Modi planteó en Nueva Delhi una observación que merecía mayor escrutinio. Usar tecnología y minerales críticos como armas daña el progreso global y la prosperidad compartida. Lo dijo flanqueado por Xi Jinping y Vladimir Putin dentro del Bharat Mandapam, ante representantes de un grupo de países que en conjunto reúnen más población que cualquier otro bloque registrado. La frase tiene apariencia de diplomacia rutinaria. No lo es.

Un bloque geopolítico es una alianza de estados que coordinan políticas para reducir su dependencia de una potencia dominante porque aspira a reconfigurar el orden vigente. BRICS nació con ese propósito explícito: ofrece alternativas a las instituciones forjadas en Washington y Bretton Woods hace ochenta años. La cumbre no se redujo a una fotografía. Anunció infraestructura tangible. Un marco de cooperación logística. Una red de incubadoras tecnológicas. Un sistema de alerta temprana para enfermedades infecciosas. Una red de agricultura digital. Cuatro pilares: resiliencia, innovación, cooperación y sostenibilidad. Suenan a retórica institucional. Si llegan a materializarse, alteran quién domina los flujos decisivos en la década que viene.

¿Por qué debería importarle esto a alguien fuera de los círculos diplomáticos? Porque la advertencia de Modi apunta a una dinámica que ya opera. Economías como India, Kenia o Argentina reciben infraestructura para la siguiente ola tecnológica. Quedan sin embargo al margen de las conversaciones que deciden cómo se reparten beneficios y costos. El mismo patrón aparece en The Generosity in the Doorway: veinticinco mil millones de dólares en centros de datos para la Patagonia argentina, y el país anfitrión brilla por su ausencia cuando se discute compensación o gobernanza. Modi, sin nombrar a nadie, describe esa asimetría con nitidez.

Los minerales críticos ofrecen un caso nítido. Litio, cobalto, tierras raras y níquel hacen posibles baterías, chips y paneles solares. Estos elementos se concentran en territorios que históricamente no han decidido su propio destino extractivo. El Congo genera más del setenta por ciento del cobalto mundial. Permanece entre los países más pobres del planeta. Esa brecha no surge por azar. Viene de décadas de experimentos de soberanía económica que terminaron en resultados mixtos. Las regularidades se vuelven evidentes con el tiempo: quien posee la capacidad técnica y fiscal suele fijar las condiciones. Quien aporta el recurso natural queda fuera de la sala donde se firman los contratos.

La presencia simultánea de Xi Jinping y Putin responde a necesidades urgentes. China busca mercados y rutas que no dependan del dólar. Rusia las necesita con mayor razón tras las sanciones que la aislaron de socios tradicionales. India juega un rol distinto. Quiere liderar sin alinearse del todo con ninguno de los dos. Se posiciona como la voz responsable del bloque frente a Occidente. Esta coreografía revela objetivos que no siempre coinciden, aunque el comunicado final insista en la unidad.

Los gobiernos de las economías emergentes ganan margen de maniobra ante sanciones y aranceles unilaterales. Las empresas tecnológicas locales acceden a mercados más protegidos de la competencia dominante. Los ciudadanos comunes enfrentan un panorama más ambiguo. La historia de soberanías económicas muestra que los resultados rara vez benefician por igual a la gente de a pie. Hay otra cosa, estas dinámicas se repiten bajo banderas distintas una y otra vez.

El mecanismo que critica Modi no surgió ayer. Roma ya lo practicaba con sus provincias. Controlaba recursos estratégicos, inducía dependencia y luego narraba la relación como cooperación mutua. La diferencia actual está en la velocidad y la escala. Un embargo de chips puede paralizar industrias enteras en semanas. Ningún asedio antiguo conseguía efectos tan rápidos. Ambicioso en teoría.

Kazajistán firmó acuerdos de inteligencia artificial con Estados Unidos y con China al mismo tiempo. Ahora enfrenta presión para definirse. ¿Existe de verdad una tercera vía fuera de los polos tecnológicos, o BRICS termina siendo simplemente otro cerco con distinta insignia? Todavía no tengo claridad total. Los cuatro pilares anunciados podrían generar cooperación real entre economías emergentes que han dependido durante décadas de diseños externos. Merece observarse con atención sostenida.

Hay una tendencia incómoda que vale la pena reconocer. Los bloques que nacen prometiendo romper jerarquías tienden a reproducirlas internamente con el tiempo. India lidera con retórica de unidad. Sus tensiones con Pakistán y la disputa fronteriza con China muestran las grietas, tú puedes verlas claramente. Esto no descalifica el proyecto. Solo exige mirarlo con la misma exigencia crítica que aplicaríamos a cualquier institución que promete redistribuir poder.

El desafío real no consiste en desplazar las instituciones occidentales. Consiste en no repetir bajo nuevos nombres el mismo esquema: decisiones tomadas donde existe capacidad fiscal y peso político, mientras los países que aportan recursos o infraestructura quedan otra vez fuera de la sala. Modi advirtió contra armar la tecnología.

La pregunta que permanece es si este nuevo tablero logrará distribuir el poder de forma distinta.