Llueve en La Plata. Para un repartidor de Rappi eso significa que el algoritmo subirá el precio del envío. Esa subida casi nunca llega al bolsillo de quien pedalea bajo el agua. Para un repartidor de Mi Ciudad la lluvia activa un pago adicional ya pactado. No una promesa sujeta a la demanda del instante. Esta diferencia condensa el argumento completo de este artículo.
Mi Ciudad es una cooperativa de trabajo que organiza repartos en La Plata y es distinta de Rappi porque sus propios trabajadores son dueños de la herramienta que usan para trabajar. Nació porque un grupo de repartidores decidió que la propiedad colectiva de su herramienta era preferible a rentarle su tiempo a una aplicación sin rendición de cuentas local. Los mismos trabajadores son dueños. Deciden las reglas de pago. Reparten el excedente entre ellos en vez de enviarlo a inversionistas lejanos. ¿Por qué esto no es la norma si resulta claramente mejor para quien pedalea? La respuesta pasa por quién diseña el modelo y para quién.
El contraste con Rappi y PedidosYa no se queda en las palabras. En la cooperativa el pago por clima adverso está acordado de antemano y se aplica de forma automática cuando llueve o hay calor extremo. No depende de un algoritmo que decide caso por caso si conviene incentivar. Los ingresos se ajustan por inflación mediante contrato. Las plataformas tradicionales rara vez lo garantizan. Ofrecen además cobertura de seguridad social. En el esquema de las apps eso queda enteramente en manos del trabajador, catalogado como socio para evitar cualquier obligación patronal.
Quienes armaron este esquema son repartidores que antes trabajaron para las plataformas grandes. Conocen el sistema desde adentro. No son activistas externos que bajan una teoría desde una oficina. Pasaron años viendo cómo el algoritmo asigna pedidos. Cómo penaliza rechazos de viajes poco rentables. Cómo la calificación opera como disciplina silenciosa. Esa experiencia directa moldeó cada regla de Mi Ciudad. Cada norma responde a un problema que vivieron en carne propia.
El diseño técnico de una app como Rappi no es neutral. Es una arquitectura pensada para extraer el máximo valor posible mientras oculta el riesgo. El algoritmo mantiene al repartidor conectado el mayor tiempo posible sin garantizarle ingreso mínimo. Riesgos externalizados. Ganancias concentradas. Las variables de clima, tráfico y distancia real caen casi por completo sobre quien maneja la moto. La cooperativa invierte esa lógica. Las reglas de pago se negocian colectivamente. Los riesgos se internalizan en el presupuesto común. No se trata de buena voluntad, sino de una diferencia de arquitectura de incentivos. Esto importa porque muestra quién decide qué información es visible y quién carga con lo que queda oculto.
Los que pierden con este modelo son las plataformas que dependían de una oferta abundante de repartidores dispuestos a asumir todo el riesgo. Rappi y PedidosYa no tienen incentivo estructural para que cooperativas como Mi Ciudad prosperen o se conozcan ampliamente. Cada repartidor que migra deja de generar valor extraíble sin contraprestación proporcional. No hace falta conspiración. Basta el cálculo de negocio que prefiere silencio a competencia.
Lo que sigue para Mi Ciudad es la pregunta más difícil de cualquier cooperativa que funciona: si puede crecer sin perder lo que la hace distinta. Todavía no tengo claro cómo resolver esa tensión de forma general porque el crecimiento trae más miembros, más capital y con eso más oportunidades para que alguien acumule poder desproporcionado. Es la misma pregunta que enfrentó Mondragón al expandirse y la que enfrentan hoy las DAO cuando el voto ponderado por capital empieza a parecerse demasiado a las juntas corporativas que decían reemplazar.
Hay un antecedente de hace ciento ochenta y dos años que ilumina esto sin forzar la metáfora. En diciembre de 1844 veintiocho tejedores de Rochdale abrieron una tienda de diez metros cuadrados en Toad Lane con cuatro productos: harina, avena, azúcar y mantequilla. No fue un plan maestro contra el capitalismo industrial. Fue una solución concreta a tenderos que vendían harina mezclada con yeso. Compraron al por mayor, vendieron a precio justo y repartieron ganancias según cuánto compraba cada quien, no según capital aportado. En seis meses tenían cien miembros. El movimiento cooperativo que después cubrió Europa surgió de gente cansada de ser estafada por el intermediario que controlaba la coordinación. Las piedras no mienten.
En Las Piedras No Mienten dedico un capítulo entero a ese episodio precisamente porque desmonta la idea de que el cooperativismo necesita una revolución para aparecer. Aparece cuando suficiente gente se harta del intermediario que controla la infraestructura. En 1844 esa infraestructura era la tienda del pueblo. En 2026 es el algoritmo de asignación de pedidos. El patrón se repite.
La Organización de las Naciones Unidas y la Organización Internacional del Trabajo llevan tiempo empujando la economía social y solidaria con resoluciones que reconocen el modelo cooperativo cada década. Mi Ciudad no necesitó esperar esas resoluciones. Implementó pago por clima, salarios ajustados a inflación y seguridad social real decididos por quienes reparten, no por quienes cobran comisión desde otro país. Habrá que ver si la ONU se entera de que la teoría que promueve ya funciona con lluvia y todo en una ciudad de menos de un millón de habitantes en el sur del continente.
¿Podrá Mi Ciudad escalar manteniendo su lógica interna o el crecimiento siempre termina reproduciendo las mismas concentraciones de poder que buscaba evitar?