diseño de infraestructura de inteligencia artificial: la exclusión estructural de quien no participa en diseñar la propuesta que lo afecta. En Venezuela la dinámica es más cruda todavía. Caracas no diseñó los términos de la autorización del Tesoro estadounidense. Ni siquiera existe un inventario confiable del recurso que se está negociando. Se está construyendo un mercado sobre datos de hace más de siete años, mientras la minería ilegal sigue generando flujos que ninguna cifra oficial captura.
¿Cómo se negocia un recurso cuya magnitud real se desconoce, y qué ocurre cuando la medición queda pendiente hasta después del control político? Washington avanza sobre un activo cuya magnitud real desconoce. Apuesta a que el control político, la salida de Maduro, la reorganización institucional que sigue, resolverá después el problema de la medición. Es una apuesta. No un plan cerrado. Los modelos mal calibrados tienden a generar resultados impredecibles para todas las partes, no solo para la parte más débil.
Esto confirma con fuerza el argumento del libro sobre la captura institucional. Quien controla el relato de beneficio mutuo también controla qué preguntas se hacen públicamente. La Casa Blanca habla de cooperación diplomática y privada. Los críticos hablan de colonia moderna. Ambos discursos compiten por definir el mismo hecho, transacciones de oro autorizadas sobre datos obsoletos, y quien gane esa batalla determinará si la conversación pública se centra en inversión y desarrollo o en extracción y despojo.
No tengo claro si existe alguna salida distinta a la repetición de ese manual imperial. El registro histórico sugiere, y Las Piedras No Mienten explora sin ofrecer soluciones fáciles, que las organizaciones de cooperación que perduran, las que de verdad benefician a quien pone el trabajo, dependen de mecanismos de reciprocidad visibles y verificables. No de autorizaciones diseñadas a miles de kilómetros sobre datos de siete años atrás. Venezuela no tiene ese mecanismo todavía. Puede que lo construya. Puede que no.
Las piedras no mienten, pero los balances de transacciones autorizados sin inventario confiable tampoco cuentan toda la historia. Cuando el recurso que se negocia no puede medirse con precisión, ¿a quién beneficia realmente la incertidumbre?